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Mostrando entradas de febrero, 2008

bienvenido, perro

Comparto la emoción de mi perro negro cuando se escapa de casa. Es uno de los grandes momentos del día.
De la semana.
Del mes.
Del año.
De la mañana.

La puerta de la calle se abre. Ese es el primer paso.
El segundo paso es su sombra y su cuerpecillo negro galopando veloces por el pasillo, con una idea fija por delante, un manjar para perros, una comilona de libertad.

El tercer paso...
ya no hay tercer paso. El perro se ha escapado. Pero antes ha superado un último obstáculo: la verja.

La verja la diseñó mi madre. La dibujó en un papel y se la dio al de las persianas, que también es el de las rejas. El vecino se la puso igual para no romper con la estética de la calle.

La separación entre barrote y barrote, sin querer, por casualidad... es justamente el ancho de mi perro flacucho. Si se engorda un milímetro más se queda atrapado en la verja y adiós costillas. Tendrías que ver cómo salta, cómo mete las orejas para dentro, como adelgaza el morro y encoge las patas para pasar. Cómo mantiene la di…

Porque me apetece

En el 94 fui a un concierto de Aerosmith con dos compañeras de instituto, con V. y con M., a las que todos llamábamos las aerosmith porque una era rubia y la otra morena. Nos conocimos en los pasillos, tal vez, y nos hicimos amigas. Yo cantaba en un grupo y le poníamos muchas ganas. Tenía una moto amarilla con un minimaletero debajo del asiento, siempre guardaba allí mi micrófono. Los jueves a las siete iba a la escuela de música a aprender guitarra pero casi siempre pasaba antes por casa de mi vecina que tenía el Canal Plus pirata. Uno de esos jueves daban la película sobre los Doors de Oliver Stone, y me quedé haciendo campana de guitarra con ella. Y desde ese día nos hicimos fans de Jim Morrison y yo dejé de ir a las clases de música. Fui a una tienda de discos, cuando aún exístian las tiendas de discos de barrio, una que estaba al lado de donde vivía mi abuela. Le pregunté al vendedor si tenía discos de los Doors. Me dijo que si le quedaba alguno estaba en la trastienda. El hom…

buena suerte

El viernes les dije adiós a los niños. Como despedida, cada uno de ellos me regaló un dibujo con un mensaje escrito por detrás del folio.

Los leí al llegar a casa y me pasé la tarde llorando. Son tan transparentes, viven en ese mundo absurdo de los 7 años, tan exagerado y tan tierno a la vez, me conmueven. Algunos de ellos me piden que no me vaya por favor por favor por favor -escriben por favor muchas veces para que surja más efecto-, otros me agradecen que los haya ayudado con los ejercicios, que no me olvidarán, que los vaya a ver, que me quieren. Qué pequeños e inocentes.

Antes de salir de clase, uno de los niños, A., me dijo que miraría cada día el mail de su padre por si le escribía. Pero, ¿cómo voy a escribirle un mail a su padre? Como si hubiera un mail universal para padres. Ese tipo de comentarios absurdos pero sabios a la vez es lo que me gusta de ellos. El miércoles pasado, la niña C. me preguntó si yo era una mamá o una hija. Yo le dije que era una hija. Ella me contest…

La pista de atletismo

Distingo las dos rectas paralelas y sus curvas iguales, el límite de los carriles destacando en blanco sobre la arena roja y marciana, la línea de salida con la cuadrícula numerada, el foso de los cocodrilos, los obstáculos, las colchonetas azules, el césped del centro. No hay corredores cruzando la meta con los dorsales caídos. La pista está vacía. Parece que la carrera no vaya a terminar. El truco está en contener las ganas de correr para que la posibilidad de llegar a alguna parte permanezca intacta. Eso es lo que me gusta de la pista de atletismo que veo por las mañanas.

Ni contigo ni sin ti

Anoche me atiborré de lizipaína para no sentir la garganta. Intenté emborracharme las anginas... como en esas películas del oeste en las que se anestesiaba al paciente con whisky a palo seco -el paciente casi siempre acaba con la pierna amputada-. Toda la semana esperando el sábado para estar con ella y me pilla a medio gas, aún así saqué fuerzas y me curé por unas horas. Cuando estás resfriada todo va a cámara lenta y el sexo es como en el espacio, flotando como los astronautas en los cohetes de la Nasa.

Debajo del plato encontré unas entradas para la ópera y unos billetes de avión para junio. Buena señal. Hace unas semanas me puse celosa por una de sus alumnas, Sofía me dijo que la miraba mucho y que no estaba nada mal. Hacía tiempo que no pensaba en ese tipo de peligros. Las alumnas, la universidad, los mails, brrrr. Mejor no pensar.

Luego se pasa la noche del sábado y el domingo es apocalíptico, me pone de mala leche. Hoy me he comportado como una gilipollas. Nunca recuerdo si…

Una porta tancada

La mañana del jueves me comí una madalena rectangular. La despegué del envoltorio y me fijé en la marca que había dejado: una cruz griega. Recordé entonces las clases de arquitectura bizantina que nos daban en la primera universidad a la que fui. Aquel profesor era bastante peculiar, a todas nos gustaba. Un día lluvioso me lo crucé en una calle, él llevaba la capucha del abrigo puesta y caminaba deprisa, pasó como un rayo por mi lado, como el fantasma de la ópera.

Acabé de desayunar y me fui pensando en aquellas fotocopias llenas de plantas de cruz griega y latina que estudiábamos hasta las tantas de la noche.

Al mediodía recibí una notícia dolorosa y triste, y la dirección de una iglesia. Pensé que el envoltorio de la madalena había sido una especie anticipación. El padre de una de las pocas amigas que conservo de la infancia había muerto. El padre de mi primer amor. El que puso sus ojos verdes a Eva, la chica a la que quise besar durante todo el verano de los doce años, aunque a…