Hemos vuelto a casa.
Carl a la suya y yo a la mía.
Qué bien voy a dormir hoy...
Abandonamos el bosque. Ya empieza a hacer frío por las noches.

¿Quién es?






–CARL, ya sé que es lo que busco. Quiero encontrar a LA PERSONA que habla en esa grabación titulada "El videoclub".


(Carl garabatea algo en un papel y me lo enseña.)











–Era yo.


 

Refugio

Son las dos de la madrugada. Ha empezado a llover en el bosque. Una tormenta feroz. Un lobo con chubasquero rojo. Carl se ha refugiado en la avioneta conmigo. Estamos aquí, los dos en silencio, viendo cómo las gotas se estrellan en el cristal. Me gustaría abandonar esta sensación de provisionalidad. Adaptarme.

El teléfono está comunicando. El otro día pensé en eso, en lo curioso que es que se diga "está comunicando" a cuando alguien tiene el teléfono ocupado. La persona se está comunicando, pero con otros.

Le he dicho: Carl, empieza el otoño, esto cada vez se va a poner peor, vamos a tener que abandonar el bosque y volver a casa. El lunes, después de la ciudad, me estaba esperando con el bañador puesto  y la toalla al hombro. Estuvimos nadando en la playa y secándonos al sol. En  el mar había más agua que otras veces. Con diferencia, es el lugar en el que me siento mejor. Como si nada importara ni contara. Luego compramos un pollo a l'ast y nos lo comimos en el bosque, como aquella vez en Londres, en las escaleras de aquella casa.

Tengo la cabeza llena de imágenes.

Se me cierran los ojos. Quiero mucho a Carl.

El muro






Carl y yo hemos construído un muro invisible, pero grueso, para los fines de semana. Nos mantiene a salvo de algo desconocido que no sabemos si es bueno o malo. Nos encantaría atravesarlo, pero ninguno de los dos está dispuesto a arriesgar la esperanza sobre lo que hay detrás del muro. Al ser transparente, lo vemos todo; la noria, los auto de choque, etc. A veces lo entendemos y a veces no. Ambos sabemos que lo que hacemos no va a llevarnos demasiado lejos. Incluso, nos preguntamos quién de los dos inventó a quién. ¿Yo a Carl? o ¿Carl a mí? Tenemos que irnos...

En nuestro territorio cercado no hay demasiado qué hacer. Hoy hemos estado tirando piedras al río y contando las veces que rebotaban en el agua. He ganado yo.

Hay mucho ruído detrás del muro. Suele ser provocado por humanos; risas y conversaciones, a veces discusiones, riñas, peleas, lanzamiento de dados. A este lado, soy yo la que inventa las palabras porque, como ya sabéis, Carl es mudo.

Un día escuchamos música en el otro lado. Nos pusimos a llorar. Carl primero. Yo después. En mi caso, la música se me metió por dentro. Recordé algo de mi infancia, un concierto de country, o así aparece en mi mente. Estábamos en la montaña. Yo correteaba alrededor del escenario con mis amigas. Había bombillas de colores y mucha comida. Estábamos jugando al escondite y era divertido.

El viernes visité a mis antiguos alumnos y, al verme, hicieron una especie de baile de celebración a mi alrededor. Como una tribu. Algunos me abrazaron.  No esperaba tanto cariño. Estuve pensando en ello toda la tarde. Y esta mañana. Y ahora. Regresé con ganas de llamar a CB porque es la única persona que podría comprenderme. Pero ya no está.

Recuerdo cómo eran los que ya no están. Luces. Atardecer. Hace mucho tiempo ya de todo. De todo.

–Tenemos que irnos, Carl, pero no consigo ver hacia dónde. Nuestro invitado nos está mirando. Nos dice que no con la cabeza. ¿Nos está amenazando?

La rueda de la vida




Volver a engancharme a la rueda de la vida creo que me da miedo por si no se cumplen mis expectativas. Es como cuando saltabas a la comba de pequeña -lo odiaba, estrés- que tenías que calcular el momento justo para no darte con la cuerda y luego, una vez dentro de la rueda, saltar y saltar y saltar, hasta que la cuerda volvía a trabarse entre los pies. Qué cansancio, ¿no? Tengo la sensación de llevar dos años haciendo eso. Metiéndome en la rueda y fallando, metiéndome en la rueda y fallando, metiéndome en la rueda y fallando (a ver, ya sé que "follando" sería lo ideal, pero tenemos un conflicto de vocales).  Y así todo el rato. Por eso me apetece dormir. Me estoy tomando unos días de ¿reflexión? Oigo a unas niñas cantar mientras dan la comba, "ven, Paola, ven a la rueda..." pero me da mucho miedo. Otra vez no, pienso, otra vez no, dejadme en paz. Ya hago todo lo que puedo. Me dais muy mal la comba: bajita, rápida, torcéis la cuerda... así no se puede jugar a nada. 



Un invitado especial





No vamos a poder escapar, Carl. Esta vez no miraremos hacia otro lado.

Tampoco podremos luchar para mantenerlo alejado del bosque ni de la ciudad,  siempre acaba entrando.

Hay puertas mal cerradas, rendijas, ventanas, campo abierto, demasiados árboles.

Propongo invitarle a desayunar. A comer. A cenar. Vamos a decirle que se quede, porque es lo que quiere. No va a parar hasta que lo consiga. Cuando nos acostumbremos a su incómoda presencia, se irá.

Propongo que volvamos a casa, cada uno a la suya, que dejemos de escondernos en el bosque. Propongo que el dolor sea nuestro huésped. Nuestro invitado. Hasta que se canse.

Prohibido gritarle. Prohibido envenenarle la comida. Prohibido tratar de encerrarlo en el armario de los trastos. Prohibido emborracharlo en fiestas para ver si podemos salir corriendo en cuanto no nos vea.  Prohibido ponerle otro nombre.

Cuando llegue le liarás un cigarrillo y le servirás una taza de café.  Yo le haré las preguntas.  ¿De dónde vienes? ¿Por qué estás aquí? ¿Hasta cuando te quedas? Todo eso que queremos saber sobre el dolor, Carl.

Probablemente no nos conteste. No suele decir ni mu, por lo que yo sé no le gusta hablar demasiado. ¿Sabes? Es como tú. Es mudo. El dolor es mudo.

¿Carl?





Otra persona

Acabo de perder un amor. Bueno, ya estaba perdido, pero siempre hay esperanza hasta que te dicen "estoy con alguien". Otra persona. Con ojos, orejas y labios. Y una vida. Una profesión. Una voz. Otra persona. Cuando te dejan de querer es como si se murieran sólo para ti y siguieran viviendo para otros. Para otras personas. Es como estar a los pies de una noria luminosa, pero sin ticket para subirte en ella.

Otras personas. Con manos, cuello, pies, ideas, palabras. Otras personas. La complejidad de las personas. Con infancia, como yo. Con alguna manía, como yo. Otras personas.

Acabo de recordar que hace una año quería casarme.

Por otra parte, ya no es necesario que mande mensajes en código morse.

He despertado a Carl en cuanto me he enterado de la pérdida. He agradecido que sea mudo, para que no pudiera decirme tonterías como "ella se lo pierde", "ya conocerás a alguien", "tú eres maravillosa". Osa, osa. Otra persona. Carl se ha limitado a darme pañuelos de papel y ha encedido una hoguera mientras yo le daba patadas a un pobre tronco del bosque. Son las dos de la madrugada. Quién no se haya sentido alguna vez así, no es persona. Otra persona.

Esta mañana he estado nadando en la playa. La he nadado toda y luego he vuelto. ¿Cuánto mide la playa? ¿Un kilómetro? No me canso de nadar. Me canso de otras cosas, pero no de nadar. En la playa había otras personas. Todas esas personas.

Estaba inquieta. La luna llena siempre trae algo que estaba escondido. Lo saca a la luz días después. Sentía una tristeza pero no sabía de donde venía. Había recaído, incluso, en viejos malos hábitos. No se puede confesar la tristeza, la gente huye como de una enfermedad contagiosa. Menos Carl. Que es un valiente sin palabras. Nos volcamos con los males de los órganos vitales, pero no con los del alma. Es un sálvese quién pueda.

Vuelta a empezar. Carl me está mirando. Intenta hacerme reír. Me abraza torpemente. Temo que esto le afecte. Que esto descompense el equilibrio que habíamos encontrado en el bosque.

Tengo viajes pendientes a la ciudad. Es donde sigue la rueda de la vida. Los planes de presente, los planes de futuro. Todo eso que ahora parece una distracción absurda.

Carl se está quedando dormido. Tiene 21 años. Pobre chaval. Pobre persona.



Página doblada: lo indispensable




Lo indis-pensable


HAN PASADO ALGUNAS SEMANAS desde la última vez que hablé. Me he acostumbrado al silencio, en parte por Carl (luego hablo escribo sobre él, o mañana). He logrado reparar la avioneta gracias al curso How to Fix your Plane. Muy bueno, lo recomiendo al 100%. Vale la pena, en serio. Si alguna vez os halláis en la situación en la que yo estaba –estrellada y perdida– me escribís un e-mail y yo os doy el contacto. Así de simple.


Se encienden los motores de mi avioneta y puede volar. ¡Ya puedo irme a mi casa! Sin embargo, me siento tan a gusto en el bosque que me ha tocado, que he decidido quedarme a dormir en la cabina durante un tiempo. Aquí las noches son límpias, huelen a jazmín silvestre. Casi no echo de menos a nadie. En parte porque estoy trabajando mucho.

De vez en cuando bajo a la ciudad a conectarme  porque estoy colaborando en el proyecto Sherlock Holmes and The Internet of Things y necesito comunicarme con mis compañeros de equipo, los
221B - Baker Street Team. No nos conocíamos de nada hace tres semanas, pero ya tenemos un código común de bromas varias. Nos coordinamos muy bien, incluso viviendo en distintas granjas horarias. Con gallinas, vacas, minutos, horas, todo eso.

A Carl le conocí en el bosque un día que descubrí que había una playa cerca. Tiene 21 años. Es mudo y  un chico increíble. Lo dice todo sin palabras. Nos miramos y ya sabemos todo lo indis-pensable. Nadamos juntos hasta agotarnos. Sin connotación sexual. Su accidente fue haciendo parapente. Por las noches jugamos a poker apostando paraguayos, hojas de laurel y latas de atún. Es mi amigo y nos sobran las palabras. Pero en el fondo, ambos anhelamos tener un amor no unilateral. Queremos un amor de doble dirección. Yo te quiero a ti y tú me quieres a mí. Parece sencillo.


Me pica el cuerpo. Creo que tengo una alergia.