Es como nadar




Caminar sola por una calle de Barcelona y sentir que te conoces un poco mejor que antes y te caes bien y quieres saber más sobre ti, quieres escribirte cartas, tener algo bonito contigo. Miras hacia un lado y ves un gimnasio que jamás has visto y te preguntas si habrá alguien en la cinta de correr. Y la tienda de abajo está abierta y venden naranjas; te imaginas comprándolas y comiéndotelas con gusto. Una mujer vestida de blanco en la puerta de una lavandería que está abierta de 9 a 24, porque lo pone en un cartel con luces de neón, le explica a otra en qué cajetín debe ponerse el suavizante. Y la lavandería es preciosa, con todas las lavadoras plateadas como cápsulas espaciales recién salidas de fábrica; y te dan ganas de tener mucha ropa que lavar allí porque esa mañana te sientes algo así como en paz.

Y ayer viste a unas guiris que se reían y gritaban tacos en su idioma mientras bailaban esta canción. Se sentían libres. Y tú también.

Acostarse sola en una cama desconocida pero cálida, hecha con cariño para ti. Y dormir y despertarse, fijar los ojos en una ventana que jamás has visto, por la que entra el sol, y cerrarlos de nuevo para dormir un poco más porque tienes sueños que son sólo tuyos.

Una niña de 15 años está ahorrando para hacer un viaje por Europa cuando sea mayor de edad; con un amigo cuya afición son los trenes y con el que recorrerá muchas ciudades con una mochila a cuestas. Le das un billete de 50 euros a la niña, que lleva algo de tu sangre. Para su sueño, para que perdure su ilusión.

Viajes

Hay viajes felices. De los que preparas con un mes o varios de antelación. De los que planeas y escoges los lugares por los que pasarás. Te informas sobre el tiempo que va a hacer, te haces un lío con la ropa, no sabes qué llevarte. Te vas en avión. Muy lejos. O simplemente lejos. Y a veces te encuentras lo mismo allí que aquí.

Luego están los viajes que no preparas. Que debes hacer, sin más. O que crees que debes hacer pero no quieres. Y siempre hay algo que te hace dudar sobre si deberías o no hacerlo. A veces son viajes de pocos kilómetros. No vas en avión, ni en tren, ni haces escalas. Pero en cambio, te vas muy lejos. O simplemente lejos. Y cuando estás en el lugar, te preguntas qué haces allí. Por qué tu iMac está en otra mesa, ahora. Por qué una máquina diseñada en California te devuelve a la realidad. Por qué desearías estar dónde estabas antes. Saliendo a comprar, colocando la comida en casa, planeando hacer una pizza. Te preguntas si vale la pena haberte arrancado a tiras. Si vale la pena haberte roto por dentro. Si vale al pena todo esto. Si estarás sola en tu viaje. Si la soledad será buena o mala. Te preguntas si tiene retorno. Si habrá billete. Llegas y quieres volver a lo conocido. A lo que no duele tanto. Pero no sabes qué hacer, qué sentir, qué pensar. No eres ni gigante, ni valiente. Estás en la duda, el miedo, la incertidumbre. Y piensas que si esto es un camino, menuda mierda de camino que te has buscado tú solita. ¿Será largo? ¿Hacia dónde irá? ¿Era esto lo que tú querías? Pocas cosas se parecen a lo que una quiere.

Escoger un camino






Puse una muestra de mi vida entre dos cristales y la observé en el microscopio. Vi un cúmulo de organismos intercelulares moviéndose de aquí para allá que compartían un mismo espacio, sin orden; minúsculas piezas aisladas las unas de las otras: migas de pan de un gran día; una cicatriz en la espalda; un sueño como el principio de todo; una voz pronunciando la palabra "feliz" de un modo distinto; alguien pintándose los labios para mí. Y al recuperar, de nuevo, la medida de mis ojos, supe que era preciso construir caminos para escoger el mío. Establecer un orden, como el día y la noche, como el calendario, y avanzar.


Escalón y huella

Subo y subo pero esta escalera no se acaba jamás. De vez en cuando se interrumpen los peldaños y encuentro un descansillo. Me llena de esperanzas. Es una llamada después de mucho tiempo. Es desear. Vuelvo a subir escalones pensando que este tramo va a ser el último. Pero ya son varios rellanos y sospecho que no tiene sentido querer llegar hasta la azotea. La vecina de la planta 54 me ha sacado un tazón de leche con galletas para cenar, como a una niña con la madre enferma.

Poema que no sabe adónde va



La llave de la casa estaba dentro del buzón
Pero yo jamás tuve la que lo abría.

Pasé un largo tiempo
Esperando tu respuesta.

Pescaba las cartas
Con la punta de mis dedos.

serotonina, por favor






Vamos a girar la llave, vamos a hacer que el motor arranque, pero creo que las tardes de domingo son igual en todos los sitios. 

Yo conducía un coche negro que aún llevaba cintas de cassette y queríamos ir a Memphis a ver la casa de Elvis. Hablábamos diez idiomas y no faltaba nada en nuestro cv. Aún así, aborrecía las clases por la tarde en la universidad, pero descubría piscinas azules y vacías, llenas de promesas, mientras la voz de Virginia Díaz me acompañaba en la radio.
¿Cuando sucederá lo siguiente? Porque lo siguiente que sucederá será extraordinario. Lo decían las canciones, los libros y las películas. Lo decía yo. Tengo que hacer algo, pero no sé qué, para que suceda.

Llueve en un lugar llamado INSOMNIO



Está lloviendo y algunas gotas golpean en la barandilla del balcón de mi habitación. Pero sólo algunas, no todas; eso es lo extraordinario. Yo también soy una excepción porque la mayoría duerme; en cambio, estoy despierta a las 4:12 de la madrugada escuchando las gotas -no todas- que rozan la barandilla. Soy una de esas gotas escogidas. Me siento ligeramente afortunada por ello. El insomnio es un lugar sin gente. Cada uno tiene el suyo. Si te encuentras con alguien en el insomnio quiere decir que, en algún momento de tu vida, dormirás con esa persona. Fuerte, ¿eh? Es una creencia similar a "los que se pelean se desean" o "si te pitan los oídos es que alguien habla mal de ti". En el insomnio hay árboles arrancados de cuajo. También hay algo a lo lejos, pero nadie sabe exactamente qué.