En los últimos 13 años, me ha pasado de todo en el amor.
A pesar de la odisea, mi esperanza sigue viva. Es una de las antorchas que llevo de aquí para allá, sin dejar que se apague. Incluso bajo el agua (o sobre todo bajo el agua), cuando nado, la mantengo encendida. La esperanza en un amor que sea emocionalmente sostenible.
La primera etapa de mi Odisea podría ser la de Ícaro hacia el sol lejano. La del amor que no coincidía ni en las estaciones del año. Volar hacia algo que parecía extraordinario, aun sabiendo que la distancia (16.000 km) haría que fuera difícil de llevar. Aquel mundo nuevo, en el que yo me sentía libre estando en un reloj distinto, no estaba a mi alcance... Todavía quedaba mucho por recorrer.
La segunda etapa fue la más instructiva. La de Perséfone en el inframundo. En esa etapa me quedé demasiado tiempo en lugares que no me hacían bien. Salí del inframundo gracias a una psicóloga. Me enfrenté a muchos demonios en aquella consulta de la Calle Enric Granados, a la que iba en bici atravesándome media ciudad. Allí forjé tres llaves mágicas que me permitieron no volver a pisar el inframundo:
Llave mágica 1: Que si no te quieren bien, no te quedes.
Llave mágica 2: Que si no confían en ti o tú no confías, no te quedes.
Llave mágica 3: Si ya sabes que no es ahí, no te metas.
Así llegué a la tercera travesía, la de Penélope y sus pretendientAs. La de las historias que no podían convertirse en algo más porque con mis llaves mágicas cerraba la puerta...
Y bueno, ya hemos llegado a la etapa actual. Después de tantas tormentas, después de tantos puertos equivocados, después de tanto tiempo navegando sola, ¡la llegada a Ítaca! Esa hermosa isla.
Pero resulta que... en esta isla tan bonita y en la que me siento tan feliz, parece ser que el suelo todavía no es edificable.
Por favor, os lo suplico, a quien me haya soltado el maleficio, que lo recoja ya, que a fin de cuentas solo soy una pobre mortal.