lunes, 26 de septiembre de 2016

Ladridos

Oigo una carcajada al final del bus y pienso que la propietaria de esa risa sólo puede ser ma-ra-vi-llo-sa.

Me he pasado la parada, y cuando he ido a preguntar cual era la siguiente, el conductor le estaba dando un mordisco a un bocadillo de chorizo. Lo ha escondido para que yo no lo viera. Y le he dicho que no hacía falta, que comiera tranquilo. Tengo hambre, dice. Le he enseñado mi pase. ¿Tu padre es XXXX de Lutxana? Le digo que sí. Fue mi jefe. Dice. Y entonces, comete algo ilegal y para el autobús a una calle de las cocheras viejas. Paso por la puerta de hierro y me acuerdo de mi padre y de ella. Y me parece curioso mezclar dos recuerdos tan distintos en un mismo lugar. Aunque no es raro del todo, creo que el nexo son las pelotas de ping pong de mi infancia. Es como ubicar pedazos de memoria en lugares que no son los originales.

Puede que continuamente haya vivido, y siga viviendo, en temporadas que son como el verano de los 12 años, seguidas de temporadas que son como el invierno de los 13 años.

Ayer me peleé dos horas con la bici para instalar el soporte del candado. Porque ya estoy preparándome para la llegada de Queer, que de momento ese es su nombre, así la ha bautizado L. Me hace ilusión que ella sea su madrina. Le tengo que buscar una tía. Una tía de tía, no de tía de tía. Cuando Queer vaya en la mochila no puedo llevar el candado. Queer es mi primer compromiso real desde hace tres años. Pensando en ello, me he dado cuenta de que últimamente he huído de compromisos reales, pero con disimulo. Es decir, he querido establecer compromisos imposibles o practicamente inalcanzables. Es un modo indirecto de huir de ellos. Este autoanálisis es un poco chapucero. Queer va a ser un ancla. Tendré que sacarla a pasear y darle de comer y quererla mucho. Es como estar esperándome.

Vamos a ser dos en casa. Una perraca y una perra.