28/12/20

Las ganas que tengo

Después de estos días complicados, solo tengo ganas de alegrías. Me apetece disfrutar. Si eso es muy difícil, me conformo con estar tranquila.

La muerte de mi abuela me ha hecho pensar en la muerte de todos los que van y vamos detrás de ella. Será algo inevitable y el dolor por la pérdida, también. No voy a añadir nada más porque todo sería obvio. 

Tengo ganas de acostarme con alguien (que me guste) o de cambiar de lugar, por lo menos, una semana. También tengo ganas de que me hagan cosquillas. Y tengo ganas de todo lo bueno. Lo más fácil es lo que depende solo de mí: cambiar de lugar; un avión, cinco capas de mascarillas y una pcr.

 

25/12/20

Te recordaré bailando


Yaya, que en paz descanses. Ya han operado a la mama y está bien, no pude decírtelo porque cuando te llamé, cuando marqué tu número, ya no pudiste contestar. Ahora lo sabes desde donde estés. Gracias por todos los días que pasamos juntas. 

Estoy acordándome de cuando me llevabas contigo a comprar al mercado y te tomabas un cortado en el Marcelino, que era de Zaragoza, como tú. Y de cuando íbamos en metro al centro y me ayudabas a contar las paradas. 14 paradas. Y del cuento de los Tres Cerditos, que tanto me gustaba, porque siempre parecía nuevo. Y de tu máquina de coser mientras me dabas la merienda, y de tus lentejas, y de tus croquetas. Y de qué lista es mi nieta, y qué bonica, y qué chicotón. Y de cuando en Navidad cantabas jotas y estabas feliz. Y de cuando ibas a bailar y te arreglabas y estabas muy guapa, y de tu canción preferida en el karaoke, “Solamente una vez”. Y del bingo, que siempre ganabas. Y de cuando en verano me llevabas a la playa temprano y nos bañábamos cuando todavía no había llegado “toda la gente”. Y yo siempre me fijaba en que no había pisadas en la arena. 

Te quiero mucho. Cuídanos. Ayúdame a ser valiente. Mándanos alegrías, por favor, momentos bonitos. Gracias por enseñarme tantas cosas. La historia de la nieve asada.  ¡Cuánto viviste!  No diremos tu edad, siempre serás más joven. Seguro que te gusta la canción que te dedico para despedirme de ti. Ahora necesito unos días para bajarme del árbol. Lo entenderías. Besicos, yaya, besicos.

23/12/20

Como en un aeropuerto

El lunes, en mi primera noche en el hospital, con mi madre recién operada y ya en la habitación, me sentí aliviada, pero un poco desubicada; había ido todo bien, pero yo estaba agotada y buscando algo para cenar. La cafetería cerrada y toque de queda riguroso en la calle. Por los pasilllos de la planta, deambulando como un fantasma, encontré unas máquinas de vending con sandwiches de atún, de esos que no sabes demasiado bien qué llevan dentro. Me comí uno sentada en la salita y mirando por un gran ventanal con vistas a la montaña de Collserola, que estaba llena de casas iluminadas como si fueran luces de Navidad. Me sentí como en un aeropuerto esperando un vuelo que venía con retraso: la salita, los sandwiches, el ventanal, las luces...

Tengo la sensación de estar colocando muchas piezas en su sitio.


20/12/20

El sentido de todo

Tengo ganas de que acabe el día y de irme a dormir, por eso escribo. Qué gran compañía encontré el día que descubrí que podía escribir. O el día que descubrí que podía tocar la guitarra. O el día que descubrí que podía leer. Y ahora, que he descubierto que puedo tocar la batería. Desde el hospital se ve el mar. El mar siempre lo mejora todo. El mar es el verano, el verano tiene algo esperanzador, algo brillante. Bañarse, nadar, secarse al sol. Sería lo que yo aportaría a la montaña de significado. 

Me he acordado de la novela Nada, de Janne Teller. Es la historia de un niño de 11 años que se sube a un árbol y decide que no va a bajarse ("nunca") porque se ha dado cuenta de que todo da igual y de que nada tiene sentido y de que nada importa. Sus compañeros de clase tratan de demostrarle que se equivoca. Ante todo lo hacen para salvarse a sí mismos, porque Pierre Anthon está enfocando algo molesto, algo incómodo. Está alterando el orden "del grupo". Los compañeros, para mostrarle que no tiene razón y enseñarle que sí existe un sentido, lo que hacen es "construir" una montaña de significado ("un montón de significado") mediante la acumulación de cosas que para ellos tienen importancia. La novela da giros inesperados cuando la obsesión por la búsqueda de sentido se les va de la manos. Pero, ¿logran convencer a Pierre? 

Pierre Anthon es un niño que está triste, que tiene miedo, o al que le han hecho daño, o las tres cosas. Eso no está en la novela porque, en realidad, lo que importa es la fábula existencial. Pero para mí sí fue necesario, en el momento en el que la leí, pensar en los motivos del niño. El miedo y el dolor son poderosos y proyectan sombras, y las sombras nunca son lo real, lo que de verdad está. Escudarse en la pérdida de sentido es un escondite, "una casa en el árbol". También puede interpretarse que la falta de sentido es un alivio. Sigo creyendo que es un escudo. A mi hoy me da mucha pena que mi padre esté triste porque mi madre está en el hospital. Creo que tiene mucho sentido que esté triste. Porque conoce a mi madre desde los 16 años. Porque saben mucho el uno del otro. Porque se escribían cartas. Porque iban a la playa a Sant Pol y a Caldetes. Porque se compraron un Seat 600. Porque llevaron pantalones de campana juntos. Porque tienen películas super 8 bailando. Porque van a comprar juntos el pan. Porque se conocieron en una parada de legumbres, en el mercado del barrio, en la que mi madre ayudaba por las tardes. Esos detalles me parecen importantes, me parece que tienen mucho sentido.


Últimas semanas del año

Mañana ya ingresan a mi madre. Antes de irse a dormir me ha dicho que quería decirme algo. Me ha hecho prometer que si le pasa algo, no me hundiré, que seguiré con mi vida y que cuidaré de mi padre. Con esas palabras. Le he dicho que no le va a pasar nada, y que todo irá bien, y que el día de Navidad ya podremos estar juntos en casa.

A veces me siento sola y fuerte como un transatlántico.

Lo superficial no tiene en cuenta los matices. 


15/12/20

Sorprendida


Estoy muy feliz porque hoy me han dicho que me renuevan el contrato. Lo cierto es que me he emocionado tanto que he tenido que contener las lágrimas en la reunión. Este trabajo es muy importante para mí. Lo primero que he hecho es llamar a mi madre para decírselo. Se ha puesto tan contenta, que mi padre ha confundido los gritos de alegría y ha pensado que había pasado algo malo.

Había tanta niebla hace unas semanas. Mi corazón hecho puré de hace unos días. El miedo. Estoy muy sorprendida. 


12/12/20

Recuperar la identidad

El miedo se ha marchado, las últimas pruebas salieron bien. La semana que viene operan a mi madre. Justo tres días antes de Navidad. Pasé unas navidades en un hospital cuando le dio el infarto a mi padre, hace más de 10 años. Comimos mi madre y yo solas en el bar del hospital el día 25. No había nadie. Estábamos felices porque mi padre se estaba recuperando. Qué tontería, pero recuerdo que la comida estaba muy buena. Yo ya escribía este diario, así que ya lo conté en su momento, pero en presente. 

Hoy hace frío y calor al mismo tiempo. Mi vecino ha puesto música y está cocinando. Gracias al trabajo estoy conociendo a personas muy interesantes. Lástima que todo sea virtual. No quiero que se acabe, pero ya me he hecho a la idea. La semana que viene sabré cuando finaliza mi contrato. 

He estado documentándome en el archivo histórico digital del barrio, a ratos libres. De momento, solo busco historias. 

He vuelto a ver Phoenix, con Nina Hoss, me parece una mujer muy atractiva. Es una historia triste. La secuencia final es una maravilla. Cuando ella canta... y en ese instante recupera su identidad. Y no antes.



7/12/20

Miedo

Que mi madre vuelva a estar enferma me asusta. Es algo que no sé cómo encajar, falta, todavía, mucha información. No sé cómo manejaba esta incertidumbre con 21 o 22 años.

Sin embargo, tengo recuerdos muy vivos de la otra vez. Conducir con la “L” en el coche mientras la llevaba a quimioterapia; escuchar a un médico nervioso decir que la operación no había salido bien; despertarme riendo con mi madre y que la habitación se llenara de sol; dejar a mi novio porque me gustaban las chicas; salir del armario; pasar muchas horas con mi padre en salas de pespera, los dos solos; esperar frente a una puerta amarilla con un cartel de “peligro, radiación”; los bocadillos de pimientos fritos en el bar de al lado del Hospital Clínic. 

Me duele todo el cuerpo. Es de miedo. Mañana voy al dentista y podré no pensar en nada durante el rato que esté allí.

Sé que ahora no me creo gran cosa, ni me siento gran cosa. Tantos desplantes vitales seguidos me han hecho puré el corazón. “Tal vez tengan razón”, dice una vocecita maliciosa, “puede que no seas suficiente...” Dice. 

Pero sé una cosa: que es mentira.