Nueva agenda deseario


No tengo citas en mi agenda, es un deseario con un montón de pegatinas.

En la cena de nochebuena, la hija de Felicísimo, que a su vez es mi abuela, me contó que llegó a Barcelona en el año 1948 en un tren muy lento que se detenía en todas las estaciones.

Recuerda que desde el tren vio por primera vez el mar. Le pareció tan grande y hermoso como un futuro. El mar no cabía en una sola ventanilla, por eso tuvo que mirar también por las de al lado para poder verlo todo de golpe. Los bañistas agitaban la mano desde la playa y los saludaban al pasar... Miguel el Aviador estaba a su lado, acababan de casarse y sonreía como yo y como mi madre hacemos en algunas fotos porque lo llevamos en la sangre. A Miguel lo llevamos en la sangre. Su pelo castaño oscuro, el viento en la cara y algo más.

Miguel siempre fue joven porque perdió la memoria enseguida.

La primera calle en la que vivieron juntos en Barcelona fue la C/ Verdi. Pero mi madre nació en la C/ de la Fraternitat. Mi abuela trabajaba en una Lechería, y detrás de aquel mostrador aprendió a hablar catalán muy rápido porque le sonaba a francés y a ciudades bonitas.

Regalo para los que pasen por aquí




En mis dos primeras tardes sin exámenes he grabado un villancico. Se llama "Diminuto". Carol Blenk me ayudó con algunos versos clave de la letra. Es un regalo de Navidad. Si os apetece también podéis descargarla.


El clip existe, es bastante tonto, pero así se puede escuchar a través de You Tube:





Si estás bien, Feliz Navidad.
Si estás mal, baila este Vals.




Si te mareas, no mires

Hoy me ha tocado una enfermera veterana. Me ha sacado la sangre de un tirón con una jeringuilla muy grande y ha llenado tres tubos enteros. No he mirado. Pero oía como trasteaba con la jeringuilla y esas cosas que las enfermeras dejan sobre la bandeja plateada. Ese clic clish cloc clis sobre la bandeja es terrorífico, tal vez imaginarlo sea peor que mirar.



Sombra que bebe, sombra que vuelve


Todos los discos parecen navideños en diciembre, sobre todo si son vinilos y suenan xilófonos, vibráfonos o glokenspiels.

El fin de semana se ha hecho muy corto, pero nuestras sombras se han divertido bebiendo un vino impronunciable, un Gwürztraminer. Podría ser una marca de trineo, un pintor expresionista amante de Alma Mahler o una uva alemana.

El amante de Alma fue el pintor Oskar Kokoshka. Alma lo dejó por un escritor de moda. Fue entonces cuando Oskar se hizo un maniquí a tamaño natural con los rasgos de Alma. Cuentan que una noche lo vieron acompañado de la muñeca sin alma en un teatro. Novias de mentira hay unas cuantas. Seguro que después de aquello, a Oskar dejó de gustarle la Navidad.

Aunque lo bueno de la navidad es recuperarla, que vuelva a gustarte. Que los balcones abarrotados de luces no se te caigan encima. Pero a veces no es fácil. Ante todo, evita llorar bajo una mesa.

Esta tarde he enchufado la guitarra eléctrica para componer un villancico. Sofía me está ayudando con la letra, pero aún no está acabado. La melodía ha surgido en seguida.

El viernes recibí una de sus cartas. Me envía cartas a menudo. 22 km no son nada pero el cartero tarda 1 día entero en recorrerlos. Es como si tuviera dos novias, una que me escribe desde una lejana expedición polar, y otra que baja por las escaleras, toda guapa, cuando llamo al timbre de su casa.

Las cartas siempre se guardan. Las cartas son para guardarlas.

Bufandas atrapa-secretos



Hoy hace tres años que le dio el infarto a mi padre. Le hemos comprado un pastel de cumpleaños con sabor a limón.

Sofía empezó a tocar el piano imaginario con 6 años. Una de sus piezas preferidas siempre fue el concierto nº1 para piano y orquesta de Tchaikovsky. Hoy ha sonado mientras comíamos y no ha podido evitar empezar a mover los dedos sobre el piano que siempre la acompaña. Me fascina esa habilidad imaginaria, es un punto de libro en mi memoria, ese tipo de detalles inolvidables que Sofía despliega ante mí como una baraja de naipes. Pero no tengo que quedarme con una única carta, no tengo que escoger al azar. Ella me dice: "son todas para ti".

Yo no he sido

Ayer hacía mucho calor en Barcelona. Hoy ha empezado a hacer algo de frío. Me he puesto el abrigo y las gafas oscuras porque el sol no se para.

En la universidad, una compañera nos ha dado unas pastillas para aclarar la voz antes de cantar. A mí me ha dado 4. Me he metido dos en la boca y las otras dos... no sé, han desaparecido de mi mano. Minutos más tarde alguien ha dicho, "mira, pastillas de regaliz en el suelo... ¿quién las ha tirado? seguro que son las de Paola porque están al lado de sus zapatos".

Es verdad, eran mías. Las había tirado a propósito. No sé, a veces también digo mentiras sin venir a cuento. Las pastillas se me han resbalado, las he tirado, que más da... a fin de cuentas dos pastillitas de regaliz no son ningún problema.

Cuando me han descubierto, he chutado las pastillas con fuerza y han salido disparadas. Nos hemos reído un poco.

La escena se parecía un poco a otra de hace unos dieciocho años.

Era verano y celebrábamos una fiesta de cumpleaños en el apartamento de Olga. La mamá de olga hizo croquetas y tortilla de patata y nos dejó solos porque el hermano mayor de Ana nos cuidaba. Se llamaba Álvaro. El hermano de Ana se llama Álvaro.

Yo era la más pequeña de la fiesta pero ya estaba enamorada, sobre todo de Eva, aunque también un poco de Óscar, pero era porque él estaba enamorado de Eva, y así, entre dos, la amábamos con más fuerza. A veces, Eva y yo nos quedábamos hasta muy tarde en los columpios comiendo pipas. Era muy tarde y estaba muy oscuro. Era tarde de verdad. Eran las doce de la noche o más. Las luces de la piscina ya estaban apagadas. Éramos pequeñas pero en verano disfrutábamos de algo de independencia adulta. Recuerdo el perfil de Eva comiendo pipas. Las dos llevábamos la misma camiseta.

La noche de la fiesta, Álvaro me dio una bofetada. Una bofetada que me giró la cara. Desde entonces no le soporto. A veces nos cruzamos y le pregunto qué tal le va para quedar bien, pero sé que nos caemos mal desde aquella noche. Dieciocho veranos cayéndonos mal.

La noche de la fiesta estábamos todas alrededor de la mesa cenando y escuchando la música que salia de mi comediscos. A mí se me cayó una croqueta al suelo pero nadie lo vio. Simplemente desapareció de mi mano, no sé... se me cayó, la tiré, que más da. A fin de cuentas, una croqueta en el suelo no es ningún problema. En cualquier caso, yo no quería que me descubrieran... pero Álvaro preguntó en voz alta: "¿Quién ha tirado la croqueta que está debajo de la mesa?" La croqueta estaba justo al lado de mis zapatos. Álvaro dijo, "ha sido Paola! Se le ha caído a Paola". Yo me defendí y lo negué todo.

Pero Álvaro seguía chinchándome. Él ya era mayorcito para andar chinchando así a las niñas. Dije que no, que no, que no, que a mí no se me había caído. Me daba vergüenza decir la verdad, que se me había caído al suelo y que la había aplastado luego para que no se notara. Así que Álvaro siguió insistiendo y yo me puse a llorar.

Eva me defendió, Eva tenía siempre tres años más que yo y me cuidaba un poco. Tenía los ojos de un verde tan bonito que los pintores se inspiraban en su color para pintar los árboles, las ranas, la hierba... y en definitiva, todas las cosas verdes. Pero Álvaro no se dio por vencido y me soltó una bofetada por una mísera croqueta aplastada en el suelo. Ahora me arrepiento de no haber desperdigado la puta croqueta por todo el comedor, eso es lo que tendría que haber hecho para plantarle cara a Álvaro. Pero me fui llorando, abrí la puerta y me fui corriendo a mi casa.

Álvaro es ese tipo de tío que lleva el bañador ajustado. Es que me da una rabia.


Bailando




En los primeros ensayos del baile de navidad me ha tocado estar en primera fila, pero intentaré retroceder algunas posiciones durante los próximos días por si la tercera palmada no me sale el día de la función, que la tercera siempre me pilla con el pie cambiado, y es curioso como un pie cambiado puede afectar tanto. Mi pie bueno es el izquierdo. Yo tenía que ser zurda pero no sé qué pasó. En el trozo que corremos todos juntos en círculo me temo que vamos a parecer caballos desbocados huyendo de la lluvia.

El otro día hice una lista para mi paraíso ideal. Puse a sofía, a mis perros, libros, música, un cine, un piano, una guitarra, cero partituras, playa y una casa. La visita de tres o cuatro personas concretas de vez en cuando; y alguna que otra fiesta con muchos invitados salidos de la nada pero que no se metieran en mis asuntos. Y se me olvidó poner a mis padres, me pareció raro, así que los añadí al final en rojo, ellos vendrían también de vez en cuando, o podrían vivir en el paraíso de al lado. Luego pensé que tener algún que otro vecino no estaría mal, personas ajenas con sus propias historias. Y una ciudad, para ir de vez en cuando. Eso sí, nada de presiones, nada de pruebas y nada de saltos mortales.

Ya me he hecho la maleta. Mañana nos vamos a parís, digo a madrid. Volamos en avión tan pronto que no sabemos si estará puesto el cielo. No hay tiempo que perder.

Si me quivoco





En el parque me sorprendió una lluvia de hojas secas. Me rozó la cara y el abrigo como un contrincante con espada y cicatriz en el pómulo izquierdo. El viento soplaba y la lluvia se hizo más fuerte. Las bailarinas caían girando hacia el suelo. Los tutus se abrían como un paracaídas. Mis perros y yo mirábamos hacia arriba boquiabiertos. Mirad la lluvia de hojas. Mi perro negro quiso perseguirlas todas pero era imposible, cuando tenía una a punto en el hocico, otra caía dos metros más allá. Intentaron ladrar algo pero nada. Yo tampoco supe qué decir.

Nos fuimos a casa. Comimos lentejas y una mandarina. En seguida me puse a trabajar. Por la tarde tengo que aprender todo lo que no sé hacer por la mañana. Un día de estos dejo de hacer equilibrios y si me equivoco, pues me equivoco y no pasa nada.