Un día fantaseé con la posibilidad






Hace cuatro años diluviaba y yo no conducía desde hacía un mes. No podía. Nadie sabe lo que le cuesta a un perro rabioso digerir lo que se lleva entre los dientes. Pero decidí que era un buen día para empezar algo, hacer un esfuerzo.

Yo llevaba una gabardina gris y unas botas. Y el pelo más corto que ahora. Aún veintipico años. Tenía otro coche. Seguía un mapa recibido en mi mail la noche anterior. Había quedado con alguien sin saber nada sobre ella. Eso sí, nos leíamos desde hacía más de un año. Qué cosas, eh.


Aparqué en su calle. Yo no llevaba paraguas porque no me gustaban. Sólo conocía su voz. La primera vez que hablamos por teléfono fantaseé con la posibilidad de que se enamorara de mí una voz como la suya. Yo no quería saber nada del mundo, pero de ella sí. Cuando colgué me dio una rampa en la pierna y tuve que tirarme al suelo. Vi unas zapatillas debajo de una silla. Algo hizo clinc.


Salí del coche y corrí hasta un portal. Continué andando muy pegada a la pared para defenderme de la lluvia. Alguien venía hacia a mí. Se paró al llegar a mi altura y pronunció mi nombre. En ese momento, un rayo. Pero no figurado, no, un rayo de verdad. Pensé que era muy guapa. Los tigres empezaban a soñar con sus ojos verdes. Fantaseé con la posibilidad de que unos ojos así se enamoraran de mí. Subí a su casa.

Me llevó a una habitación. Me regaló un libro. Estaba envuelto. Su cama era enorme. Había más gente. Era una comida con más gente. Me miré al espejo y me desabroché un botón de la blusa. Fumé. Fui simpática. Me lo comí todo. Dije que todo estaba muy bueno. La gente no se iba. Quería quedarme a solas. Pero no pudo ser y me acompañó hasta el coche. La releí entera como si fuera la primera vez que leía. Ca-sa, ma-no, li-bro. Fantaseé con la posibilidad de encontrar algo dedicado a mí. Quedamos para comer y ver una película el domingo en su casa. El sábado le mandé un sms. Ella me dijo que la esperara un día más.

Llegó el día. No comimos. No vimos ninguna película. El tamaño de la cama fue lo de menos.

Fantaseé con la posibilidad de no haberla conocido en un mal momento. Pero a continuación, en medio de la oscuridad, ella soltó la maldita frase: te he conocido en un mal momento. Y mi cabeza estaba apoyada en su hombro y me daba igual salir de una para meterme en otra. Me sentía una kamikaze.

Cenamos un frankfurt en un Frankfurt. Teníamos hambre pero no teníamos hambre. Se había hecho tarde.

Lo que hizo por mí fue muy grande e inolvidable. Y lo que me da cada día también lo es.

Una de mis tutoras de EGB escribió en uno de mis informes:
Es una niña con posibilidades. Voy comprendiendo a qué se refería.

Como dice
una de mis canciones (aquí todo me lo guiso y me lo como yo): Hoy estoy de celebración y no quiero ponerme trascendental, pero es que hoy empiezo a contar hacia delante.

Audio-Post: Primera lectura de Océano Mar, de Alessandro Baricco

Voces:

Cortinilla y "mujer del chal violeta": Carol Blenk

Narrador y Plasson el pintor: Paola Vaggio



Hoy cuelgo la primera lectura de la novela Océano Mar, de Alessandro Baricco. La intención es grabar una cada semana. Ya veremos si lo hago.

Éste es otro de esos proyectos que tanto me gusta empezar, esos que hacen que la blogosfera sea un lugar para los aficionados. Pues sí, para los que nos dedicamos a hacer lo que nos gusta medio bien, medio mal, regular, o como sea, pero disfrutándolo. Para el estreno, he escogido esta novela porque fue una de mis preferidas durante un tiempo.

Vamos a escuchar el primer capítulo de la primera parte de la novela. Oiréis dos voces, la de Carol Blenk en la cortinilla y en el personaje de "la mujer del chal violeta", y la mía como narrador y Plasson el pintor.

Duración: 7 minutos y pico.



(También podéis descargar el archivo directamente en mp3 a vuestro ordenador. Haced click con el botón derecho y "Guardar como")

Notas de superficie (¿superficiales?)



He actualizado mi Flickr de notas. Ver nota en flickr.

Hoy he dejado una en la barandilla de la playa. Creo que la brisa se la ha llevado en cuanto me he dado la vuelta. Dejar una nota en la calle es diferente a dejarla en el metro. Aún no sé explicar el motivo. Estoy en ello.

Pues sí, hace años que hago las mismas cosas. Todo es un ensayo. Un día las haré bien, un día las haré mejor. Pero no sé si quiero que llegue el día del estreno.

Curiosamente, cuando he pasado la foto al ordenador no entendía la palabra "mismas"; no se ve el punto de la "i".

La máquina del tiempo



Ayer releí un cuento de Salinger que tuve en mis manos por primera vez el 5/6/05. Tras leerlo, tuve algunos pensamientos parecidos a los de aquel día. Subrayé algunas frases que me gustaron:

" Los rayos o están destinados a uno, o no lo están."

"(...) hizo sonar una nota en el diapasón y los chicos, como si fuesen levantadores de pesas, alzaron sus libros de himnos."

Sé que lo leí el 5 de junio de 2005 porque lo anoté en el blog. Era tarde y quería pasarme la noche despierta, no recuerdo el motivo, amor no correspondido, supongo. Estaba en casa de mis padres, en mi estudio. Hacía algo de calor. Salí a fumarme un cigarrillo a la terraza, contemplé el perfil de las copas de los árboles y, seguramente, fantaseé con una vida como la de ahora.

De lo que es capaz de aguantar el cuerpo



La noche del jueves al viernes, tragar saliva me dolía tanto que la iba acumulando en la boca para no tener que pasar por el mismo suplicio tantas veces. Qué asco, ¿verdad?

Cuando sonó el despertador a las 6:30 de la mañana no estaba mucho mejor. Tuve ganas de llamar al colegio para decir que no iba a poder ir a dar clase, pero pensé que si no podía trabajar, tampoco podría ir por la tarde a la presentación del libro de Flavia Company, L’illa de l’última veritat. No está bien pasarse la mañana en la cama y salir por la tarde en plan ociosa.

Así que decidí ir a trabajar para poder ir a la presentación. Prioridades. Mi plan era ignorar a mis amígdalas para ver si ellas se olvidaban de mí. Eso es lo que suele hacer la gente con la gente.

Aguanté todo el día, dando clase a 125 alumnos diferentes, cinco cursos en total, todos histéricos porque era viernes y porque por la tarde se disfrazaban. Estaban todos tan contentos con sus espadas, sus capas, sus varitas mágicas, el pelo de colores, la cara pintada. Ese tipo de cosas me rompen el alma. Hacía un frío polar. Y es que por mucho que se empeñen las madres en ponerles a sus hijos jersey de cuello alto y leotardos, los críos se siguen congelando. Deberían saberlo.

A las cinco salí del colegio. Luego fui a la presentación del libro y me encontraba bien, sin fiebre y sin dolor. Estaba contenta y orgullosa, había estado sufriendo todo el día para poder llegar hasta allí, hasta la isla que me salvaba.

Pero por la noche empecé a sentirme muy mal, dolor y más dolor, tenía escalofríos y 39 de fiebre. A las tantas de la madrugada estaba visitándome una doctora y a Carol le daban una tarjeta de identificación en la que ponía: “familiar del paciente”. Era como uno esos pases que te cuelgas al cuello y sirven para moverte por el backstage y saludar al cantante. Lo que no me quedó claro es, en este caso, quien hacía de cantante... ¿el médico o yo?

Diagnóstico: amigdalitis y otitis en el oído derecho. Lo de siempre. Me estoy defendiendo de algo.



Los devotos de la playa

Llevo varios días bajando hasta la playa antes de comer, justo al salir del trabajo. Me despeja. Hago un poco la sola. Me pongo la capucha para resguardarme del frío.

Me he dado cuenta de que siempre estamos los mismos a esa hora. Está la chica que toma el sol desde el paseo con una mujer en silla de ruedas, los dos viejecitos que hablan, el corredor que parece un gigante, un hombre calvo que se come un bocadillo, el chico del perro... Somos los devotos de la playa y tenemos una oración secreta, la soltamos en la arena y luego volvemos a nuestras vidas en el cemento. Yo envidio a los que siguen en el lugar cuando me marcho. Pero también hay muchos que se van cuando yo aún estoy allí.

Me pregunto si soy la que se queda o la que se va.



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