23/4/21

Una carta desde la pizzería


Querida E.:

He estado pensando en uno de los lugares en el que he sido más feliz, al que podré volver en el momento en el que me sienta más segura del presente. Debería haber vuelto hace dos años, pero entonces no me parecía necesario. Había otros lugares.

Es una pizzería. Una en concreto. Está delante de un hotel. El hotel tiene una pista de tenis y una playa. ¿Será esa la playa a la que más veces he ido en mi vida? No lo sé, porque me he dado cuenta de que ya llevo años en otra vida y que cada vez es más larga, y que un día superará a la anterior, o quién sabe, tal vez empiece otra. 

Puedo oler los pinos que rodean la pizzería y también el horno de leña, y los bordes de la masa crujientes. Me encantaban. Y los manteles de cuadros y las jarras de barro llenas de sangría fresca. Y el olor a after sun en la piel, y el pelo mojado, a las nueve de la noche, después de un día de playa. Y la cuesta, llena de murciélagos, y la música de los bares con algunos de turistas ingleses, fuera de temporada, y las actuaciones en directo de imitadores de Elvis. ¿No te parece un lugar feliz? Yo tenía 5 años, 10, 12, 15, 18, 24, 27, 32. Todos esos y los de en medio. Un día, puedo llevarte. Tal vez. Quién sabe. Cuando el presente sea brillante y pueda volver sin temor a no encontrar el mismo lugar, porque no importará. Ahora sí importa. Me desmayaría en las escaleras, las de la entrada, de pura decepción.

He ido a ver a mis padres. He tenido fiesta en el trabajo. Mi padre ha encendido la barbacoa. Llamas de un color naranja intenso. Los chasquidos de los troncos ardiendo. A veces, me gustaría parirme, haberme parido y ser mi hija. Ser mi propia hija y llevarla a los sitios que me llevaron a mí de hija. Ser una hija dentro de una hija. Llevarme en la barca hasta la línea del horizonte, que nunca llegaba. Y te diría como me decía mi padre, que sí, que llegaríamos.

Mi madre está bien. La veo hacer las cosas de siempre. Pero a veces, cuando la miro, se me cruzan imágenes de diciembre, y la veo en aquella cama del hospital con los ojos cerrados, y me sube algo por el estómago, hasta el cuello y hasta los ojos. O al revés, de los ojos al estómago. Y siento miedo, miedo al futuro. No se puede pensar así, ¿verdad? O sí se puede. También recuerdo a mi abuela.

Me sentí sola en diciembre, frente aquella máquina de bocadillos, con los pasillos del hospital vacíos, y el gran ventanal, tanto que sentí cariño por aquella máquina de bocadillos porque estaba allí conmigo, dándome de cenar. Y le hice una foto, y he estado a punto de borrarla cuarenta veces, pero todavía la conservo. 

Me cuesta entender todo esto. ¿Soy un perrillo que se ha ensuciado de barro?

Háblame de tus proyectos, de tus planes, de si hay algún poema que deba leer. ¿Vendrás a verme? ¿Cuándo vendrás a verme? ¿Me conoces bien? Ojalá me conozcas bien y nada de esto te parezca demasiado intenso. ¿Me regalarás un disco de alguna banda jamaicana de rocksteady de los 70's? Lo pondré en cuanto me lo des y el último rayo de sol de la tarde ilumine la pared.

Se ha ido el sol y empiezo a tener frío en manga corta. Ah, es Sant Jordi. 

P.V.


Pd.: Escribe pronto. Mándame algo que pueda llevar puesto, una cadenita, una pulsera...  



18/4/21

Una carta desde el parque

Querida E.:

Finalmente, los pronósticos de mal tiempo para el fin de semana no se han cumplido. Ayer hizo sol y hoy también. Eso sí, el aire es más frío y me he visto dudando entre ponerme chaqueta o abrigo en varios momentos del finde. Ayer por la mañana, por ejemplo, fui hasta el parque de la Ciutadella en bici y al llegar tuve que quitarme varias capas de ropa. 

Cuando estaba paseando cerca de la Iglesia, que como ya sabes es uno de mis lugares preferidos del parque,  justo tocaban las campanas de las 11:00. Comprobé que la Plaça d’Armes está en obras hasta junio y que, por lo tanto, la parte más enigmática, para mi gusto, y tranquila del parque está desfigurada, llena de máquinas excavadoras. ¿Será por las palmeras asesinas? No, no es broma. El parque no es trigo limpio, nunca lo fue... pero no hablemos de ello, hablemos de las pequeñas alegrías diarias, que como bien sabes no tienen nada que ver con la felicidad (¿o sí?).

Mientras paseaba por el parque se me ocurrió escribir a J. y preguntarle si le apetecía salir a dar una vuelta. Qué osadía pretender quedar con alguien sin preguntarlo una semana antes. Pero resultó que J. estaba sin hacer nada en casa y que le apetecía salir un rato, así que nos encontramos y aprovechamos para ir a ver la exposición de "Barcelona Fotogràfes" en el Born. La verdad es que me encantó que estuviera al aire libre, pero pasé un buen rato pensando qué harían con la instalación si se ponía a llover. Me llamaron la atención varias imágenes, pero en concreto escogeré tres para ti: la de la miliciana apuntando con una pistola en la playa del Somorrostro, que es la que queda delante del Hospital del Mar; otra de la Barceloneta, cuando todavía estaban los chiringuitos (yo no lo recuerdo, era pequeña), hecha al anochecer, con la luz amarilla y blanca de los letreros de los bares contrastando con el azul del cielo y el mar; y la otra, la de una manifestación en el año 88, en la que dos mujeres se besaban. Nos llamó la atención la imagen de una de las chicas que se veían en la foto, parecía muy actual, por la ropa y el pelo, como si pudiera traspasar la fotografía y aparecer en la Barcelona de 2021 dando un salto.

Lo importante lo he dejado para el final. He notado que mi casa vibra, tiembla, como si hubiera un pequeño terremoto a cada hora, o no sé, no he contado el tiempo que transcurre entre temblor y temblor. ¿Será el metro? ¿Serán los autobuses? ¿Por qué ahora lo siento y no antes?  Tal vez estemos en peligro, o tal vez haya sido siempre así y yo no lo haya notado hasta ahora. 

J. me estuvo contando que había ido a una astróloga y le había hecho una especie de pronóstico. Estaba contenta. 

Espero que me escribas pronto. Los árboles de los jardines de la manzana interior están llenos de hojas verdes y esta tarde se movían con el viento. 

P.V.

P.d.: Mándame una foto.

14/4/21

Mi manillar verde tiene algo

Cuando era pequeña, a menudo salíamos a comer fuera. De hecho, uno de mis juegos preferidos era el de “los restaurantes”. Me gustaba inventarme la carta, escribirla y ponerle precio a los platos. Mi restaurante se llamaba como mi apellido, yo era la fundadora, la camarera, y la cocinera. No sé si  por ser hija única y haber jugado bastante sola (excepto en verano, en verano siempre estaba en la calle con más niñas y niños), pero cuando trabajo en equipo tiendo a llevar la batuta (o a querer llevarla) porque en mi cabeza veo claramente los pasos a seguir y lo que se necesita, porque es lo que yo haría para ponerlo en marcha si no contara con más personas. No digo que sea bueno o malo, es una reflexión.


Sigo pensando en llegar de noche a Venecia, como ya escribí algunas semanas atrás, y en avanzar por el gran canal, con las siluetas de los palacios y las ventanas iluminadas de las casas reflejándose en el agua y el vaporetto abiriéndose paso. Creo que “ese llegar de noche a Venecia” es la metáfora de algo que todavía no sé. Tengo esa corazonada. O puede que solo sea un recuerdo intenso. 


He encintado el manillar de la bici de color verde oscuro, y la verdad es que me ha quedado tan bien que cuando voy por la calle me siento como si llevara la bici más bonita del barrio.



10/4/21

Un lugar secreto

He descubierto un lugar que ya conocía, pero la verdad es que nunca le había prestado demasiada atención. La otra tarde lo vi con ojos nuevos. Se oye y se ve el mar, pero no es la playa. Las olas rompen en unas rocas falsas, puestas allí, como de repente, como sin ton ni son, pero encajan. El sol se refleja en las escalerillas que entran en la piscina de mar. El agua golpea el metal y se mueve con brío, como una corriente, una corazonada. 

Me sentí a salvo y con mucho a lo que temer, al mismo tiempo, pero con esperanza de poder volver a  creer en todo lo que nos va manteniendo a flote. También pensé que era un buen lugar para besar a alguien por primera vez, pero no puede ser un beso random. Alegrías. Sólo alegrías.



3/4/21

Lo sublime y lo profano

Unas palomas grises picoteaban en una plaza de cemento cuando me atacó la melancolía, hace dos días, esperando a que se pusiera verde el semáforo, bajando por la calle Badajoz. Fue a traición porque me sentía contenta y hacía mucho sol. Estuve llorando veinte minutos, dentro del coche. Lloré por cosas muertas, estropeadas, decepcionantes o desaparecidas. En algún instante del llanto me sentí con el poder de recuperarlas intactas, sanas, vivas, brillantes, como si pudiera salvarlo todo. Eso es éxtasis.


He estado evitando la melancolía, pero parece que ahora la necesito, necesito un poco de aquello que en el siglo XIX era “lo sublime”. 


Ahora, lo profano.

La playa de Barcelona está asquerosa. Llena de gente con altavoces bluetooth incrustados en sus cuerpos, esparciendo música que detesto (bachata, salsa, voces con autotune) y pelotas de voley, hamburguesas del McDonalds y latas de cerveza. Y haciendo YOGA. Qué puto sinsentido todo. Si el infierno existe, es eso. 


Recordé un paseo, justo a la misma hora de ayer, pero en 2015. Hace seis años, la playa estaba vacía, tranquila, un poco triste, una maravilla.


Yo también estuve participando de ese poquito de infierno de festivo-viernes-santo comiendo una paella (que estaba muy buena) en un chiringuito. No tengo palabras, yo también soy un sinsentido.


Cuando subí para mi calle y reencontré la tranquilidad, me sentí a salvo.