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Llaves que abren todos los buzones

Querida E.: El martes recibí tu  carta. No estaba en el buzón, estaba encima del contador de la luz de la escalera. Nunca dejan las cartas en el buzón. A veces las dejan en el suelo o encima del sillín de mi bici. A veces las pasan por debajo de la puerta. A mí me va mejor porque perdí la llave del buzón a principios del año pasado. Qué noche, aquella. Es muy largo de contar. Se me coló por una rendija del coche. Cuando conduzco, pienso en la llave. Mi vecino me deja la suya. ¿Sabías que casi todas las llaves de buzón son iguales? Yo aluciné. Tanta intriga con los buzones y todos se abren con la misma llave. Sobre lo que me cuentas, no sé qué aconsejarte. Haz lo que sientas que es mejor para ti, sopesa tus opciones. Sea lo que sea que decidas no llegarás a saber si te has equivocado, en algunos momentos te parecerá que sí y en otros que no. Haz lo que creas. La semana que viene grabo disco con mi grupo. Nos vamos a un estudio fuera de Barcelona. Nos quedaremos a dormir allí, la casa es

Una carta desde la pizzería

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Querida E.: He estado pensando en uno de los lugares en el que he sido más feliz, al que podré volver en el momento en el que me sienta más segura del presente. Debería haber vuelto hace dos años, pero entonces no me parecía necesario. Había otros lugares. Es una pizzería. Una en concreto. Está delante de un hotel. El hotel tiene una pista de tenis y una playa. ¿Será esa la playa a la que más veces he ido en mi vida? No lo sé, porque me he dado cuenta de que ya llevo años en otra vida y que cada vez es más larga, y que un día superará a la anterior, o quién sabe, tal vez empiece otra.  Puedo oler los pinos que rodean a la pizzería y también el horno de leña, y los bordes de la masa crujientes. Me encantaban. Y los manteles de cuadros y las jarras de barro llenas de sangría fresca. Y el olor a after sun en la piel, y el pelo mojado, a las nueve de la noche, después de un día de playa. Y la cuesta, llena de murciélagos, y la música de los bares con algunos de turistas ingleses, fuera de

Una carta desde el parque

Querida E.: Finalmente, los pronósticos de mal tiempo para el fin de semana no se han cumplido. Ayer hizo sol y hoy también. Eso sí, el aire es más frío y me he visto dudando entre ponerme chaqueta o abrigo en varios momentos del finde. Ayer por la mañana, por ejemplo, fui hasta el parque de la Ciutadella en bici y al llegar tuve que quitarme varias capas de ropa.  Cuando estaba paseando cerca de la Iglesia, que como ya sabes es uno de mis lugares preferidos del parque,  justo tocaban las campanas de las 11:00. Comprobé que la Plaça d’Armes está en obras hasta junio y que, por lo tanto, la parte más enigmática, para mi gusto, y tranquila del parque está desfigurada, llena de máquinas excavadoras. ¿Será por las palmeras asesinas? No, no es broma. El parque no es trigo limpio, nunca lo fue... pero no hablemos de ello, hablemos de las pequeñas alegrías diarias, que como bien sabes no tienen nada que ver con la felicidad (¿o sí?). Mientras paseaba por el parque se me ocurrió escribir a J.

Mi manillar verde tiene algo

Cuando era pequeña, a menudo salíamos a comer fuera. De hecho, uno de mis juegos preferidos era el de “los restaurantes”. Me gustaba inventarme la carta, escribirla y ponerle precio a los platos. Mi restaurante se llamaba como mi apellido, yo era la fundadora, la camarera, y la cocinera. No sé si    por ser hija única y haber jugado bastante sola (excepto en verano, en verano siempre estaba en la calle con más niñas y niños), pero cuando trabajo en equipo tiendo a llevar la batuta (o a querer llevarla) porque en mi cabeza veo claramente los pasos a seguir y lo que se necesita, porque es lo que yo haría para ponerlo en marcha si no contara con más personas. No digo que sea bueno o malo, es una reflexión. Sigo pensando en llegar de noche a Venecia, como ya escribí algunas semanas atrás, y en avanzar por el gran canal, con las siluetas de los palacios y las ventanas iluminadas de las casas reflejándose en el agua y el vaporetto abiriéndose paso. Creo que “ese llegar de noche a Venecia” es

Un lugar secreto

He descubierto un lugar que ya conocía, pero la verdad es que nunca le había prestado demasiada atención. La otra tarde lo vi con ojos nuevos. Se oye y se ve el mar, pero no es la playa. Las olas rompen en unas rocas falsas, puestas allí, como de repente, como sin ton ni son, pero encajan. El sol se refleja en las escalerillas que entran en la piscina de mar. El agua golpea el metal y se mueve con brío, como una corriente, una corazonada.  Me sentí a salvo y con mucho a lo que temer, al mismo tiempo, pero con esperanza de poder volver a  creer en todo lo que nos va manteniendo a flote. También pensé que era un buen lugar para besar a alguien por primera vez, pero no puede ser un beso random. Alegrías. Sólo alegrías.

Lo sublime y lo profano

Unas palomas grises picoteaban en una plaza de cemento cuando me atacó la melancolía, hace dos días, esperando a que se pusiera verde el semáforo, bajando por la calle Badajoz. Fue a traición porque me sentía contenta y hacía mucho sol. Estuve llorando veinte minutos, dentro del coche. Lloré por cosas muertas, estropeadas, decepcionantes o desaparecidas. En algún instante del llanto me sentí con el poder de recuperarlas intactas, sanas, vivas, brillantes, como si pudiera salvarlo todo. Eso es éxtasis. He estado evitando la melancolía, pero parece que ahora la necesito, necesito un poco de aquello que en el siglo XIX era “lo sublime”.  Ahora, lo profano. La playa de Barcelona está asquerosa. Llena de gente con altavoces bluetooth incrustados en sus cuerpos, esparciendo música que detesto (bachata, salsa, voces con autotune) y pelotas de voley, hamburguesas del McDonalds y latas de cerveza. Y haciendo YOGA. Qué puto sinsentido todo. Si el infierno existe, es eso.  Recordé un paseo, justo

Ya puedo bañarme

Parece verano, hoy me he puesto pantalón corto. Adormecida en la terraza, he escuchado a alguien, a lo lejos, fregar los platos y colocarlos en el escurridor. El paisaje sonoro me ha recordado a la piscina de la urbanización en la que pasaba los veranos de niña, cuando iba con mis amigas después de comer y teníamos que esperar a hacer la digestión dos horas y media para poder bañarnos. Siempre me parecía una pérdida de tiempo porque a esas horas la piscina estaba vacía, y a partir de las cinco, que era más o menos cuando se acababa el suplicio de la digestión, se empezaba a llenar. Luego surgió la versión de "si te bañas justo después de comer no pasa nada, pero tiene que ser justo después, antes de que empiece la digestión". Era un poco estresante, ¿no? Calcular ese "justo después" sin pasarte de la raya. En la playa estaba la versión de comerse el bocadillo dentro del agua como remedio para esquivar el tedio existencial de la digestión. Estas últimas semanas han p