Arenas movedizas



















La desesperanza ha vuelto en la noche de Navidad. Es como aquellas arenas movedizas que salían en las series de los 80's. Cuanto más te resistías a hundirte, más te ahogabas. Sólo podías salvarte si alguien se la jugaba y te tendía una mano, o una cuerda. O si de pronto veías una raíz en la tierra a la que agarrarte.

De camino a casa, la luna estaba en todas partes. La línea continua del arcén en la carretera me hizo pensar en las personas que ya no están en mi vida. Ojalá sí, pero no. Se han ido por su propio pie.

He pensado, también, en el último baile de Noah y Alison. En la fuerza de las circunstancias.

Una noche más sin piscina. 

Otras navidades sin novia






Ayer soñé con un rosal precioso. Pero, al parecer, estaba lleno de termitas. Mi mayor miedo era que las termitas se fueran a las vigas de mi casa. Mi madre me decía que no, que se irían a mi cabeza. Mi madre, como siempre, alarmista. A todo esto, yo escribía una carta de amor.


Estos días, tal vez porque llega la Navidad, estoy recordando lo mal que me sentía el año pasado. Me despertaba entre cenizas. Hoy me he alegrado tanto de estar a salvo, que de camino a la playa he dado una vuelta en el aire. Y luego otra. Y luego otra más. En plan bailarina. El agua estaba helada. Ahora me duele todo el cuerpo. No sé si por el frío o por quedarme trabajando hasta tarde. He recuperado el placer por el estudio.

Por la tarde, una persona me ha declarado sus sentimientos. Como cuando íbamos al cole. Ha sido desconcertante. Una se despierta por la mañana y no piensa que alguien, de pronto, vaya a abrir una caja hermosa. Lamentablemente, no puedo corresponder. Una pena, la verdad, pero no puedo. Sólo un amor huracanado podría llevárselo todo. Yo, si no hay peligro de huracán, no me despeino. Me quedo en casa con mi guitarra, mis libros, mis novelas sin escribir, el neopreno.

En fin, otras navidades sin novia. Ya son las terceras. Aunque, en cierto modo, estuve en un invierno del otro hemisferio enamorada, tal vez podría contar como navidades. Recuerdo que el 25 de julio de aquel año esperaba que en cualquier momento apareciera un papa noel por la calle. Era todo tan navideño. Los barquillos, los abrigos, las bufandas, la nieve en la montaña. Nos hacemos una idea.

Viendo una película de Win Wenders en la que había una chimena inquietante, he recordado la última vez que le eché leña a un fuego, y no en sentido figurado. Nos discutimos. Ella decía que no sabía encenderla. Yo le decía que no, que se hacía así. Me jodió mucho. Drama absurdo. Creo que ahora no me enfadaría porque he madurado. Le daría un beso y dejaría que la encendiera a su manera.




















Nórdico



Hago la cama antes de irme a dormir. Es absurdo, pero me vale. El nórdico es más grande que la funda y sobresale por una lado. Me recuerda al intestino de mi madre cuando le hicieron la colostomía. Resultaba extraño ver lo de dentro afuera, doloroso. Un agujero en mi mamá. Un boquete en su abdomen. Ahora es tan solo una cicatriz. Cada noche pienso en sus tripas, que vuelven a estar dentro, y en mis sueños nórdicos y blancos derramándose.

Quiero que se llame Valerie.

Fantasías en el centro comercial



He recuperado una especie de gabardina gris oscura, en forma de capa. A veces la llevo con mi gorra verde y azul, la de la avioneta pintada con mis iniciales delante. Es lo más parecido a un tatuaje. 

De esa guisa sospechosa entré ayer en un "H&M" infernal y acaricié todas las braguitas que pude. Estuve buscando unas para ti. Pensaba enviártelas anónimamente dentro de un sobre marrón con una breve nota. Así, en plan psycho killer. Pero si se pierden mis cartas, dudo que te lleguen mis bragas. Imaginé que otra persona las deslizaría por tu piel hasta quitártelas, puede que la noche de fin de año, u otra cualquiera. Entonces, cambié de opinión y salí de esa especie de ensueño de encaje en el que me había sumergido.