Hemos sido eso. Un inicio y un final todo el tiempo. Una especie de promesa siempre para mañana. Tantas veces ya. La mejor forma de ponerle trampas a un amor es encendiéndolo y apagándolo cuando prende.
Ya no volveré a decirle que soy la persona del mundo que más piensa en sus pestañas. Ya no volveremos a planear ningún viaje. Mi cama ya no olerá más a ella, ni la suya a mí.
Aquellos deseos ya son muy difíciles de cumplir. Ya son un acertijo. Ya tengo que pedir otros. Pasarme a los básicos: salud y que estemos bien. Que estemos bien.
Me apetecía mucho compartir un viaje.
Atravesaré con pértiga este verano e iré a la playa. Quedaré con mis amigas, intentaré ser una buena hija, odiaré las campanas del pueblo y las aceras sucias de mi ciudad. Haré intensivos de natación y de pádel, para acumular pelotas en la red y ganar algún punto. Para pensar poco. Me compraré un disco que me salvará la vida. Querré escribir esa mierda (con cariño) de novela que siempre quiero escribir. Tal vez haga el amor con alguna mujer. Lo haré todo con buena cara para que nadie se enfade.
La semana pasada me encontré al Griego en un concierto y me recomendó tres islas (de las que no son muy conocidas) que va alternando cada año con su novio. Me las anoté en el móvil. Podría ir a una de ellas y empacharme de feta, seducir a una camarera, escribir mis miserias en una libreta, llorar sola en una playa. Y luego, vomitarlo todo en el ferry de vuelta.
¿Os he contado alguna vez que Sant Joan es una de mis noches preferidas? Lo es. Cuando era pequeña hacíamos una verbena alrededor de la piscina. Todos los vecinos traían algo. Mis padres bailaban hasta que se acababa la música, y yo corría con mis amigas de un lado a otro. Siempre acababa alguien en el agua.
Hoy hace siete meses que murió mi padre.