Una carta desde la pizzería


Querida E.:

He estado pensando en uno de los lugares en el que he sido más feliz, al que podré volver en el momento en el que me sienta más segura del presente. Debería haber vuelto hace dos años, pero entonces no me parecía necesario. Había otros lugares.

Es una pizzería. Una en concreto. Está delante de un hotel. El hotel tiene una pista de tenis y una playa. ¿Será esa la playa a la que más veces he ido en mi vida? No lo sé, porque me he dado cuenta de que ya llevo años en otra vida y que cada vez es más larga, y que un día superará a la anterior, o quién sabe, tal vez empiece otra. 

Puedo oler los pinos que rodean la pizzería y también el horno de leña, y los bordes de la masa crujientes. Me encantaban. Y los manteles de cuadros y las jarras de barro llenas de sangría fresca. Y el olor a after sun en la piel, y el pelo mojado, a las nueve de la noche, después de un día de playa. Y la cuesta, llena de murciélagos, y la música de los bares con algunos de turistas ingleses, fuera de temporada, y las actuaciones en directo de imitadores de Elvis. ¿No te parece un lugar feliz? Yo tenía 5 años, 10, 12, 15, 18, 24, 27, 32. Todos esos y los de en medio. Un día, puedo llevarte. Tal vez. Quién sabe. Cuando el presente sea brillante y pueda volver sin temor a no encontrar el mismo lugar, porque no importará. Ahora sí importa. Me desmayaría en las escaleras, las de la entrada, de pura decepción.

He ido a ver a mis padres. He tenido fiesta en el trabajo. Mi padre ha encendido la barbacoa. Llamas de un color naranja intenso. Los chasquidos de los troncos ardiendo. A veces, me gustaría parirme, haberme parido y ser mi hija. Ser mi propia hija y llevarla a los sitios que me llevaron a mí de hija. Ser una hija dentro de una hija. Llevarme en la barca hasta la línea del horizonte, que nunca llegaba. Y te diría como me decía mi padre, que sí, que llegaríamos.

Mi madre está bien. La veo hacer las cosas de siempre. Pero a veces, cuando la miro, se me cruzan imágenes de diciembre, y la veo en aquella cama del hospital con los ojos cerrados, y me sube algo por el estómago, hasta el cuello y hasta los ojos. O al revés, de los ojos al estómago. Y siento miedo, miedo al futuro. No se puede pensar así, ¿verdad? O sí se puede. También recuerdo a mi abuela.

Me sentí sola en diciembre, frente aquella máquina de bocadillos, con los pasillos del hospital vacíos, y el gran ventanal, tanto que sentí cariño por aquella máquina de bocadillos porque estaba allí conmigo, dándome de cenar. Y le hice una foto, y he estado a punto de borrarla cuarenta veces, pero todavía la conservo. 

Me cuesta entender todo esto. ¿Soy un perrillo que se ha ensuciado de barro?

Háblame de tus proyectos, de tus planes, de si hay algún poema que deba leer. ¿Vendrás a verme? ¿Cuándo vendrás a verme? ¿Me conoces bien? Ojalá me conozcas bien y nada de esto te parezca demasiado intenso. ¿Me regalarás un disco de alguna banda jamaicana de rocksteady de los 70's? Lo pondré en cuanto me lo des y el último rayo de sol de la tarde ilumine la pared.

Se ha ido el sol y empiezo a tener frío en manga corta. Ah, es Sant Jordi. 

P.V.


Pd.: Escribe pronto. Mándame algo que pueda llevar puesto, una cadenita, una pulsera...  



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