otras horas

Hoy es cuando las horas que pasan no son las de este reloj. Las que corren son las de otro. El que nos dirá que hace una, dos, tres, cinco, seis, diez semanas... y así hasta que se nos olvide contar y borremos las luces de la plaza real y los violines del vestíbulo del metro y el perro que daba pena vestido con gafas y sombrero, el que se suma a nuestro absurdo y al constante tic tac. Cuando nuestro reloj empiece a inventar caras, minutos de más, olores, nuestras huellas donde no están y más retales de tú voz tanteando a oscuras...
Cuando eso pase, ¿qué seremos?

el diccionario

Siempre me acerco despacio, casi con miedo, con recelo. Adorábamos aquel lugar, quizás por su belleza ordenada, su porte paciente, sus brazos abiertos y la fuerza del mar a sus espaldas, siempre de espaldas, como si nos importara poco el horizonte.

Nos gustaba aquel banco del paseo y nos encontrábamos allí algunas mañanas. Dedicábamos las horas a intentar entendernos. Tú me decías y yo te decía, sin comprender la mitad de las cosas. Pronto descubrimos que hablábamos, palabra sí palabra no, con una lengua inventada. Si apoyaba la cabeza en tu pecho y sentía tú voz en mí, entonces sí te comprendía. Y a ti te sucedía lo mismo.

Un día propusiste hacer un diccionario con nuestras palabras. Sin duda aquello nos ahorró más de un mal entendido. Y disfrutábamos de nuestro descubrimiento, lo amábamos, y nos divertía añadir nuevas entradas con sus nuevos significados. Con el tiempo, y por el uso diario, nos aprendimos de memoria el diccionario inventado. Y era un alivio no tener que estar siempre buscando, pasando páginas...

Al final... aquello que tanto nos fascinaba, pasó a ser algo corriente y cotidiano, e incluso, a veces, nos quedábamos sin hablar, no sé si intentando inventar más palabras o pensando en las que ya estaban. Y a un día de silencio, le seguía otro en silencio, y otro y otro y otro y otro.

Será por eso que ahora me acerco despacio, con desonfianza... al lugar que nos vió alejarnos cuando nos habíamos alcanzado, cuando nos comprendimos del todo. Quizás dé miedo su belleza ordenada, su porte paciente, sus brazos abiertos y toda la fuerza del mar a sus espaldas.



kiwis y naranjas

Muevo las piernas entre las sábanas, la pereza se me arma con una pizca de anginas, para darme guerra. Y sigo en la cama, pataleando y estirando mucho los pies, me pongo casi de puntillas, y busco y busco y rebusco el calcetín que me falta. Mi maldito calcetín, ¿donde está?, ¡si no hay más cama! ¿Te imaginas?! y si de repente... te encuentro a ti (¡?) Resultará que habrás estado a mi lado, atrincherada detrás de algún pliegue de este nórdico tan agobiante, ahí donde a veces también se esconden los fantasmas..., y yo sin darme cuenta, y tú a mi lado riéndote. Pues vaya...Pero no encuentro mi calcetín ni te encuentro a ti, así que no puedo salir de la cama. Alguien me tendrá que ir a comprar jarabe para la tos. Y ponerme sus canciones preferidas más algunas de las mías, seleccionadas con mucho cariño y esmero, y traerme un par de libros muy muy interesantes, sobre viajes, con fotos, y ya puestos, un poema con muchos kiwis, y naranja cortada a trocitos pequeños con azúcar por encima y sopa caliente al mediodía. Y ah! alguna película de Leonor Watling. Y algún beso arriesgado.

adiós

Cuando estabas en la cola, no sabía si irme o mirarte. Has debido embarcar, por la puerta 1, con todas las canciones que hablan de aeropuertos y despedidas, porque no he encontrado ninguna. Pero me los imagino en esta. ¿Qué más te habrás llevado? me sabes a los dulces de Lisboa pintada de almíbar y sudor, pero hoy, tengo el estómago lleno de lágrimas.










acuerdos

No quiero pasar con nadie por donde paso contigo. Porque siento que me desvalijan, y cierro las manos egoístamente, para atraparlo. Entonces camino, y eres un secreto que se sacude con impaciencia dentro de mis bolsillos. Sonrío con malícia, porque nadie lo sabe. Esa no soy yo, esa debe ser otra, casi en ruinas, pero no la detesto.
Me distraen de ti, y casi te desvaneces. Pero entonces, como si estuviera acordado, suena un telefóno y estás en la llamada de alguien que pronuncia tu nombre. Quiero girarme, ver quien habla, se vuelca la locura, quiero saberlo, casi lo sé, vuelves a ser de barro mojado, pienso en llamarte ... ¿y si comunicas?

hay algo

Hay algo que vuela. No creo que seas tú, ni son estos días que nos vamos prestando. Que sumamos por igual, sin darnos ventaja. No es el quiosco donde me esperas, no creo que el quiosco vuele, ni los músicos callejeros que quiero escuchar, mientras me estiras de la manga. Tampoco el vagón que me devuelve con dolor de cabeza a alguna casa. Ni la cafetería, ni las cabinas, ni los minutos que llegamos tarde, ni las ofertas de ida y vuelta, ni la foto que nos pide la pareja de la mesa de al lado, ni lo que te cuento a medias cuando a medias nos rozamos las manos ... Vuelan. Y no sé si en este Jueves lo quiero atrapar o dejar que siga volando.

Con mi piano

El papel se parece al piano, cuando intento tocar algo parecido a ti. Y siento que en las agudas, a veces como alfileres y de caramelo, te estás peinando. Y cierras los ojos, tienes dentro algún lugar, hay en ti islas que no sé... Entre nota y nota, dejo que te duermas. Te meces con alguna melodia. Hago escalas, con las manos sueltas, y viajas, preparas la maleta, te duchas con agua tíbia, se me resbalan los dedos, casi en tu piel, me equivoco de nota. Vuelvo a empezar, y te alcanzo en sostenido y se abren tus incógnitas, y tus dudas...se empaña un espejo. Te acabo en grave. Y en La.

maldito orden

Tengo un orden. Amontono los cielos plomo con las tormentas, los libros cerrados con los finales abiertos, las postales que compré con las que aún no me han enviado, y tus llamadas, con las que yo no te contesto. Y al lado, justo al lado, tus reproches, claro. Porque los entiendo, y yo también me los hago. Un poco más allá, puedo seguir acumulando tus fotos con tus fotos, y si quieres, separo tus miradas de las mías, las que no llevan respuesta. Aunque...no me importa quedarme sin espacio o incluso tener desordenadas tus carícias, tu voz enredada en mi pelo, todos tus juegos y tus versos en silencio. Pero no me culpes, si con tanto orden, con este maldito orden, es demasiado fácil encontrarme, casi sin querer, con Ella.

El autobús

El primer día me enseñaste todas las habitaciones, menos una.

Algunos domingos, suelo visitar tu casa. La de las canciones. Me llevan en autobús. El conductor trabaja pensando en sus hijas. Una de cinco años, la otra de ocho. Yo tengo un billete, ese que me venden con el último sueño de cada mes. La primera parada después del túnel, es la mía. Allí me despido de los otros pasajeros con destino a otras casas...llevan regalos, pasteles. Yo siempre voy con discos. Me dicen adiós con la mano, "adiós! hasta el próximo domingo" y yo les sonrio. Desde la parada veo tu portal y me esperas bajo el sol, sin hacer nada. Sólo me esperas. Cuando llego, nos alegramos y nos miramos las manos, para ver si algo ha cambiado. Casi siempre, tu cocina huele a crepes con chocolate, y casi siempre merendamos crepes con chocolate mientras ponemos música. Cuando nos sentamos en el sofá, me dices que tengo un beso en los labios, pero a veces lo encuentras dormido en el cuello.

El último día abrí esa habitación cerrada. Descubrí lo que había dentro. Algo así como un almacén, muy ordenado, con una ventana. Te pregunté que guardabas. Y me dijiste: "Ahí están, enfrascadas, etiquetadas por fechas y precintadas, todas tus tardes."

Con razón, a las 16:00, siempre siento que me quitas algo.

Angie

De los Beatles, me gusta Don't let me Down, y de los Stones, casi todo, pero durante aquel trayecto, me colgué con un Angie. Hablando de bandas sonoras...yo no quería ir a ese viaje, pero al conocerte, y ya sin vuelta atrás, me dijiste: "¿quien no quiere ir a París?" y mi voluntad cayó por los suelos. Cuando no estabas cerca, estabas de reojo, y sino, me parecía que todo el mundo tenía algo tuyo, como si fueras universal, pero tan para mí que te alejabas de todo. Como la tarde que me perdí, y me encontraste en el Pont Des Arts, con un artista callejero que pasaba las horas dibujando, y lo envidiaba tanto, porque en ese momento, yo no te quería hacer una foto y ya está... tampoco sé más, quería mirarte y entender tu rostro, para poder hacer tus ojos con algo mío, trazarte en un papel con un lápiz, como si te acariciase, y tener aquella tarde y aquel puente, en un garabato sin color.

aquí

Ya no tengo algunos lugares donde te incluí sin avisar, con un croissant de chocolate a dos calles, con el perro que siempre ladraba en la puerta de una casa y el hombre con corbata. Un libro en el que te colabas entre línias, un volante muy frío y los cristales helados. Y la gran avenida que bajé algún miércoles, para acompañarte, y con los días en los que recordaba algún otro día, y con el sol que se parecía tanto a otro sol y con la última lluvia, de esas que te mojas hasta con paraguas. Y con los mapas de metro abiertos encima de la mesa, ¿recuerdas? Y ahora, cómo me vas a encontrar si cuando pienses en mí yo ya no estoy allí. Lo vas a notar. Y no te voy a poder olisquear en el perfume de la camarera. Estoy aquí.

signos

Tú no oyes lo que oímos los demás.
Sé que puedes oir la nieve posándose sobre la tierra. Cubriendo los tejados, cruzando caminos. Y puedes oir como nos retiene con horizontes blancos. Nos acorrala. Como lo haces tú, tú conmigo, contra una pared, temblándome por dentro y la piel, me callas la voz, me surcan tus manos y con los tuyos, acértandome, me lees los labios, abriendo la boca, para respirarnos, para vernos, para comernos mejor, como en los cuentos.
Y en el silencio, oyes la nieve, helando las raíces, ensuciándose con los coches. Y como nosotras, se parte en dos.

nos pertenece

Nuestro mapa siempre empieza a partir del primer escalón que baja a la playa.
Quizás aún tenemos 12 años, llevamos los vaqueros cortados y algunas pulseras de hilo. Y quizás, así, volviendo a nuestros tesoros, de año en año llegan todos los veranos.

(...) Sacas un papel arrugado del bolsillo. Diez pasos y giramos a la izquierda. Contamos en voz alta... Empezamos a hundir las manos en la tierra, y en seguida, tocamos nuestro tesoro con los dedos. Ahí está, lo encontramos. Una caja de galletas con dos collares (...)

Ahora me pregunto, quien de las dos guardó el último mapa. Me inquieta saber que hay algo nuestro olvidado. Algo tuyo, mío, de la luna y de las mareas. Aguarda paciente ... porque nos pertenece.

Por si lo perdiste, ya sabes que siempre empieza en el mismo lugar, en el primer escalón que baja a la playa.

gotas

Una madrugada de domingo y con la boca amarga. Llueves fuerte y lo empapas todo: Cambiar de tercera a cuarta, un plato frío y unos zapatos viejos, con todos sus pasos... los míos, los tuyos, con las huellas que ahora perseguimos y las que ahora andamos. La autopista está vacía, las ventanillas del coche bajadas y tus gotas caen llorándome por las manos. Estás muy fría y me encelas por nada y grito por dentro, para que no salga, porque no hay nadie, nadie, y eso es muy poco, que te acompañe a casa.

Ida y vuelta

Me cuentas que en ese lugar no puedes dormir, persigues las noches en bicicleta, y se te clava el frío. Y como si fuera un secreto, me explicas el ruido de las hojas secas y me dices que deseas tu mar. Sin embargo, quieres ver el que tengo cerca. Sé algo. Sé que te sabes el cielo de memoria. Y tienes un billete de ida y vuelta. Y de las dos, es un camino. Lo encontramos como las casualidades, sin saber. Hay árboles y algo que se esconde, algo feroz, algo a lo que temer. Te mezclo con niebla, con lluvia, con sal, con el verano. Es algo que se toca con los dedos, algo que es, o casi es. En apariencia real, pero tan resbaladizo.


Un tercer tigre buscaremos. Éste
Será como los otros una forma
De mi sueño, un sistema de palabras
Humanas y no el tigre vertebrado
Que, más allá de las mitologías,
Posa la tierra. Bien lo sé, pero algo
Me impone esa aventura indefinida,
Insensata y antigua, y persevero
En buscar por el tiempo de la tarde
El otro tigre, el que no está en el verso.

(Fragmento del Otro Tigre, Jorge Luis Borges)


Y si...

Camino por las aceras de las seis de la tarde. Detrás de los vidrios hay caras a las que les faltan dos horas para salir del trabajo. Te imagino y quiero llegar rápido hasta tí. No sé si rompiendo las calles, no sé si en coche o nadando. Las luces de freno se unen, se diluyen, forman un oceáno de color rojo que quiero abrir. El autobús se arrastra calle arriba, los hombres cansados, son atractivos, las mujeres cansadas, son como tú. A las siete de la tarde, todo se quiebra o vuelve. Yo vuelvo a casa, pero no sé donde estás. Aunque sea fácil preguntártelo, aunque todo sea mucho más fácil, hoy te dejo al aire y en blanco. Y si...

Lo que te dejo

(derrochando a L)

Te dejo este Lunes para tí, para que lo despiertes, para que lo moldees a tu gusto, lo hagas menos pesado, para callarle la boca a la pelota de turno, y me des ganas de ver el mar. Para maldecir que no pueda enseñarte esa ventana que abro todos los días y decirte que me encanta. Para que me traigas esa imagen de tí y que estás a punto de romper si levantas la vista. Y recordar que un lunes pensé que quería caminar mucho rato contigo. Con ese sol a gritos que te susurraba tan bien la piel. Cosas así, soy cotidiana... Pero los lunes, casi siempre son sólo un lunes y además, ya se acaba.

Lo que no sé hacer

Me pasé la tarde deseándote los hombros. Entre bailarinas de Degas que se desnudaban, tus tirantes negros ya eran pinceladas gruesas, en relieve. Se oían y se tocaban. Te apoyas en mí, "tengo sueño". Me gustaría mojarme los dedos en acuarela y dibujarte mientras duermes, dibujarte en el metro mientras me hablas, dibujarte caminando por la calle, dibujarte cuando me buscas la mirada, cuando estás muy cansada, callada, desnuda, enfadada, cuando me das la espalda, dibujarte al teléfono, en el sofá, en la cama, dibujarte por dentro, dibujarte los dientes, los ojos, la lengua, mientras comes, mientras bailas. Cuando ríes y me abrazas. Me gustaría poder dibujarte los sueños, pero no sé dibujar.