Estoy afuera, sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Veo mucho cielo, muchísimo. Pasan gaviotas, aviones y golondrinas. Hay silencio. Huele un poco a cloro, a piscina, a bronceador. Olores fantasma.
Me he subido un helado (mascarpone con higos) de la heladería de mis vecinas italianas. Me lo he comido aquí, mientras trataba de parar el mundo. He bebido agua fresca. He llorado. He dado plantón a unas amigas. He sentido la brisa del atardecer.
Esta mañana me he quedado dormida con mi ahijada encima. Tal vez en ella haya algo de mí que pueda permanecer cuando yo no esté. Algunos gestos, alguna receta, alguna anécdota, una carta sin enviar.
Me apetecía conducir más rato. Y al mismo tiempo quería llegar a casa. Me hubiera gustado marcharme hasta muy muy muy lejos para huir de lo que siento. Pero no funciona así. Lo que siento viene conmigo.
El horóscopo me dice que voy a tener un mes de junio increíble porque no recuerdo qué planetas no se alineaban desde hace 300 años. Voy a ponerlo en duda.