¿Seré una robot adoptada y nadie me lo ha dicho?




Siempre me ha costado mucho demostrar que no soy un robot. Esta mañana, hasta seis veces lo he intentado. Frente a los campchas, a menudo soy incapaz de distinguir una i mayúscula de una l minúscula. Tampoco sé si va espacio entre la palabra y el número. ¿Estas dudas son indicadores de algo?

Captcha o CAPTCHA son las siglas de Completely Automated Public Turing test to tell Computers and Humans Apart (Prueba de Turing pública y automática para diferenciar máquinas y humanos).
Se trata de una prueba desafío-respuesta utilizada en computación para determinar cuándo el usuario es o no humano.

(Wikipedia dixit)

Yo me siento muy blade runner leyendo esto. La palabra humano y máquina en la misma frase con el verbo distinguir de por medio es comparable a ver naves en Orión . Y me pregunto, el número de la fotografía de arriba, ¿los jumanos somos capaces de distinguir ese número? ¿Hay algún jumano en la sala que lo distinga? Me planteo si es que la prueba es al revés: si eres humano, no distingues el número.



Confieso un secreto el día en el que mi blog cumple 9 años


Este post se puede escuchar porque es un audiopost.



El año pasado me compré una fiambrera de acero inoxidable que mantiene el calor. Esto ya lo sabéis. No puedo usar una de plástico porque en mi trabajo no nos dejan calentarnos la comida en el microondas. No sé si están vulnerando algún derecho del trabajador porque tampoco nos dejan tener representante sindical. Microondas + representante de los trabajadores = peste.

Siempre he querido comer en casa al mediodía, pero jamás lo he conseguido. Es mi pequeño sueño sin cumplir. De pequeña no podía porque mis padres trabajaban y tenía que quedarme en el comedor del colegio (ya lo expliqué el 22 de noviembre de 2006). Ahora que tengo 34 años recién cumplidos,  tampoco puedo volver a casa a comer porque mi lugar de trabajo queda demasiado lejos.  Por eso, mi fiambrera es más que un recipiente para conservar los alimentos calientes; mi fiambrera es un pedazo de hogar enfrascado y templado. Extiendo una servilleta de hilo que hace de mantel. Coloco los cubiertos a un lado. Abro la tapa. De dentro sale mi mamá, que me ha venido a buscar por sorpresa al colegio, tan guapa como siempre, con su traje de chaqueta y sus tacones, y me lleva a comer a casa mi plato preferido: macarrones gratinados. De dentro sale mi novia, la detective Carol Blenk, que me espera en casa para comer, con una copa de vino blanco, un cigarrillo en los labios y una tapita de aceitunas. De dentro sale mi amigo Ike, que me lleva a Lisboa a comer sardinas en pleno barrio de La Alfama. Mientras, hablamos de la vida y de aquel verso de Pessoa: viajar, perder países, ser otro constantemente. De dentro salen mis amigas Gema y Chelo de Madrid, que me invitan a comer en su casa, a la que puedo llegar en bici cruzando el Retiro.

Si se enteran de que mi fiambrera no es únicamente un recipiente de acero inoxidable para conservar mi comida caliente. Si se enteran de que gracias a ella sueño, me alimento, recuerdo y viajo, el siguiente paso será prohibírmela. Así que esto es lo más parecido a un secreto.

Para mañana tengo lomo adobado. Mientras lo freía he tenido un "momento Proust con sus madalenas": el olor del lomo me ha llevado hasta la fiesta hippie de Sant Francesc de Formentera. He vuelto a saborear aquel bocadillo que nos jalamos en la plaza mientras sonaban los Doors y que olía tan bien. Mañana, a las 13:30, abriré la tapa de mi fiambrera y estaré en una isla.




Localización

Llegan hasta aquí los gritos de la gente que hay en el bar de la esquina viendo el partido.  Y yo estoy muy lejos escuchando a Anna Calvi casi en la oscuridad. No la cambio por ningún gol. Si algún GPS intentara localizarme le daría error, entraría en bucle y explotaría.