FOTOCOPIA: La bomba anatómica



Ayer, cuando volvía a casa, y todas las calles se parecían a otras, me di cuenta de que habías sido verdad.

Me dolió tanto lo real.

Me di cuenta de que tienes un cuerpo con órganos dentro. Pulmones, hígado, riñones, corazón, arterias, intestinos, huesos... y, resumiendo, sangre alrededor. Y que habías caminado con todo eso a mi lado. Todo eso tan cierto. Todo lo que sale en las radiografías cuando te haces daño o cuando te duele algo, todo lo que un médico ve a contraluz. Todo lo que es indiscutible. Lo tienes y es verdad.

Luego pensé en tu voz, que con esa voz me hablabas. Un timbre que puede que se parezca a otro, pero no es exactamente igual, es imposible. Y que tu voz, única como la mía, tal vez estaría hablando en ese momento, vibrando en alguna frecuencia. Pero yo no la estaba escuchando a pesar de desearlo muchísimo. Tu voz en algún lugar al que se puede llegar seguro, porque cualquier lugar es una coordenada en el espacio. Yo podría llegar. Yo siempre creo que puedo llegar.


Todo era muy real.

Mis costillas, mis glandulas de nosequé, mis células y mis homoplatos... pensando en ti. Como si tu esternón estuviera hecho de coral.

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Voy a recordar a mi querido Jeff Buckley, que me gustaba tanto de adolescente. Qué bueno era.










Fotocopia: esa sensación.


Esa sensación de que Google ya no encuentra lo que estabas buscando.
O esa sensación de estar frente a Google y no saber qué buscar.

FOTOCOPIA: Cosas imprescindibles





4 bragas
2 cuerdas
1 linterna
3 camisetas
2 pantalones cortos
1 pijama
1 tienda de campaña
1 sartén
1 navaja
1 caña de pescar
1 fuet
1 cantimplora.

Esa es la lista de imprescindibles que mi madre encontró ayer en una libreta que escribí cuando tenía nueve años.

Aquello era todo lo que calculé que necesitaría para vivir un año entero en mitad de la montaña. Era mi objetivo. Lo había visto en una película dentro de la clase de Ciencias Naturales y yo quería ser como el protagonista.

El plan era vivir dentro de una cueva (una que se suponía que encontraríamos en el bosque) con mis amigas Elena y Silvia. Conseguí que se entusiasmaran con la idea. Una vez convencidas, les dije que todo aquello tenía que hacerse bien y que debían comunicarlo en sus casas. Yo siempre dentro de la legalidad.

Así que Elena y Silvia hablaron con sus respectivos padres y respectivas madres y, claro, pusieron el grito en el cielo. Silvia y Elena los presionaban diciéndoles que mi madre me dejaba ir. Y era verdad. Mi madre me dejaba ir a vivir a la montaña durante un año.

Desafortunadamente, Elena y Silvia no pudieron tramitar la visa para irse a vivir un año entero a la montaña dentro de una cueva. Así que pasamos al Plan B: ellas tenían que escaparse. Lo teníamos todo previsto. Íbamos a coger un autobus nocturno que nos llevaría a la estación de tren. Proyecté tan bien toda aquella fantasía que en mi mente veo la luz helada y fría del autobús iluminándonos las caras de madrugada. Para nosotras, niñas de barrio en Barcelona, lo más  Naturaleza que conocíamos era el Montseny, así que aquel era nuestro destino.

La idea no era resistir todo un año con 1 fuet, nuestro proyecto se basaba en comer raíces y pescar en el río. Mi fuet era para el viaje, lo recuerdo perfectamente.
El otro día le pregunté a mi madre que por qué hizo que creyera que me dejaba ir, que por qué me animó a ello. Me contestó que no valía la pena quitármelo de la cabeza, que era tan sólo una ilusión.

Creer que es posible otro lugar, pero quedarme en la fase de hacer la lista...




Fotocopia: A la deriva



Me siento a la deriva. Llevo tres días en los que me cuesta mirar hacia el futuro. Aún así, el presente me sorprende cambiando las sábanas de mi cama. Abriendo el buzón y encontrando un postal de Madrid. O viendo películas que me rescatan por unas horas. Me pasó con Night on Earth hace un par de tardes. Debo decir que a Jim Jarmusch lo he bautizado como el director de las siestas de culto, las que me pego cuando me pongo alguna de sus pelis, pero son siestas interesantes, de esas en las que no quieres cerrar los ojos, no quieres rendirte, pero te vas quedando grogui y escuchas frases lejanas, algunas imágenes de la pantalla se entremezclan con un sueño a medias, incluso con algún recuerdo, y la banda sonora se vuelve onírica. Pero viendo Night on Earth me mantuve despierta, como si fuera yo una taxista más en la Tierra y quisiera que alguien me contara mi propia historia.

Me gustaría hallar esperanza en un cambio político, como tantas personas que verdaderamente creen en ello y se involucran. Me dan algo de envidia. También los que tienen un hobbie obsesivo o un equipo de fútbol. Les deseo a todos lo mejor.

Seguramente, si le cuento todas estas cosas al médico me enchufará antidepresivos y ansiolíticos. No se puede estar triste unos meses, mucho menos una temporada larga. 

El miércoles fui a un meetup para practicar inglés y me di cuenta de que el ser humano monta verdaderas tapaderas para ligar. Con cena gratis incluida y cerveza a buen precio. Todo subvencionado por una academia de inglés. La única otra vez que fui a un intercambio de idiomas también había quedado con E, que se había equivocado de azotea y estaba en otra, y tenía que atravesar cuatro millones de manzanas para llegar a la azotea correcta; así que me relajé y me pedí algo de beber y me senté de espaldas a todo el mundo, pero desde la ventana tenía un vista increíble de rascacielos y demás. Escribí un postit, bastante esperanzador, sobre el sentido de las ventanas en nuestra vidas. Lo dejé en medio del cristal y a nadie le sorprendió. En estas que vino una japonesa a sentarse a mi lado, y a pegarme la chapa. Era buena chica, creo que la tengo en Facebook pero no nos hemos vuelto a decir nada más en años. Me contó que estaba trabajando de babysitter y que la familia que le había tocado eran unos gilipollas. Pero allí estaba ella, sonriente. Luego se añadió otra chica, autóctona de la metrópolis, que quería conocer gente de aquí y de allá y llevarnos a todos de paseo por los barrios. Así que mi intención de un meetup en soledad se desvaneció por completo. Fin de la historia.

He vuelto a poner mis libros en las estanterías. Los tenía todos en cajas, porque hice un simulacro de mudanza hace ya algunas semanas. Los recuerdos que van tras ellos me duelen, pero no puedo desprenderme de ellos porque forman parte de mí. Ayer lloré con una canción de Camarón que me pasaron por mail. Necesito un ángel de la guarda. O yo que sé. Mi vecino acaba de ponerse a tocar la flauta. No, no me refiería a eso, universo.






Fotocopia: Luces en la pared


Luces from QueMalaSoyDosificandote on Vimeo.



Lleva toda la tarde lloviendo. Desde aquí, a veces oigo las bocinas de los barcos. Los imagino grandes, lejanos y  llegando a puerto o marchándose.



Es de noche y todavía sigue lloviendo.

El otro día me desperté temprano y en la pared había una luz que cambiaba de forma. Fue la primera imagen del día. Era la luz del sol. Fuera hacía viento y los árboles se agitaban.

En realidad, no veía ni los árboles ni el sol en sí, sólo el reflejo en la pared, en medio de la oscuridad. Vivirlo todo en primera persona hace que algunos instantes parezcan una señal confusa.

Me levanté y salí a desayunar. Era muy pronto y no había nadie en la calle, la Via Layetana estaba desierta. Los edificios majestuosos, más que cuando hay gente. Bajé en bici por en medio de la avenida. Iba a hacer calor pero el aire de la mañana todavía era fresco. Todas las tiendas estaban cerradas. Ciudades vacías. Soy una persona corriente.

Me senté en la barra de la churrería. Pedí un chocolate con porras. Como no quedaban, hicieron más. La pasta blanca se sumergía en el aceite. El churrero había estado enfermo durante un tiempo; todos los que entraban, que parecían habituales porque no necesitaban especificar que querían para desayunar,  preguntaban si ya se había recuperado. Yo no sabía de qué iba aquello, pero me pareció que era una persona querida por todos. Yo miraba y miraba, queriendo saber. Cuidado que queman.

Pensé en qué sería de la churrería cuando se jubilara él; pensé en que me gustaría tener una churrería, como si fuera un hijo, pero de porras y chocolate. Algún día nos iríamos de vacaciones a una casa cerca del mar. Mi hijo churrería y yo. En Portugal. Nada de viajes largos.

Le dije adiós cuando me marché. Era un buen hombre, con un corazón inmenso, se le notaba en algo, no sé. Yo estaba allí como caída del cielo, o de la cama, y me sentía como un ángel en pantalones cortos y camiseta. Más tarde, no recuerdo bien lo que hice.







Fotocopia: Enganchada al karaoke

Dame un beso


Se ha vuelto a repetir ese momento en el que las cortinas se mueven con el aire que entra de la calle. Cada año escribo sobre ello.

Es una imagen que me encanta. Me transporta a la primera vez que me di cuenta de ello.  Yo estaba en mi antigua habitación, en casa de mis padres. 2003. Era primavera. Por la tarde. Las cortinas se movían. Y soñaba con visitar muchas ciudades, las que salían en las canciones y en las novelas. En algunas ya he estado y han habido momentos de soledad. Es ligeramente bonito.

He descubierto una aplicación de karaoke y me paso el día cantando. Soy como Bill Murray en Lost in Translation. Esa reverberación, ese eco, la luz de la pantalla, esa especie de deriva sin ton ni son. He puesto fotos y recuerdos en las estanterías de amores que tuve. Pruebas físicas o imágenes.

Scarlet Johansson me recuerda a Chile. Debo ser la única persona en el planeta que la asocia con el fin del mundo.

Hace tres meses era una profesora válida para ejercer mi trabajo, incluso era buena. Ahora no cumplo los requisitos porque no tengo el Advanced. Es como cuando lo dejas con alguien, que el día anterior te puedes besar, pero al día siguiente, ya no. 

Me he propuesto empezar a ser coherente y consecuente a mediados del verano.


Fotocopia a semi-color: intensita

La semana ha sido intensa. He tenido grandes dosis de sociabilización y, como siempre, luego tengo resaca de conversaciones y momentos.

El viernes fui feliz en el concierto de Grupo de Expertos de Sol y Nieve. Creía que me iba a traer recuerdos, pero lo cierto es que lo pasé muy bien, aunque tuve la cabeza en otra parte, alta ingeniería de puentes, canales y caminos imaginarios. Esa cajita que a veces abro y me pone en contacto con la fuerza del amor universal. Y yo sigo esperando que venga un tiempo mejor.

Ayer tarde, mientras tocaba Ultraplayback en mi barrio, sentí que el tiempo volvía a plegarse, y los ecos de 2004 llegaban como si fuéramos a morir todos y viéramos pasar nuestra vida a cámara rápida. 

Auguro un bloqueo mental general de flea markets y food trucks en Barcelona, seguido de un agujero negro con gusano sideral en el universo y ceguera generalizada. De gafas de sol, de cortes de pelo y bicicletas fixie. De dj's matutinos y de tarde. Son desvíos, caminos cortos. Parches contra la ansiedad ignorada por la masa. Basta ya. Quiero bares manolo o cafetería montse (granja montse) y fotos descoloridas de platos combinados. Un bocadillo de pan normal. A veces me parece todo demasiado artificial, me m(s)iento sumergida en esa superficialidad. Es guay (no se puede decir guay ya porque es como cuando los padres decían chachi) es #wow estar con gente y tomar cervezas, pero todos tenemos un hueco en el estómago, un agujero; veo a todo el mundo como una rosquilla humanoide.

Me sentí optimista tocando el djembé en un parque con un grupo de personas desconocidas. Me recordó a una película que vi hace ya un tiempo, sobre un profesor muy serio, que iniciaba una amistad con un percusionista y éste le hacía descubrir aspectos de su personalidad que desconocía y a su vez le hacía tomar consciencia (y conciencia) de una dura situación. No recordaba el título pero he puesto cuatro datos en google mal escritos y lo ha acertado. Llegará un momento en el que google te dirá donde tienes aquella camiseta que tanto te gustaba y no sabes dónde has puesto, aml escrto. El título de la película es The Visitor.


Ayer noche asistí a un concierto de Los Planetas vía WhatsApp y fue emocionante. La virtualidad está cambiando nuestro cerebro, a mí me provoca la misma sensación que una puesta de sol verdadera. La misma alegría. La misma distancia. Hubiera cogido un autobús a Granada en ese momento pero no pasaba ninguno por delante de mi casa en Barcelona. Quiero hacer todas esas cosas. Cambiar el mundo. Cambiar el mapa de autobuses y los horarios. Diluir las comunidades autónomas y los oceános. YoPuedo.

Hoy he decidido pasar el domingo sola. He estado tocando la guitarra. Estoy componiendo una canción de amor que me encanta, sobre todo porque en la letra mezclo conejos con unicornios y con teléfonos. Puede que no se la enseñe a nadie. Voy a cocinar. Coño, ya son las tres 51. Voy a cocinar igualmente.

Fotocopia: lo mental en físico y lo físico en mental

“—Escale una pared.
—¿Qué?
—Ha topado con una pared, ahora escálela: literalmente.
Lusardi abre su libreta, consulta algo y anota un par de números de teléfono.
—Ellos le enseñarán.
—Muy divertido.
—Hablo totalmente en serio. Haga físico lo mental y mental lo físico, y mejorarán las cosas. No puedo hacer que se sienta mejor. No tengo esa facultad.
—Si yo fuese pariente suyo, ¿qué me diría?
—Le diría que necesita hacer algo; le diría que lo intente todo. Tiene que volver a la vida. Ni siquiera espere a mañana, empiece ahora mismo, vuelva a comenzar en cada momento. ¿Usted cree en algo?”

A. M. Homes. “Este libro te salvará la vida".

Convertir lo mental en físico y lo físico en mental. El sábado fui en busca de caminos físicos; en mi mente no sé distinguir entre los verdaderos y los falsos. Lo meditado y lo impulsivo. He comprado fruta. Soy un perro asustado que cruza pasos de peatones sin mirar. Que come sandía.

Recorrí 12 km, algunos de ellos corriendo. Cuando corro, todo el tiempo estoy pensando en si debo parar. En si es suficiente ya, en si mi cuerpo está cansado o es sólo una vaga sensación. Sólo era capaz de correr relajada cuando lo hacía descalza sobre el tatami del gimnasio. Aquello era otra cosa. Bajo la mirada atenta de nuestro maestro coreano de TKD. Aquella persona que corría a mi lado durante todas esas tardes, todos esos años, tiene otra vida ya, hay tantas cosas sobre ella que desconozco, que ya no puedo imaginar ni suponer ni especular...

Recuperar a personas de hace mucho tiempo, de antes de antes, me sumerge en otra piel. Estoy tan solo a mensajes de whatsapp luz de mí. Intento reconocerme.


En un punto del trayecto vi un rebaño de ovejas. Una se había separado del grupo, podría decirse que se desmarcaba. Pero ¿para qué? Para hacer exactamente lo mismo que las otras pero en otro lugar. Reflexioné sobre ello. Tratamos de ir en otras direcciones pero, al final, todos necesitamos lo mismo.



Me tumbé bajo la sombra de un árbol. Me pareció un buen lugar para descansar. Estuve mirando el sol a través de las ramas. Era bello y fugaz. Como tantas cosas que ahora recuerdo al describirlo. No se las cuento a nadie. Solo podría hacerlo omitiendo palabras. Pasó Cometa Halley por mi mente. Traté de no mirar fijamente para que no me deslumbrara.

Sentí que no tenía una buena razón para dejar mi piso de alquiler. Que lo decidiría más adelante, cuando la tuviera. Llamé a la propietaria y le dije que no me iba. Di marcha trás. De momento, no hay mudanza. Siguen las dudas. No tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Llevo así más de 790 días. Visto así, parecen pocos.




Ha sido una semana llena de pequeños acontecimientos que han acabado explotando con la luna llena.





Fotocopia: Detonantes



La decisión de dejar mi piso e irme de viaje fue fruto de una iluminación al despertar. Supongo que el subconsciente todavía seguía activo. No lo sé.

Pero hubo otro detonante. Coincidió con un proceso de mantenimiento de las vigas de madera. La propietaria decidió hacerlo y a mí me lo comunicaron por teléfono una semana antes. Pensé que era genial tener una casera tan cuidadosa. Yo todavía no sabía que siete días después decidiría mudarme, si no le hubiera dicho que esperara a que yo me fuera. No tenía ni idea de lo que iba a pensar una semana después. Creo que hace años no me pasaba esto. Yo no cambiaba de plan así como así. Había una estructura.

El operario que me llamó por teléfono me dijo que tenía que recoger toda mi ropa, mis libros y los objetos frágiles. Pensé en guardarme a mí misma.

Hice cajas. Aquel proceso me confirmó que aquello estaba siendo una mudanza encubierta. Una señal. Y ahí se desencadenó todo.

He vuelto a mi casa después de más de 48 horas, tal y como me dijeron. He entrado y estaba todo destartalado. Los muebles amontonados, la cama de pie apoyada en la pared, las sillas y la mesa en la terraza, el sofá en un sitio que no era el suyo. Una lámpara rota. Un parte de incidencia de lámpara rota que en teoría tiene que pagar el seguro. El suelo asqueroso. Mi póster de los Goonies arrugado (ya me advirtieron que con el de París Texas ligaría más), debajo de un montón de cosas. Mi territorio hecho trizas. Yo no lo dejé así el martes.

He abierto las ventanas para seguir el protocolo. Tenía que estar al menos cinco horas ventilándose. Y me he bajado a la calle.

Al salir de la portería, uno de los chicos pakistanís del supermercado me ha saludado con una sonrisa de oreja a oreja. En todo este tiempo jamás me había dado los buenos días, y menos tan efusivamente. Joder. Me ha dado pena. He pensado que justo ahora que me iba me integraban en su comunidad.

Me he comprado una coca-cola y me he sentado en un banco frente a la boca de metro. En la estación de Bicing había una chica fumando. Me ha dado un vuelco el corazón porque se parecía mucho a X. Su gesto, su pelo, su cuerpo. Era igual. Todo igual. Me he quedado allí pasmada. Ella parecía estar esperando, porque ahí no hay nada más que hacer que esperar. Me he puesto nerviosa y he querido liarme un cigarrillo, pero no llevaba. Los ojos claros. Los labios así. Se le parecía tanto que me he quedado  observándola, recreándome en la ficción. Me he puesto detrás. De espaldas era exacta. Me he movido y me he puesto a un lado. De perfil también. Si la miraba de reojo, era ella. Y me he quedado pasmada dejándome llevar por aquella tonta fantasía...

He planeado acercarme a la chica. Pedirle un cigarro. Contarle algo. Contarle que se parecía a un amor y que justo yo estaba dejando una casa, y que todo era raro. Que todo estaba patas arriba. Que cómo se llamaba. Que si era del barrio. No sé. Alguna respuesta. Entonces ha salido una mujer del metro y se ha ido con ella andando en dirección a la playa.

En fin. Es doloroso dejar de nuevo un hogar. Abrir los grifos por última vez. Todavía estoy a tiempo de echarme atrás, pero no creo que sea lo correcto. Me estoy acojonando. Cada día me parezco más a Richard Novak, el personaje de la novela de A.M. Homes. Pero él, al final, se deja llevar.
He vuelto a subir a mi casa para hacer pis. La emoción de ver a X, aunque fuera de mentira. La Coca-Cola Zero.
He vuelto a verlo todo desmontado. Parecía el primer día, como cuando llegué y todo estaba por hacer, pero era una nueva vida. He pensado en las cosas que quería que pasaran en ese lugar, y nada de aquello ha sucedido. Pero han habido cosas distintas. La vida es así. Está llena de sorpresas y de contratiempos.
He mirado hacia el pasillo. Me he puesto a reír. 
No. En realidad, a lo contrario. 
Me sentía perdida. Y un poco sola. Con todo el peso de no saber nada. Por qué no estaba bien en mi trabajo? Por qué no decidí ser una mortal más?
Me he puesto mi gorra verde con una avioneta pintada (me la dibujó un chico que hacía graffitis) y he vuelto a marcharme. Por suerte, A y M me han acogido en su casa y me han dado de comer muy rico. Hemos visto el vídeo de Eurovisión de Azúcar Moreno. Cuando salían a cantar y las trompetas no sonaban. Fue culpa del director musical. Y ellas se marchaban del escenario enfadadas. Y el de la guitarra se ponía a bailar para disimular. Quedamos en quinto lugar. 
Yo también debería ponerme a bailar para disimular tanto desconcierto.