viernes, marzo 13, 2026

Me encantan las piscinas y las pistas de tenis

Ya no digo "voy a casa de mis padres", ahora digo "voy a casa de mi madre". He adaptado enseguida el lenguaje. Las palabras enfocan la realidad como una cámara. La encuadran buscando algo de coherencia narrativa, de verosimilitud. 

Estoy pasando más tiempo con mi madre, quedándome a dormir alguna noche de la semana. Ahora ya no voy solo los domingos a comer. Volver a habitar, aunque sea a ratos, la casa de mi adolescencia (y de mis "veintialgos") es una sensación rara, como de vuelta a lo esencial, como si me quitara por un rato la máscara pero siempre queda alguna bajo el brazo. A menudo tengo la sensación de que es Nochebuena o la tarde de la cabalgata de los Reyes Magos. Tengo muy asociada la época navideña con quedarme a dormir en casa de mis padr... de mi madre.

Echo de menos a mi padre. Mi padre. Con sus zapatos siempre nuevos. Ahí siguen, en el zapatero. Los partidos de tenis sonando en el televisor me recuerdan a él y me acompañan. Lo siento cerca de mí cuando la pelota golpea la raqueta. Cuando hay un breakpoint. Cuando hay una dejada espectacular que deja sin aliento al contrario. Cuando una volea define el set. Cuando hay doble falta. Cuando es punto de partido. 

A mi padre se le daba muy bien el tenis, pero no éramos ricos ni nada de eso. Aprendió a jugar cuando era pasante de un abogado al que también le gustaba. Recuerdo ser pequeña y verlo vestido de blanco, cargando una bolsa de piel marrón por la que asomaba la raqueta. Esa bolsa de piel era preciosa y la conservo. Tuve una época en la que iba al gimnasio con ella, pero era demasiado bonita, la verdad. El día de su funeral leí unas palabras y se lo conté a todo el mundo: mi padre jugaba bien al tenis.

Yo estoy aprendiendo a jugar a pádel, que he descubierto que no es solo un deporte de divorciados. Juego con dos chicas de 17 años, que siempre están de exámenes, y con una de 37 que siempre llega corriendo de la oficina. Somos un cuadro. Al principio, nuestro profesor se desesperaba. Ahora ya no porque, de repente, las cuatro hemos mejorado bastante. Voy a clase religiosamente. Solo falté un día. Recuerdo que a la semana siguiente el profe me preguntó, "¿por qué no viniste el martes pasado?", me acerqué y le dije flojito, "porque murió mi padre". Me dio un abrazo. 

Yo soy buena subiendo a la red y también luchando por llegar a pelotas que parecen perdidas.

A veces me siento en transición, como en un espacio liminal y entre muchas puertas. Entre la pena y la pérdida, entre las preocupaciones del trabajo, entre el temor, la incertidumbre, y la alegría desbocada de seguir con la vida y sus paisajes: los cerezos en flor, los lirios que siempre vuelven a crecer, mi perra en la playa, la luz de una gasolinera en medio de la noche, mis manos al volante, los brindis con vino, las palabas escritas a mano, los mañana, el pelo desordenado, la llama azul del calentador, las duchas de agua caliente.

jueves, febrero 19, 2026

Rituales y hechizos

El terrado de la señora Carmen parece otro desde que, hace unas semanas, se tuvo que ir a vivir a una residencia de ancianos. Antes, la veía salir cada mañana con su bata azul, caminando despacio y balanceándose, a tender la ropa. Sinceramente, no creo que pusiese lavadoras por necesidad, era más como un ritual, como un homenaje a algo o a alguien.  No nos conocemos de nada, solo de vernos por la ventana y de que un día me pidió el teléfono "por si pasaba algo". 

He hablado con ella dos veces desde que se fue a la residencia. Me dijo que echaba de menos su terrado. Y yo echo de menos verla allí desde la ventana de mi cocina. Mañana la llamaré. Quiero saber si ya se ha adaptado a las rutinas de la residencia y si ha hecho amigos. Aunque ya me dijo que "ella era muy especial para eso de las amistades..." No le gusta demasiado estar allí. "Echo de menos mi terrado, mis lavadoras", "han vaciado todo el piso", "mis sábanas", me decía. Qué duro debe ser despojarse de todo con 98 años. Sí, obviamente, me estoy proyectando en esa vejez, esa soledad, ese abandonarlo todo. Aunque, desde que murió mi padre, recuerdo muchas veces que debo cabalgar las alegrías salvajes, no dejar que se escapen, subirme al tren, estar atenta a todo lo que prende la llama, seguir ese camino.

Hoy he aprovechado yo para salir al lavadero a tender, porque hace un viento en mi barrio que se te lleva. Se lleva los pensamientos que no están bien anclados, se lleva las penas antiguas, se lleva las dudas tontas, se lleva el polvo. 

No se lleva los besos de Maria ni su mirada encendida. No se lleva nuestras tardes infinitas de sábado sin ver la calle, porque no nos interesa nada de la calle, la calle que se la queden los demás. Solamente nos interesa lo que ocurre con nosotras en la cama. Nuestros cuerpos buscándose, mientras fuera va cambiando la luz, como en un hechizo.


domingo, febrero 01, 2026

Hacía tiempo que no veía tan nítido

Estoy en la cola del supermercado, están las típicas que se cuelan, porque llevan pocas cosas. Hoy vamos a tener nuestra cita número XI, así que las dejo pasar, no me importa que se cuelen de tres en tres.

Nos hemos besado mucho en público y nos hemos dado cuenta de que ya nadie lo hace. La chica que leía el QR de las entradas ha tenido que esperar a que parásemos. 

Me gusta ir contigo de la mano, con el corazón en llamas y mis gafas nuevas para ver muy muy lejos. Hacía tiempo que no veía tan nítido el mundo. Veo hasta aquellos árboles del fondo de la calle, hasta aquellas ventanas que antes no existían. 

Desde un banco del parque, veo mi ropa dando vueltas en la secadora de la lavandería. 

Veo tan lejos, que ya no voy a perderme en la lejanía. 

Hice una promesa de alegría salvaje, voy a cumplirla.

miércoles, enero 07, 2026

Tres primeras veces

Tu inicial ha estado en mi bandeja de entrada en distintas épocas. A veces, cuando estábamos muy cerca, nos alejábamos y nos dejábamos de escribir. Nuestra primera cita fue el penúltimo domingo de 2025. Mi padre ya no estaba. 

Quedamos en Joanic. Llegué pronto y estuve dando vueltas. En la plaza había un carrusel infantil de caballitos. Los niños estaban como locos porque llevaba una semana lloviendo y por fin había salido el sol. En la primera barra de bar en la que estuvimos, me rozaste la pierna y dejé de escucharte, porque sentí una alegría salvaje atravesándome. Tú también la sentiste. Me lo dijiste luego.

Nuestra segunda cita fue en mi casa, el tercer día del año nuevo. Estabas muy guapa. Llevabas una camisa de color teja, que te quedaba muy bien. Te enseñé todas mis guitarras sin nombre. Te recité al oído un poema que había escrito la tarde anterior. Te dije que cerraras los ojos porque lo tenía que leer, no me lo sabía. Luego me pediste que hiciera un esfuerzo y te lo dijera en los labios, sin mirar. Fuiste repitiendo los versos, pero te dejaste el último porque empezaste a besarme.


El poema decía:


algunas cosas se van para siempre

otras vuelven de improviso

solo necesito que sepas

de qué color era el tobogán de mi infancia

cual era mi pizza preferida

y quién me enseñó a nadar

con eso podría empezar

a hacer las paces.


Nuestra tercera cita fue el lunes pasado. Me viniste a buscar a casa de mi madre, yo estaba allí pasando un par de días. Puse en google maps el nombre de un mirador (un mirador poco conocido) y nos llevó hasta el lugar. Aparcaste el coche allí y nos pasamos tres horas dentro hablando y tocándonos, como adolescentes. Vimos el atardecer. Vimos el anochecer. Los cristales se empañaron. 

A mi madre le dije que habíamos ido al cine y que la peli había estado muy bien.


martes, diciembre 16, 2025

Unas tristeza que no se parece a otras

Mi padre murió hace un mes, de madrugada. 
Mi madre y yo le estábamos dando la mano cuando dejó de respirar. 
Puse mi cabeza en su pecho para sentir su corazón. 
Mi madre me preguntó si se escuchaba algún latido. 
Mi perra le olió la cara y se tumbó encima de él, mirándome. 
Lo abrazamos hasta que vinieron a llevárselo. 

Vi cómo lo sacaban de casa por la puerta. 
Fui tras la camilla para acompañarlo, 
no quería dejarlo solo en su última vez en la calle de casa. 
El furgón aparcó donde yo suelo dejar mi coche, 
al lado del árbol. 
Me sentí muy pequeña y sola
en la acera
viendo marchar a mi padre para siempre. 
Era una mañana muy fría. 

Pude leer unas palabras en la ceremonia. No sé cómo. Estuve todo el tiempo pensando en que tenía que subir a leer y que no podía ponerme a llorar. Vino mucha gente. Amigos de mi padre. Familia. Vino mi tía del pueblo y mis primas. Vinieron amigas mías. Vinieron compañeras de trabajo. Vinieron amigas de mi madre. Me emocionó mucho una corona de rosas blancas, grandiosa, que enviaron de mi trabajo. No me lo esperaba. Pensé que mi padre se sentiría muy orgulloso.

...

Estas últimas semanas han sido extrañas. Los quince primeros días solo pensaba en que quería vivir todas las alegrías que se fueran cruzando por mi camino, cabalgar tras ellas. Dejé de tener miedo. O casi.

Todo eso mezclado con una tristeza silenciosa y del alma. Una tristeza que no se parece a otras. No es como cuando te deja tu novia; no es que como cuando te enamoras de alguien que no te quiere igual; no es como cuando le haces daño a alguien sin querer; no es como cuando pierdes algo que deseaste mucho; no es como cuando echas de menos a un amor; no es como cuando se acaba un sueño que tuviste; no es como cuando te sientes perdida. Esta es una tristeza pura, sin aditivos, transparente. Se lleva dentro mientras cabalgas tras las alegrías salvajes, o mientras lo intentas.

Estos días he sentido el calor y el amor de muchas personas. Me reconfortan todos esos gestos de cariño, no son en vano, los aprecio, son una llama que prende. 

miércoles, noviembre 05, 2025

Noche difícil

Hoy nos han dicho que a mi padre le quedan semanas de vida. Me he bloqueado de pena. De repente, un dolor de cabeza insoportable. Mi perra ha empezado a lamerme la cara. 

La última conversación lúcida que tuve con él fue hace unos días. Me habló de todos los coches que había tenido. Se emocionó al recordar dos en concreto. Un Mini de la época con el que venía a buscarme al colegio cuando yo era muy pequeña, y que recuerdo perfectamente porque llevaba una bocina que a mí me hacía mucha gracia. Y el otro, un golf descapotable blanco en el que todas mis amigas querían subirse en verano.

Después de esa conversación, me pidió que le ayudara a levantarse. Yo llevaba el cordón del zapato suelto. Se me vino a la mente un día de mi infancia en el que mi padre me enseñaba con paciencia a atarme los zapatos.

Luego hablé por teléfono con mi tía, que está en el pueblo, y llamaba para preguntarme por él. Me estuvo contando que ya había empezado la recogida de la aceituna. Sentí el sabor intenso del primer aceite. Imaginé un puñado de almendras. Imaginé también una sartén llena de pimientos verdes.

Me dieron muchas ganas de volver al pueblo para encontrarme en la estación con aquel niño de cuatro años a punto de subirse al tren que lo traería a Barcelona. Tan inocente, tan niño, tan puro, tan pequeño, mi padre.