Cuento de fin de año



He recordado cuando agitabas tu pelo mojado sobre mí y yo era como el césped del parque, bajo los aspersores, en la mañana, en la noche, irradiando aquel verde cromado e inoxidable. Te conocí el 30 de diciembre de cuando teníamos 11 años. Estabas tirando piedras mientras dos operarios sellaban un nicho con cemento. Me fijé en ti. Mis ojos puestos en ti, tras ver cómo sacaban un montón de huesos de la pared. 

Hasta entonces, Montjuïc había sido sinónimo de parque de atracciones, cestas balanceándose en la noria, coches eléctricos y un bocadillo de frankfurt en el bar con forma de ballena. En mi memoria, la ballena era grande, podía meterme dentro, en su estómago, y sentirme allí sana y salva, en aquel esófago de yeso. 

Aquel día, tu nombre por primera vez y también el cementerio. Era el entierro de mi tía. Decían que era alcohólica y yo no sabía qué significaba. Encontraron botellas escondidas por todas partes. Yo imaginaba alguna bajo mi cama. No sabía qué significaba. Aquellas botellas me parecían un secreto oscuro, algo escondido en la sombra del pasillo que iba de la cocina al recibidor. Yo me daba prisa, lo cruzaba nadando y corriendo, pero la verdad es que pocas veces tenía que ir hasta el final a por algo. 

En el aparcamiento, tu madre cuchicheaba con la mía. Encendiéndose un cigarrillo te dijo: juega con ella. Refiriéndose a mí. Lo adultos siempre hablaban en voz baja, como si nosotras no nos diéramos cuenta de nada, y se encendían cigarrillos. Me cogiste de la mano y me preguntaste ¿quieres jugar conmigo? Y tras la pregunta dejaste los ojos muy abiertos, sin parpadear, como hacen los animales. 

Te pregunté, ¿cómo te llamas? Eso tan importante, aquella supuesta identidad, nuestra única certeza. Aquel día improvisaste un juego. Vamos a saltar cada vez más lejos, como en Las Olimpiadas. Decías. Las Olimpiadas eran algo importante, una promesa. En el colegio hacíamos poemas, dibujos y canciones para Barcelona’92. Íbamos a ser alguien. Íbamos a triunfar de mayores. Todas las niñas y los niños tienen un futuro prometedor.

Te movías de un lado a otro, como esos caballos salvajes a los que les brilla el lomo y relinchan bajo el sol. Yo necesitaba a alguien que me dejara saltar muy lejos, que me animara a romperme la cabeza. Mi madre me prohibía constantemente todo lo que suponía un peligro para mí. Lo pasé tan bien contigo aquel día en el cementerio, que podría decirse que fue uno de esos acontecimientos importantes que marcan la infancia, como un cambio de colegio, un primer día de vacaciones y una pelea en el patio. Un día desde el que se empiezan a contar otros días. Aquella mañana acabé con las rodillas ensangrentadas y los ojos brillantes, llenos de vida, vida entre aquellos muertos.

Al marcharnos, nos dijimos adiós por la ventanilla del coche durante mucho tiempo. En la carretera recta, en las curvas y en los semáforos. El coche de tu madre, un Renault 11 gris, iba delante del nuestro, un Citröen GS marrón. Tú ibas moviéndote por los asientos de atrás como un ratón atrapado, para buscar el ángulo adecuado, un ángulo desde el que poder verme mientras agitabas la mano.




Volví a jugar contigo muchas veces más. Tú vivías en Barcinova, la urbanización con piscina en pleno barrio obrero de Verdún; muy kitsch, muy de finales de los 80’s, erais de la élite dentro de la plebe. Todo esto para decir que en tu casa, y a tu lado, siempre era verano, incluso en enero y en febrero, también en marzo. En mayo y junio lo era más, y llegaba el día de ponerse manga corta. 

Mi abuela vivía muy cerca de ti y me dejaban ir sola a verte. Yo llegaba a la entrada majestuosa de Barcinova. Saludaba al portero y le decía tu nombre. Tu nombre con apellidos. Entonces, él abría la verja. Yo avanzaba por el camino de baldosas de piedra pisando únicamente las de color más claro y silbaba sin que se notara, porque ese era mi don: colocaba la lengua plana, la atrapaba con los molares y el aire se deslizaba entre mis dientes;  mi técnica hacía que pareciera que, sencillamente, estaba sonriendo. Me sentía orgullosa de mi poder.  Admiraba, también, la potencia de tus silbidos, nítidos y metálicos; formabas una media luna con el pulgar y el índice y la mordías, fruncías el ceño y soplabas bien fuerte. El truco estaba en poner bien la lengua. 

De las cosas peligrosas que hacía contigo, no contaba nada en casa. Ni palabra de bajar la cuesta de la urbanización en bici sin tocar ni una vez el freno, bajarla en skate, hacer la voltereta en el aire y caernos de espaldas sobre el césped –con el riesgo de desnucarnos para siempre, o eso me hubiera dicho mi madre– y algunas otras cosas más que no recuerdo.


En la piscina jugábamos a poner bombas subacuáticas. Tú las colocabas en las pequeñas compuertas de plástico de la depuradora y yo las programaba con un temporizador. 1, 2, 3, cogíamos aire. Nos sumergíamos. Nos mirábamos bajo el agua y hacíamos el gesto de OK con los dedos –te lo había enseñado un niño mayor. Luego nadábamos muy rápido, para alejarnos de la onda expansiva antes de que estallaran.  Luego nos tumbábamos al sol. Luego me invitabas a tu casa y escuchábamos música en tu cama. Luego me hacías un batido con plátano y fresas. Luego regábamos las plantas. Luego me enseñabas a pasar entre los barrotes de la verja del parque. Luego jugábamos a ping pong.

Cuando cumplí 13 años,  descubrí la palabra follar y te la enseñé. No salía en el diccionario pero yo la había escuchado en el colegio.

Tuvimos una época en la que estábamos muy interesadas en todo lo relacionado con follar. O todo lo que para nosotras podía significar follar. Un niño mayor, el mismo que te enseñó a hacer el "OK" con los dedos bajo el agua tiempo atrás, te dio un tebeo en el que los personajes follaban en todas las viñetas. Tu me cogías las piernas, me las abrías y apoyabas tu peso sobre mí. Al principio lo hacíamos vestidas. Luego, en bragas. Un día nos las quitamos y descubrimos que era muchísimo mejor. Yo te veía, casi siempre, a contraluz, y me parecía bonito tu pelo y las líneas de tu cara. 

Con el tiempo, fuimos innovando en posturas, porque aquel tebeo era bastante largo y daba para mucho. Nos poníamos a cuatro patas, nos agarrábamos del pelo, nos tápabamos la boca, nos mordíamos el cuello, nos dábamos azotes en el culo. Era nuestro manual de follar. A ti te gustaba meterme los dedos y a mí me encantaba tenerlos dentro. Eso te lo inventaste tú, porque no salía en el tebeo. Tus dedos eran flexibles, calientes y fuertes. Cuando tu madre nos dejaba solas en casa, aprovechábamos para extender nuestras prácticas a otros espacios que no eran la cama, y follábamos encima de la mesa del comedor o de pie, apoyadas en la nevera o el sofá. En una de las viñetas salía un tío comiéndole el coño a una tía. Mi lengua pasaba por todos aquellos recovecos ocultos y la intensidad de tus oh cambiaba a medida que iba desvelándolos. Cuando empezabas a temblar y a sacudirte, yo observaba tus espasmos con curiosidad. También nos aprendimos algunos de los diálogos o palabras sueltas, como joder, hostia, ¿te gusta así, zorra? Después, nos quedábamos dormidas, abrazadas en tu cama, dentro de Barcinova, dentro del mapa. 

Una noche, en el banco que había junto a las mesas de ping pong, probamos lo de besarnos, y sucedió mucho después que lo de follar. Fue húmedo y lento, perdí de vista lo que había a mi alrededor, una ensoñación. Ensoñada, encoñada, sentí que te quería. Luego dijiste, vamos a ver la piscina iluminada. Nos quedamos un buen rato contemplándola en silencio, de la misma forma que, bastantes años después, y  sin ti, contemplé una luz en Detroit.




Inventario

Mientras esperaba a que pasaran a buscarme en coche, solía fumarme un cigarrillo bajo una farola. Era algo repugnante entrar luego con el olor a humo dentro de aquel espacio cerrado, pero lo hacíamos. Durante aquellos momentos muertos, de espera, me recreaba pensando en mi novia. Tenía unos ojos tan bonitos, verdes, azules, amarillos, que por muy mal que me fuera la vida, mirándolos siempre estaría a salvo. Había encontrado una fuente de belleza inagotable. No me importaba no acabar ninguna de mis novelas. No me importaba no haber viajado a Estados Unidos o al Sudeste Asiático. No me importaba tener un trabajo con un horario lamentable. Mi novia me despedía todas las noches con un polvazo. La vida estaba llena de obstáculos pero yo tenía una pértiga verde, azul, amarilla, para sortearlos.


Lo de “inventario” sonaba a colección de cosas imaginadas.


–Me van a pagar por inventar cosas por las noches.
–¿Y qué es lo primero que vas a inventar?
–Un lugar en el que haya agua azul para nadar. Algo así como un lago artificial. Tendrá escaleras a ambos lados para poder bajar al agua. La base hará pendiente y cada vez será más honda. Pondré unas plataformas elevadas para poder saltar desde ellas al agua. Se llamará “piscina”.


Falsifiqué mi curriculum. No es tan fácil conseguir un trabajo rápido teniendo dos carreras. Es como empezar a salir con alguien, cuanto menos preparada para tener una relación estés, mejor, nadie siente presión, nadie se estresa, nadie tiene miedo al compromiso, nadie dice cosas raras por Whatssap. Me quité una de las carreras (me dejé la más fácil). El inglés no, el inglés lo dejé por orgullo. Además, iba a ser útil para leer las etiquetas. Eso es lo que le dije al de RRHH y puso cara de “lo que tú digas”.


En el coche siempre íbamos cuatro. Nos turnábamos semanalmente para conducir. A mí me tocaba la tercera semana del mes. El trabajo empezaba a las 24:00 y acababa a las 6:00 de la mañana.


Descripción del puesto:


Auxiliar de inventario: Efectuar el conteo de artículos de la categoría asignada, verificando el resultado y determinando las causas que dan origen a las diferencias a fin que sean corregidas.


El primer día fui muy amable con todos. Quería que me aceptaran en su grupo de inventaristas consolidado. ¡A saber la de cosas que habían inventado ya! Puede que las más útiles, las más usadas, las que guardamos en los armarios de la cocina, por ejemplo. Los platos, los vasos, la cubitera, los cubiertos...


Una de mis compañeras se llamaba Merche y era muy mal hablada. Llevaba los ojos pintados con sombra azul y solía calzar zapatillas de deporte. Era la más veterana y, en cierto modo, la que mandaba. Seguro que fue ella la que inventó la cubitera o el escurridor o el minipimer. Casi siempre hablaba del imbécil de su ex-marido, de todos sus defectos y de cómo se habían conocido. El salto entre ambos temas era sin preparación:


Ricardo era un condenado hijo de puta, se tiraba a todas las zorras que menearan el culo a su alrededor, cuando nos conocimos, ¿sabéis lo que me dijo? –los demás no hacía falta que contestáramos– me dijo “tú y yo tenemos más de un delito que cometer, guapa”. Ricardo era así, un poco cantautor...

Ni que lo digas.


Luego estaba Pablo, un chico de veinte años, estudiante de filosofía. Era super guapo, pero ese tipo de belleza que pasa inadvertida porque el portador no tiene ni idea de que la posee. Contemplando su cara, sólo veías perfección, tanta que apenas podías desearla ni sentir emociones. Era una belleza muy alprazolam, lorazepam, diazepam.


No tengo ganas de seguir hablando sobre mis compañeros, tal vez un poco más tarde.


Lo peor de aquel trabajo era que nunca sabíamos dónde íbamos a ir y vivíamos en la incertidumbre. Tanto podía tocarnos en un supermercado de Granollers, como en uno de Figueres, como en uno de Gavà (yo, al principio, no sabía donde estaba Gavà, ¿quién lo sabe verdaderamente?) Conocíamos nuestro destino el mismo día a las 18:00 de la tarde. Nos mandaban un mensaje de texto. Lo único seguro era que si el supermerado estaba hacia el norte, quedábamos con el coche en la parada de metro de Sagrera, y si estaba hacia al sur, nos reuníamos en la parada de Diagonal.


A mí me tocaba hacer inventario de las pastas, arroces, legumbres, aceitunas, salsas, conservas en lata y alimentos para el desayuno. Contábamos uno a uno los productos de la estantería e introducíamos el número en el ordenador. Durante las primeras semanas, como casi todas las inventaristas novatas, me dediqué a pensar en si me atrevía a robar algo o no. Era muy tentador y muy fácil. Simplemente, se trataba de ignorar la unidad robada. Marco, que era un italiano que iba de encargado, y que conducía fatal, por cierto, siempre pisaba la línea. Purm purm purm... Nos recordaba que ni se nos pasara por la mente robar, que los de arriba, y señalaba hacia el techo, se enterarían tarde o temprano.

Los pasillos no estaban iluminados como lo están por la mañana. Todo aquello, lo del inventario, ocurría a media luz. Los supermercados sólo aparecen con esa iluminación dentro de los sueños.


Lo mejor de aquel trabajo eran los amaneceres. Salíamos del supermercado rendidas, como si nos hubiéramos pasado la noche bebiendo, bailando y sin parar de reír. Y el sol estaba allí, siempre a punto, en la era más silenciosa del día. Únicamente existíamos mis compañeras y yo, volviendo en coche a casa, observando por la ventanilla aquel mundo por estrenar.

A los dos meses, cuando yo ya había inventado el abridor de latas, las persianas enrollables y un par de cosillas más, mi novia me abandonó. Me dijo que había conocido a Alguien. Siempre acaba apareciendo Alguien. Alguien vive en todas las ciudades del mundo, incluso, en los pueblos. Cuando te cruces con Alguien, sabrás quien es.



Una noche, durante el descanso, salí con Lucía a fumar. Lucía era una enfermera mexicana que llevaba siempre un termo de dos litros de café. Fuera hacía frío y viento. Estábamos en el Alt Empordà. Fumábamos dentro del almacén, con la puerta abierta. Yo estaba muy triste, apenas podía dormir, siempre me descontaba en las pastas y acababa inventándome un número. Ciento veinticinco. O setenta y cuatro. O cuarenta y tres. Me aferraba a esas cantidades. Mi vida era patética.


De repente, vimos un bulto entre las sombras.


–¿Has visto eso? ¿Es un gato?



Lucía se marchó. Yo me quedé un rato más. Sentía curiosidad y me acerqué para ver si era un perro, un gato, una rata gigante, o qué coño era.

Vi a una persona agazapada tras unas cajas. Oye tú… salió corriendo. Perseguí la silueta oscura por los pasillos del almacén. No tenía nada que perder. Ni nada que ganar. No sé por qué salí a perseguirla. Supongo que algunos actos de la vida no significan nada en concreto. Parecía una persecución de película. Yo era la detective, la sargento Stella Gibson, por ejemplo, corriendo sin pistola (porque es británica). Me metí tanto en el personaje, que por un momento olvidé que aquella caza a la sombra tenía algún objetivo. Subimos escaleras, las bajamos, pasamos bajo unos hierros, nos incorporamos de nuevo, esquivamos cajas, un cubo con una fregona, una escoba...

Finalmente, la sombra abrió una puerta, una luz nos cegó en la oscuridad. Fuimos hacia ella como polillas.


Nos metimos dentro. Un lugar cerrado, sin escapatoria alguna. Habíamos llegado al final del almacén, a la raya del horizonte, a la cornisa y al precipicio.


Estaba agotada, me senté en el suelo. Mis fosas nasales se abrieron con el frío.


El bulto y yo estábamos lo bastante cerca como para vernos bajo la gélida luz de la cámara frigorífica. Me miró. Llevaba unos guantes negros y una sudadera con capucha. Era una adolescente. Pegó una patada contra la pared con sus botas.
–Mierda, nos hemos quedado encerradas. ¿Eres gilipollas?! ¿No te has dado cuenta de dónde nos metíamos?


–Únicamente te seguía. Confiaba plenamente en ti.


Entonces, saqué mi pértiga azul, verde y amarilla. Le indiqué que nos fuéramos al final de la cámara. Abracé a la adolescente, la cargué en mi hombro y empecé a correr. Me impulsé con la pértiga tan alto, que el techo dejó de existir. A nuestro alrededor, ya sólo había universo. Universo en general.

Nos cruzamos con una pequeña nave espacial. En su interior, estaba Major Tom. Le leímos los labios: “I 'm still alive... motherfuckers”.

La adolescente y yo nos miramos. Ella no sabía de que iba. 



Convertir

Mediodía en la piscina. Para nadar no necesito a nadie, por eso me gusta. Bajo el agua te vuelves un poco invisible. El agua no es mundo, es otra cosa. No pueden verme ni tampoco no verme. En el agua soy quien me da la gana. ¿y si pudiera convertirlo todo en una piscina?

Culos inalcanzables


He ido a la única panadería que estaba abierta. La dependienta tenía muchas ganas de hablar y me ha preguntado cosas. Me ha cortado el pan y una compañera, la encargada, le ha dicho que así no se guardaba en la bolsa, pero con mala hostia. Me ha dado rabia. Me ha parecido que la dejaba en evidencia. La dependienta ponía cara de "ya está otra vez la gilipollas de mi encargada dándome lecciones de cómo se guarda el pan". La hemos odiado tanto, que el amor no era más que un mero recuerdo de infancia.

He cruzado la calle por donde no se tiene que cruzar, y me he acordado de tal persona. Ha sido uno de esos homenajes que llevo a cabo durante el día, en secreto y sin que nadie se dé cuenta, como preguntar en los bares que de qué marca es la cerveza de barril. Nadie sospecha que se trata de una ofrenda, una especie de canción dedicada.

Por la tarde, Croqueta ha estado jugando con el perro de mi amiga. Le hemos enseñado a oler el culo a los perritos antes de jugar con ellos. Es importante. Lo que pasa es que es tan pequeña, que todos los culos son para ella inalcanzables. 







Vida en el parque

vida en el parque
Ayer estuve comiendo en el parque con A. Parecíamos Le Déjeuner sur l'herbe (de Monet, aunque Manet inició el tema), pero con tupper de jamón y queso.

Durante un instante de la cena de nochebuena, me he sentido fuera de lugar, como uno de esos personajes protagonizados por Bill Murray. Y me he empezado a rayar.

Felices en el parque

Desayunando, he derramado el café. Mantengo  la calma cuando derramo cosas. Nunca me quejo. Simplemente pienso: se ha derramado. Ahora lo limpio y todo volverá a ser como antes. También me acuerdo de P diciendo "¡Tíralo todo!" y me hace gracia.

Me he hecho un bocadillo, he metido a la perrilla en la mochila y nos hemos ido al parque de la Ciutadella, ella y yo. Era su primer día en el parque. Su primer día en bici. Su primer día con arnés y correa. Y su primer día con 4 meses.

Un chico que iba detrás de nosotras nos estaba haciendo fotos. Creo que perri está muy divertida en la mochila. En un semáforo me ha dicho que si quería, me las mandaba. Le he dicho que vale. Le he dado mi mail.

En el parque todo era explosión de sol y de alegría. He extendido el pareo de playa sobre el césped y me he bebido una cerveza con el bocata de atún. No podía creerme estar tan contenta. La perri ha conocido a un perrete italiano y yo a su dueña, que era muy guapa y estaba encantadísima con la perri, y yo todo el rato jiji, jeje, jaja, jojo...


bici también estaba muy bonita esta mañana

Hemos sido verdaderamente felices.








El niño perdido y el extraño



La mañana ha empezado con un niño de 10 años perdido en el metro, al que una mujer y yo hemos consolado porque estaba muy asustado. Iba con su padre a Plaza España. Estaba en la amarilla. La mujer ha hecho transbordo y se lo ha llevado hasta Plaza España con ella, aunque no sé si allí se habrán encontrado con su padre. Me parecía un poco misión imposible, pero bueno, he reservado mi pesimismo para mí y no para otros. Me hubiera gustado saber el final de la historia. He presenciado el conflicto, pero no el desenlace.

En el trabajo he tenido mucho follón, pero me encanta porque me distrae la mente. Voy a echarlo de menos, esta es mi última semana. He recordado lo contenta que estaba cuando empecé allí el año pasado. Me gustaba el lugar, la gente, la tranquilidad. Y que se estaba calentito. Cualquiera diría.

Mi peluquero me gusta porque no habla, no me pregunta por mi vida, sólo por mi pelo. Vamos a hacer esto y lo otro... La última vez querías que se te rizara más... Te voy a dejar las puntas blablabla... Pero hoy nos hemos saltado esa regla y hemos hablado de nuestra infancia, también le he contado que estaba un poco triste (nos hemos saltado muchas reglas, es que decolorar y teñir da para rato). Creo que me gusta porque es frío.  Aunque  tiene gestos bonitos, contados, eso sí, pero  sinceros. A veces me imagino en su casa, con él. Esto no se lo digas nadie. Me imagino una cocina, sin demasiado detalle, pero muy luminosa. Imagino que nos abrazamos. Cada una imagina lo que quiere mientras le cortan el pelo. Pero no como amigos, ni como amantes, ni como novios, ni como hermanos. Nos abrazamos como extraños. 

La casa

Acaba de saltar la alarma de un coche. Se para y salta, se para y salta. ¿Alguien le hace caso a las alarmas? (que no son de móvil).

Tengo en mi mente la imagen de una casa de madera, sin acabar de construir, con tablones apoyados en la puerta y herramientas por todas partes. Palanganas para las goteras. Es una casa que llevo construyendo desde hace 4 años, pero por una cosa o por otra, cuando la tengo casi lista, se cae media casa con alguna sacudida, porque no logro asentarla. Voy  a tener que protegerla cuando la tenga de nuevo en pie. Si consigo que aguante un año entero, agarrarán las raíces.

Estoy eliminando un montón de suscripciones; estoy harta de recibir mails informándome de las novedades. Me duelen las novedades, los eventos y las ofertas. Las cosas que me duelen son muy curiosas y particulares. Suele ser todo aquello que me recuerda a cosas triviales o agradables.

Una amiga me ha hablado de un retiro de diez días para meditar, sin hablar con nadie, ni tener contacto, ni internet ni nada de nada. No puedes tener sexo (ni contigo ni con nadie), tampoco intoxicarte con nada, tampoco puedes hacer ejercicio... Hay lista de espera hasta mayo. Yo no sé si en mayo me va a apetecer, es como el tema este de comprarse la entrada para un concierto en junio. Yo qué coño sé lo que va a pasar en junio. Yo quiero saber lo que va a pasar mañana. No en mayo, no en junio.

El tema música no lo llevo bien, me sacude demasiado. Excepto la que he escuchado en directo últimamente, en casa no me pongo nada y en el trabajo, tampoco. Pero la semana pasada, en un oasis de "alegría" estuve tocando, y grabé una versión con el ukelele de una canción de un grupo de Pamplona que se llaman Kokoshca y que me encanta.  La original (que mola muchísimo) y a continuación, mi versión (es un poco lo-fi ukelele, pero me gusta...):




Hoy he vuelto a despertarme a las 3:40 y ya no he podido dormir, parece que va a ser una norma o algo así. ¿Por qué no estoy cansada? ¿Tengo un super poder maléfico?













Mierda de pato

Mientras me preparaba el desayuno, Perri ha encontrado una enorme hoja seca en la terraza. Se la ha llevado en la boca hasta su campamento. La hoja abultaba tres cuartas partes de ella; por el pasillo parecía una perra arrastrada por una hoja, y no al revés.

He comido lo mismo que cené: dos bikinis ("mixtos" en madrid). Los he disfrutado, como si fueran un paella (o algo así), en junio, cuando empieza el calor, un poco de borrachera, con una churri con la que follar luego durante la siesta... Pero ha habido un momento en el que el pobre sandwich se ha sentido abrumado por tener que sostener toda esa fantasía, y ha dicho basta, se ha desmoronado. El queso fundido en mi boca y el jamón. Mastica, mastica, mastica... traga, traga, traga. Bebe.

Después de acabarme los bikinis mixtos, mi compañera de piso ha gritado: me voy a dar una vuelta. Ha optado por el movimiento. "El movimiento es vida", decía Brad Pitt, con acento español, en aquella peli de zombies.

Yo no sabía qué hacer. No se me ocurría nada en ese momento. Ahora se me ocurren muchas cosas para ese momento: desde ir a un museo, a ir con perri a dar un paseo, a irme a tomar un cafe, a llamar a esa chica a la que le gusto y que ignoro. Nada de esto se me ha ocurrido. Finalmente, se me ha ocurrido fumar marihuana. He entrado en una espiral de preocupación. Y el boquete ha ido creciendo y creciendo. He podido meter el puño entero, un fist fucking existencial.

He sobrevivido.

He acabado viendo una adaptación en peli de Un cuento de Navidad, de Dickens. Una adaptación británica, elegante, con esa iluminación tan teatral y esos tres espíritus del pasado, presente y futuro, tan retro...

He vuelto a sobrevivir.

jeje




Montaña de ropa sucia

El viernes me costó mucho salir de la cama. No tenía que ir a trabajar. Sentía apatía generalizada. Empecé a pensar en qué me gustaría hacer, pero no se me ocurría nada. Mi madre dejó un mensaje en el contestador.  Lo escuché desde la almohada, que se ha convertido en un lugar, como si se pudiera localizar en google maps o se pudiera puntuar en yelp. Mi almohada.

Finalmente, salí a comprarme comida. Últimamente, me apetecen mucho las mandarinas y los caquis. Las mandarinas son mi infancia, los caquis son un momento dulce, son amor en forma de pelota desinflada.

El resto del día fue más o menos igual, pero en el sofá. Lo único de provecho que hice fue escribir un relato.  Me sentí bien. Me sentí orgullosa de la historia, pero no del final. Al final, un extraño y yo (ay no, yo no, la narradora en primera persona) nos quedamos atrapados en una cámara frigorífica.

Hoy ha sido un calco de ayer, con una diferencia: he hecho una lavadora inmensa de ropa oscura, mañana haré la de colores varios. No sé cómo he llegado a acumular toda esa cantidad. La perri se vuelve loca saltando por encima de la montaña de ropa sucia. Se lo pasa pipa y de vez en cuando sale corriendo con algún calcetín en la boca; juego a que me enfado y la persigo. Hoy ha salido "de la montaña" corriendo con unas bragas encima de la cabeza. Ella es muy feliz. Me alegra los ratos.  También he comido con J. y me he tomado dos vermuts en un bar normal, ni moderni ni nada. Bar Iván. No he sido la alegría de la huerta pero me he comportado. Poblenou es tan inhóspito cuando estás así. Es perfecto, porque de otro modo sería estridente, como un acorde mal hecho.

Mañana será un día mejor. Risas. Me queda fatal este optimismo impostado.





El Vaquilla



Viendo vídeos de la Barcelona de los 80's, me he dado cuenta que de pequeña estaba enamorada del Vaquilla. No ha sido recordarlo, ha sido darse cuenta. Al ver su cuerpo contra el suelo y la expresión de su cara, me he dado cuenta. Lo asociaba a un compañero de clase que se llamaba Antonio Amaya. También estaba enamorada de Antonio Amaya. Pero no era un amor de dibujar corazones ni de querer darle un beso; yo lo que quería era estar cerca de él. Antonio y yo no éramos amigos, pero durante un tiempo la señorita lo sentó conmigo. La señorita Pilar. Yo era una niña muy buena, sacaba siempre la mejor nota de la clase, pero no era sabionda ni repelente. Antonio hacía muy mala letra. Me gustaba por eso. Yo empecé a hacer mala letra a propósito. Hablaba mucho. También me gustaba por eso. Yo empecé a hablar mucho con él y la señorita me regañaba un poco... A la hora del comedor me enseñaba a jugar a fútbol. Yo decía, "yo soy Schuster". 

Tal vez no me quiera enamorar nunca más. Es un pensamiento que se me pasa por la mente. Tal vez quiera quedarme así, protegida, como bajo las sábanas, como sobre la almohada. Tal vez quiera pedir permiso para abrazar algún día, "¿puedo?". El mundo me parece un lugar incomprensible, tan solo finjo que estoy en él.



¿martes? No es posible

Le he preguntado al frutero, ¿qué día es hoy? Y me ha dicho que martes. ¿Cómo puede ser? Yome siento como si fuera jueves. He tenido mucho trabajo, pero prefiero que sea así, llenar las horas es mi objetivo. Llenarlas con lo que sea, con líquido de fresa, con polyester o con cemento.

Estoy harta de mis vecinos. De sus gritos, su música, sus peleas, sus idas y venidas de madrugada, harta de las visitas que reciben y que llaman -siempre- a mi timbre, por error. Lo que más me sorprende es la brevedad de los invitados en cuestión. 5 minutos, si llega. Hoy he visto a una tía en el portal que justo estaba a punto de llamar a mi timbre y...

hostia me duermo

Vuelta

Al volver, el tren iba lleno de gente con mochilas, perros grandes, bicicletas... Tenía pinta de que la mitad volvía de pasar unos días en la Naturaleza. Caras bronceadas, gente dormida, cansada, agotada. Familias felices con hijos en instagram. Dos vigilantes de seguridad. Unos hombres se han pasado todo el trayecto hablando de calles de Barcelona y de cómo ir más rápido a los sitios por tal avenida y no por otra... no he entendido muy bien cómo se puede tener una conversación sobre eso y que dure tanto tiempo, ¿serían taxistas? También un grupo de señoras, muy bien vestidas, según la norma imperante, peinado de peluquería, tacones, maquillaje, abrigos impolutos, pendientes de perlas. Mucha incomodidad, todo eso puesto encima. Hablaban de los nietos, de las celebraciones, de pasteles de cumpleaños. Iban a algún lugar, yo me preguntaba a qué lugar. A qué lugar se va un domingo a las seis en un tren. Yo volvía a mi casa. 

No comprendía nada. Ajena a todo el pasaje. Una especie de revancha interna. Y una tristeza, también, por no sentirme "dentro". Una tristeza llena de rabia.




(La foto de esta mañana)




Tren (en directo)

Hemos perdido el tren por cinco minutos. No pasa otro hasta dentro de casi media hora. La estación de Catalunya me trae recuerdos de otras vidas. Nunca me ha gustado demasiado, excepto de adolescente, cuando todos los pequeños detalles podían ser una road movie.  Ver las cosas de ese modo, como si no importase el resultado ni tampoco su significado. Croqui se ha dormido en la mochila. Ya veo nuestro tren en la pantalla, pero todavía queda un rato.

Observo a la gente, escribo una frase, pienso en hacer un viaje. Me falta dinero.

Ayer, después del café en la plaza, el 0,8 de melancolía y demás, llegué a casa y decidí ir a comprar para hacer paella. Me hice una paella para mí sola. C no quiso porque se acababa de despertar. Vamos por libre y me gusta. Me ha sobrado un tupper.

7 minutos para el tren. Se me ha pasado rápido.

Hoy he soñado con g-
íbamos a clase juntas, éramos más jóvenes. Siempre que sueño con ella es una etapa distinta a la actual. Ya estamos en el tren. La perri levanta las orejas cuando se cierran las puertas. El tren acaba de salir del túnel, justo en Torre del Baró, ese nombre tan elegante para un barrio tirando a cutrele. En el sueño, g- estaba comiendo en una mesa y yo en otra. Era el comedor de una universidad o de un instituto. Las mesas eran largas, llenas de gente. g- me hacía gestos divertidos con la cara. Me sacaba la lengua, torcía los ojos hacia el centro, o sencillamente, sonreía. Ahora ya vamos pasamos por encima de la autopista. Es genial ver los coches. Acabo de hacerle una foto a un edificio completamente cuadrado, lleno de ventanas perfectamente distribuidas en filas iguales y una línea de extractores de aire acondicionado en el terrado. Luego, yo me levantaba y le cogía la cara a g- y le daba muchos besos, como cuando quieres mucho a un perro, o a un niño o a algo inocente. Ahora pasamos por una zona con muchas cañas y matorrales. ¿Cañizares se llama eso? No sé, esas cañas secas que hay en los márgenes de la vía.

Seguimos en el tren.



Café (en directo)

He ido al Festivalet pero había tanta cola que me he ido. Estoy tomando un café al sol en la
plaza de la Mercè, y anotando algunas ideas para el último capítulo de mi novela, ojalá llegue a escribirlo. Acaban de sonar las campanadas de las 12. Les he mandado un mensaje a mis antiguos alumnos de español.
0.8 de melancolía. Habíamos quedado que no. Bueno, sólo un poco al día.

La veterinaria de la perri




Qué guapa es la veterinaria de la perri. ¿No he hablado de la veterinaria? Qué fallo. 
Tan cariñosa y atenta. Tan delicada, con su uniforme azul, sus manos desinfectadas, sus ojos claros, sus labios dulces como una mandarina en invierno. La perri, hoy movía la cola mientras le metía el termómetro por el culo. Y ella se reía, "¡qué contenta se pone!", decía. Y yo pensaba, ¡sí, yo también lo estaría! 

Y juega con ella sobre la mesa fría y metálica, también y tan bien desinfectada. "Le vamos a dar jarabe... verás que uno es color claro y el otro rojo... te voy a dar dos jeringuillas... 0. 8 miligramos... hasta aquí, ¿ves?"

Sí. 

–¿Y también operas?
–Sí, claro que opero. 
–Oooh.

Un mundo de fantasía y unicornios a su alrededor.






Momentos al sol




Ropa bajo el sol, perra bajo el sol, plantas bajo el sol, lecturas bajo el sol. 

Nos hemos pasado la mañana bajo el sol y ha sido muy agradable. He hecho una revisión médica a las plantas, he tirado las que eran irrecuperables (dos, que estaban completamente secas, una de ellas la tenía desde hacía 4 años, pero ya no había manera de que reviviera -lo siento) y he hecho algunos transplantes.

La foto del momento, la instantánea, me ha recordado al retrato de los Arnolfini de Jan Van Eyck. Aunque no tiene nada que ver. Esa pintura estaba llena de símbolos (siempre salía en los exámenes) y creo que, en cierto modo, esta fotografía, también. Las plantas simbolizan vida, naturaleza que se renueva; la ropa limpia secándose al sol, también tiene algo de eso, algo que se recupera, que se purifica; y la Perri  puede simbolizar amor  y crecimiento.

He estado cenando en casa de G y al volver me he quedado helada. Hacía mucho frío. Pero ha sido reconciliador estar sola por las calles. O casi sola. Bajando por el Paseo de San Juan, se  me ha empezado a congelar la cara. Por la Diagonal, las piernas. Cuando he llegado a Marina, ya no sentía mi ser. Me he acordado de aquello que decía mi compañera de piso de época de estudiante,  "el frío es psicológico". Pasamos bastante frío en aquella etapa y nos consolábamos con esa frase, la humedad del río se nos metía por dentro. Sin embargo, éramos felices bebiendo calimocho. Barato y sencillo.

G me ha dado una charla positiva y me ha dicho que ahora tengo todas las oportunidades por delante. Que es fantástica mi situación y que seguro que encontraré un montón de inicios.

Supongo que es como si tuviera el contador a cero.



Grietas



Finalmente, ayer fui al concierto de Roosevelt. Me gustó el equilibrio entre lo electrónico y lo analógico en directo. La batería y el bajo le daban calidez. Sonaron bien pero la voz, para mi gusto, demasiado seca, aunque creo que es porque estábamos en segunda fila. Puede que más atrás se apreciara mejor toda la mezcla.

Perdí el autobús y fui en metro. No es relevante. Cuando llegué,  G. y E. estaban comiendo patatas bravas (que no eran tales) en el bar de al lado. Tampoco es relevante. G. dijo que en realidad esas patatas las hacen en la plancha de las hamburguesas y por ese saben así. Es relevante. E. nos preguntó si queríamos éxtasis. A mi me sonó a Chimo Bayo. Yo quería una caña pequeña y no hubo manera porque eran todas tamaño grande, G. no quería tener la cerveza en la mano durante el concierto... Ya tenemos cosas de señoras mayores.

En el concierto estuve pensando en la música como concepto, creo que es lo mejor que ha creado el ser humano, con diferencia. Es una de las realidades más misteriosas que existen. La música no se ve, la música de dónde viene, ¿la música qué es?

Al acostarme, recordé los versos de Lorca que se colaron  por la tarde, por unas de esas grietas:

La noche no quiere venir
para que tú no vengas
ni yo pueda ir. 




Adaptándome a los cambios


Edward Sharpe and the Magnetic Zeros - Better Days [video] from Edward Sharpe on Vimeo.

Esta mañana he ido a trabajar, no recordaba que tenía puente. Pero no me ha importado porque me gusta la rutina de despertarme, ducharme, vestirme y desayunar. Coger el metro, ver a la gente con sus caras serias y sus fondos horteras de pantalla en el móvil  y tomarme otro café para despertarme por segunda vez.

Al llegar y ver poca actividad (nula)  me he dado cuenta de que tenía fiesta. He bajado a la biblioteca y he buscado libros interesantes, los que me apetecían, sobre psicología, sociología, antropología, todo lo que acaba en -ía. Y me he pasado toda la mañana leyendo y tomando apuntes (con bolígrafo y papel). Cuando estudiaba Historia del Arte siempre quería leer los libros que no estaban en la bibliografía recomendada, pero no podía porque tenía que estudiar para los exámenes. Así que hoy he podido hacer justo aquello que entonces anhelaba: ser libre en la biblioteca y empaparme de lo que quisiera. Las bibliotecas son como Google pero todavía mejor, porque tocas los libros y encuentras todos los textos enteros. Y en vez de robots.txt estás tú dando vueltas buscando las referencias.

Cuando he llegado a casa, me he puesto a bailar en la terraza con la perra. Me encanta que seamos ella y yo dando vueltas bajo el sol. Ella y yo en el universo. Y todos lo demás, luego. Tengo un montón de planes para cuando ya pueda pisar la calle.

Por la tarde, ha llegado C., mi compañera de piso, y me ha dicho que tenía un regalo para mí. Eran unos guantes negros para ir en bici. Joder, pues me ha hecho ilusión porque se me congelaban las manos. Luego los he estrenado yendo a correos y a comprar cerveza.

Cuando he vuelto, C. estaba llorando en su habitación. Ya veo que me ha salido una dura competidora en este tema. Al principio, pensaba que estaba cantando, pero luego me he dado cuenta de que no, de que era llanto. Está en una etapa complicada, de mucha presión, tiene que entregar la tesis en enero.

Me gusta convivir con alguien. Hay temas que los llevo mejor que cuando vivía sola, como por ejemplo los platos. Ahora los friego siempre y recojo todas mis mierdas. Y también llevo mejor los días tristes, porque siento que debo contenerme y que no puedo desparramar mi melancolía por toda las casa, como una gelatina viscosa  llena de ojos.

Esta noche hemos visto una película juntas mientras cenábamos y ha sido bonito. Creo que todo lo que necesito es calor a mi alrededor, sólo de vez en cuando. Con la ventaja de que tengo un super territorio para mí sola, mi mundo en mi habitación, para cuando quiero recuperar mi isla.


...

como a un perro callejero
que te llevas a casa
para que se acurruque
en la manta
para remotamente recordarle
a su madre perra
mientras te muerde el pelo
remotamente amamantarlo
dormirlo sobre el pecho
en un rincón  de su memoria
remotamente los latidos
de la camada
de los lobos
de la noche
,
te quise
...








Peaches ancestral




Paso por muchos estados durante el día, como si fuera una road movie. De la rabia a la gratitud, de la gratitud al odio, del odio al amor, del amor a la pena, de la pena a la excitación, de la excitación a la indiferencia...

Ir al concierto de Peaches ha sido la mejor idea que he tenido en mucho tiempo. He liberado (por un rato) todas esas contradicciones, bailando, gritando y agitándome. En un determinado momento sentía la vibración de los bajos en los párpados, con los ojos cerrados parecía estar cerca de la infinitud. Morir en ese instante, tal cual, hubiera sido bonito. Esas ráfagas que no se pueden medir en segundos. En fin, un concierto muy intenso, con una puesta en escena brutal, y yo muy motivada. Ir sola también ha ayudado a estar más presente y, al mismo tiempo, a años luz de mí. 




Esta mañana me he despertado a las cinco, no podía dormir. He mirado el móvil y tenía un mensaje de Whatssap de un número sin guardar en la agenda. Era la camarera de ayer, a la que le dejé una nota escrita en una servilleta con mi teléfono. 



Me hace gracia que del primer mensaje al segundo haya una hora de diferencia. En la foto sale con un perro. Bueno, hacer cosas así, como en las pelis, es entretenido.

No me apetece estar sola. Tal vez debería (¿por qué?) pero no me apetece. Bueno, igual mañana sí, porque como cada día cambio de opinión...