Todos necesitamos una maestra y una herida

Soy vigilante en el patio. Soluciono conflictos y detecto peligros inexistentes para los niños. Yo he visto milagros allí. Cabezas duras y rodillas de hierro. Reflexiono mirando hacia el horizonte del patio. Son peces de distintos tamaños y se comen los unos a los otros. Me he acostumbrado al griterío, a esa masa uniforme de vocecillas salvajes. Aguas cristalinas. A veces se me acercan algunos accidentados y me muestran un corte de un milímetro en un dedo, apenas visible, o un golpe de hace una semana fingiendo que se lo acaban de hacer. Su preocupación es real, quieren ser atendidos. ¿Te has hecho daño? Déjame ver... Mmmm... pues no te toques. Si te duele no te lo toques. Mójate la cara y verás cómo se te pasa. Son frases que repito muchas veces a lo largo del día.

Pero para la maestra no hay remedio.
Lo que duele, mejor no tocarlo.
Lávate la cara todas las mañanas y vete.

No soy yo (2): El paquete de pan de molde que anunciaba el fin

Ha sido un día bastante tranquilo. Como es habitual, he entrado en el metro sin apenas salir de la cama; cuando escucho el despertador me tapo con la sábana y, a la vez, me subo en el metro. El trayecto se queda en una especie de ángulo muerto y no recuerdo cómo he llegado al trabajo ni si había mucha gente en el vagón... ni si estaba buena la de delante, ni si me ha mirado, ni nada de eso que la gente suele escribir luego en su blog. Por la tarde he ido al gimnasio. Ahora, acabo de hacerme un sandwich de jamón y queso. En el paquete de pan de molde pone ANTICRISTO en letras grandes y amarillas sobre un fondo rojo. Todo encaja. No quiero irme a dormir. No quiero pestañear. Me aterra cerrar los ojos y aparecer en el metro. Esto es el fin.