Menos lo "nuestro"



Busco a alguien que quiera
transportar mi piano
hasta tu casa,
a alguien que lo lleve
como llevarías una bala,
con cuidado y protegida.

Hoy me han mirado
todos con lupa
y se han dado cuenta
de que arrastro un mar
a mi alrededor.

He intentado defenderme
moviendo los brazos,
espantando agua,
nadando.

Al final,
me he quedado quieta
y ha sido lo mejor,
pasar desapercibida,
pero luego he tenido una sensación

uno de esos chicles agrios
que te llevas a casa y
que no puedes parar de masticar
hasta que te sale sangre de
la lengua
porque te has mordido

me he acordado
de los toros
en la plaza
con la lengua fuera
y he pensado que
tal vez
alguien estaría aplaudiéndome
que alguien pediría
que me dieran una vuelta
al ruedo,
por lo menos,
un toro digno.

Ha sido un día asqueroso,
pero no sabría decir
el motivo,
la causa,
el porqué,
no ha pasado nada
malo.

Ayer no vi el partido
porque me daba exactamente igual
que ganara o perdiera el barça,
por mí,
cómo si ganan
todas las putas ligas,
o por mí,
cómo si las pierden.

Estuve enrollándome
con mi novia
en la cama,
y muy bien,
por cierto,
mientras todos
se agolpaban en los bares
frente a las pantallas verdes,

y no,
no hay un tiempo para cada cosa.

Hoy todos hablaban del partido
que si este,
que si el otro,
pues yo no lo vi,
imbéciles.

Que me importan
un rábano,
pero qué digo,
un rábano
me importa más.

Los rábanos
me recuerdan a mi infancia,
al huerto del colegio,
a las leyes de Mendel
y de los guisantes.
Este tipo sí que lo
tenía todo muy clarito.

Por eso me importan
menos que un rábano.


Por mucho que
se desenvuelvan
correctamente
y desempeñen
su papel a la
perfección
en la sociedad,
los enemigos
que me he buscado
para hoy
no tienen algo
que yo sí tengo:

tu amor.

El alivio de pifiarla




El otro día metí la pata en el trabajo. La verdad es que a quién le importa. En el momento lo pasé mal, pero luego sentí un alivio muy grande porque, joder, ya era hora de equivocarse. El año pasado no hice nada mal pero cada día sentía pánico por si sucedía, por si pasaba, por si me equivocaba, y la verdad es que esa presión me angustiaba. Por suerte, por fin, ocurrió.

Además, la pifié a lo grande, aunque se trata del típico error que se convierte en anécdota divertida con el tiempo: me llevé a 100 niños a un museo el día que cerraba. Lo dicho, un alivio. Ahora sé que si cometo un error no se acaba el mundo. Que los demás lo entienden. No sé quién me metió en la cabeza este afán por ser perfectita...

Y nada, que ya llevo más de dos semanas preparando el espectáculo navideño. Espero que nadie crea que esos festivales que representan los niños en los colegios son coser y cantar. La verdad es que conlleva mucha dedicación por parte de ellos y por parte de la maestra, claro. Para los nenes es muy importante, lo dan todo en esos villancicos de quinientas mil estrofas interminables (¿por qué son tan largos los villancicos?) y se pegarían por tocar el triángulo si yo no estuviera moderando el cotarro. Y todo esto lo estoy diciendo completamente en serio. Tan en serio como canta Nacho Vegas, siempre.


Morder o no morder, esa es la cuestión


Me he metido en un lío.

Bueno, mejor dicho, he metido en un lío a Clara Monforte, mi personaje en el Hotel Melancoisla. Un lío del que no sé salir, es evidente, Clara Monforte lleva sin escribir en su blog un mes. <---aquí suena una alarma tipo anti-incendios--->

Todo empezó cuando se me metió en la cabeza convertir a Clara en vampira. ¿En vampira! ¿Pero qué dices! ¡Pero si no pega ni con cola que ahora se convierta en vampira!

Para, para. OK.

Pero es que yo quería un golpe de efecto, darle un giro al personaje. Entonces fue cuando se me ocurrió que podía hacerla vampira. Lo malo es que investigando por ahí (Google y una tarde en la biblioteca) empecé a ver el tema de los vampiros de un modo diferente, digamos que no tan romántico como me parecía en un principio. Y empecé a rajarme.

¿Cuál es el problema? Que aunque Clara Monforte no ha salido del armario "vampiril", relativo a vampiro, sí ha dejado pistas. Concretamente, Clara escribía el día 15 de octubre:

Minutos más tarde, un dolor en los dientes no me dejaba dormir. ¿Cómo puede doler algo de textura tan sólida? Pues sí, todo el mundo sabe que pueden dolerte los dientes aunque sean duros y fuertes como una piedra.

La pista: a Clara le duelen los dientes porque le están empezando a crecer los colmillos.

Ahora sería muy fácil desentenderme de ese dolor de dientes, no mencionarlo más, pasar del tema y no convertir a Clara en vampira. Punto. Total, quién lo va a notar... Pues yo, yo lo noto. Y por eso estoy dándole vueltas.

O sigo con mis planes y la convierto, o me invento algo para justificar que Clara mencionase el dolor de dientes recordando una noche tan importante como aquella.

Tengo otro pequeño problema. Quién escribe el personaje Elena Trueno, que no soy yo, ya descubrió la pista de los dientes:

Se repetirá la historia: desvanecimientos, dolor de dientes, insomnio por las noches… (...) La sustancia está en su piel, en su cuerpo, en todo su ser. Hicimos el amor y pronuncié la palabra en su cuello sin que se diera cuenta. El deseo y el placer la cegaban, la aturdían. Y yo la sentí al borde del precipicio. Ella aún no debe de haber abierto la caja que hay en su habitación porque si no sabría quién soy y que mi alma no pertenece a este mundo ni a este tiempo.

Más claro no puede estar. Cuidadín que esto se pone serio. Vampira fija.

Además, tengo una entrada guardada en borrador en la que Clara Monforte sigue con el rollo de los dientes sin mencionar nada sobre los vampiros pero preparando el terreno.

No sé qué hacer.


Sorpresas dentro de la ropa




Cuando te pones una prenda de ropa del revés y sin darte cuenta, tarde o temprano tienes una sorpresa.

Las sorpresas aguardan en la parte interior de las prendas de vestir, o sea, en la parte que toca o que queda más cerca del cuerpo. No sé quién las pone ahí ni cómo se aguantan, tal vez vayan cosidas o pegadas con algún tipo de cola para tejidos, como esa tiras que se enganchan al plancharlas y que las mamás usan para poner el nombre de su hijito en la bata del colegio. En vez del nombre, una sorpresa. Yo qué sé. En cualquier caso, sólo salen a la luz cuando te pones la ropa del revés sin darte cuenta. No se puede engañar a la sorpresa de dentro del jersey poniéndotelo del revés a propósito, así no funciona.

A veces, aunque se cumplan las dos condiciones, del revés y sin darte cuenta, las sorpresas no caen con facilidad. Más de una vez me he descubierto el pijama del revés a las 3 de la mañana y no ha habido ninguna sorpresa.

Suerte, ventanas, enamorarse, sol, desayuno, radio




Últimamente estoy viendo unas cúmulonimbus impresionantes a eso de las 17:30. Están en el horizonte del mar de la ronda litoral, tras esos bloques de cemento cuadrados que tapan la playa, pero si te fijas bien puedes ver cómo se asoma entre cubo y cubo. Nunca hubiese imaginado que la vida estuviera tan llena de cúmulonimbus, de nubes preciosas y crecientes avisando tormenta. Y eso es buenísimo porque a mí la lluvia suele traerme suerte.

No puedo poner ninguna fotografía de la nube en cuestión porque las fotos siempre me pillan conduciendo, ya se sabe, la continua atracción por la imposibilidad, pero pongo esa otra de estratocúmulos, o eso creo.

***

¿He contado alguna vez que el amanecer en el Nudo de la Trinidad es hermoso? Una franja naranja en el cielo, luces de freno que se encienden y se apagan, intermitentes que parpadean, paneles que informan de los límites de velocidad y de las caravanas, el autobús dorado de "Autocares Jimenez" vacío -¿dónde están los pasajeros?- y un trozo de neumático en el arcén.
¿Cuántos coches coinciden a las 8:25 en todas las vías que forman el Nudo? Debe ser una cifra bestial. La mujer que da el tráfico desde el helicóptero lo debe saber. Hace mucho que no la escucho. Podría enamorarme de ella.

Cuando ya ha salido el sol, los rayos rebotan en las cristaleras de los bloques de pisos. Una vez vi a una mujer limpiando una de las ventanas. "Qué suerte", pensé. ¿Por qué pensé eso?

***

Hoy me han preguntado: ¿dejarías de trabajar si te tocaran tres millones de euros? Por supuesto que sí. Hay gente que ha dicho que no. Se creen que les van a dar un premio cuando salgan por la puerta.

Yo dejaría de trabajar, y ojo, a mí me gusta mi trabajo, pero qué quieres que te diga....

Volvería a la universidad -me sacaría filología, psicología y probaría con alguna ingeniería-, me dedicaría a mi blog, estudiaría piano todo el tiempo que quisiera, me apuntaría a la piscina, escucharía la radio mientras desayuno, tocaría la guitarra muchísimo más que ahora, iría cada día donde me diera la santa gana, escribiría relatos sobre boxeadores, me pasaría la mañana en la biblioteca sacando cosas gratis, haría la cola de la pescadería, en verano iría a la playa, me sacaría el carné de socorrista, no me tiraría jamás en paracaídas, me pasaría una semana comiendo pasta para ver qué pasaba, iría los miércoles por la noche al cine con Carol -ella también podría retirarse y podría acompañarme en todo esto. Me convertiría en la puta ama de la vida sencilla y tranquila.