Como cada año, ayer fuimos a ver los cortos del Mecal Festival, al aire libre. Yo llegué con los ojos como si me hubieran echado un puñado de arena en cada uno, después de pasar buena parte del día llorando.
Fuimos a un sitio muy bonito a cenar, aunque tenía el estómago cerrado y la comida no me sabía a nada. Era íntimo y acogedor, con luz tenue, pero suficiente.
Mi amiga B. nos estuvo contando su última cita de tinder que, como siempre, no le gustó.
Estaba preocupada porque lleva mucho tiempo en la aplicación sin conocer a nadie que le interese. Su voluntad de encontrar el amor se va perdiendo.
Su amiga L. me insistió para que me abriera un perfil. En mi bio pusimos: "Convénceme para que no borre esta app del diablo".
Las apps de citas parten de algo erróneo, y es la descontextualización. Presentan personas como fichas aisladas, con alguna foto, alguna frase, pero no es contexto suficiente para saber si puede interesarte. Yo propondría una app de citas por carta, que incluyera una foto en papel y algún detalle. La dirección no se revelaría porque el envío lo gestionaría la app. El filtro inicial, quien escribe a quien, no lo tengo resuelto.
Hoy tengo que ir a ver a mi madre y no me apetece estar allí. La casa me pesa. El recuerdo de sentirme feliz en ella. El zumbido de las motos en el circuito, que aunque esté a varios kilometros, se oye como un murmullo constante que va calando. También el pueblo. Las campanadas. Incluso, la carretera.
Me sienta mejor la tristeza en Barcelona, le veo más posibilidades.