22 de diciembre de 2014

Brazos de árbol

Hoy he cambiado el metro por la bicicleta. Hacía frío, pero el sol era tan bonito que no he querido esconder la cabeza. A la vuelta, he decorado un poco la casa con adornos navideños. Algunos los he hecho yo misma, mientras cocinaba un guiso con sepia, que la verdad es que estaba muy rico. Una amiga pintora me hizo un regalo hermoso y me acompaña todos los días. Dibujó a una mujer desnuda con brazos de árbol en mi pared. También me está enseñando a perderle el miedo al papel, a ensuciarlo y a modificarlo. Me dijo que esa mujer estaba creciendo constantemente.

El vecino de abajo está tocando el piano. Una canción bellísima. El otro vecino se va a Madrid, porque de allí es su familia. Yo me quedo aquí, donde está la mía.


21 de diciembre de 2014

Tercer invierno de 2014

Hoy me he despertado y no tenía leche. Tenía una sepia y una mandarina. Sí, porque fui a la pescadería y me compré una sepia. Y me la dieron en un sobrecito como si fuera una carta. No calculo bien los alimentos que necesito.

Alquien ensaya con la batería. Se ha puesto música jazz y toca encima. Yo estoy al sol. Él es guapo y toca la batería. No le veo.

He vuelto a ver Cosas que nunca te dije y me gustó más que ninguna otra vez. La primera fue en el cine con una amiga por la que sentía atracción. Sus padres tenían una ferretería en Sants, creo. Teníamos 16 años o así. Y yo me pegaba a ella como un imán. Y se me pegaban los tornillos y las tuercas que vendía su padre. Probablemente no entendimos nada pero nos gustó. La segunda vez la vi después de un desengaño amoroso, pero a los tres días, o menos, me enamoré de nuevo y fue muy feliz. La tercera vez fue el otro día, en mi casa. Hace dos días.



20 de diciembre de 2014

Un refugio de viernes noche


A veces, los discursos optimistas me dan grima. Sobre todo los míos, como el de ayer, es para darme dos hostias. Y los pesimistas me dan rabia. En ambos casos, se enciende en mí una llamita de ilusión.

La desilusión es una palabra maltratada. Es triste. No se puede hablar de desilusión o de tristeza en estos tiempos, tampoco de ilusión, porque es de ilusos, pero sí de operarte las tetas. Está más aceptado socialmente operarse las tetas que desilusionarse o ilusionarse.

Hoy he escuchado cómo hacían el amor mis vecinos. Me ha hecho gracia que alguien tenga sexo en el edificio. Gritaban como hombres salvajes, daban golpes y decían joder, joder... dios! "Joder" siempre es el principio de una frase inacabada. Me empiezan a caer bien estos dos. Me he bebido una cerveza bien fría y he fumado mientras ellos estaban a lo suyo.

Hoy he tenido un sueño húmedo. Estábamos en mi casa de la infancia, en el barrio de Sant Andreu de Barcelona. Había una estufa encendida. Qué mal. Había un montón de gente, como si fuera Navidad o un cumpleaños.

Me parece bien dar cuando no se espera nada a cambio. Pero, no nos engañemos, siempre se espera una pequeña recompensa. Sentirse bien ya lo es.

Cuando llevo un rato leyendo un libro y estoy muy emocionada, pospongo la lectura en cuanto hay una frase que me atrapa o me abre mundos. Pienso, en otro momento, en otro momento, puede esperar... Es como la promesa de hacerte un super huevo frito con patatas fritas algún día.

Hoy me ha pasado una cosa en el metro. He visto a una chica muy mona en el andén, castaña clara, con reflejos anaranjados, con un bolso de tela, unos vaqueros muy ajustados, unas martens, o similar, y un abrigo verde militar. No es una canción. Ella me ha mirado a mí, supongo que los zapatos (aunque me queda la duda de si algo más), porque molan, tienen la suela azul eléctrico. Se ha subido en el mismo andén que yo. Perdón, digo que se ha subido en el mismo vagón que yo. Se ha puesto justo frente a mí. Ambas nos sujetábamos en la misma barra. Ha habido un momento muy largo, larguísimo, toda una parada, de Joanic a Verdaguer, en la que su mano mullidita y de piel blanca estaba rozando la mía. He sentido su calor en apenas unos centímetros de mi piel, muy dulce, muy de tarde en un parque o en un banco, de los de sentarse no, de los otros, una tarde en un banco sacando un millón de euros. No podía creer que no apartara la mano. Me he sentido un poco tío guarro, la verdad. Pero qué va, era muy inocente. Ha habido un segundo en el que he pensado, joder, como el "joder" de mis vecinos. Estaba en la gloria.

He sido yo la que ha movido un poco la mano para evitar el contacto. Pero entonces, el tren ha frenado bruscamente y después del vaivén, no sólo me tocaba su mano, también su pierna.Y yo sin moverme. Aquello ya era de tío muy guarro. Al final me he sentado: si ella no se estaba dando cuenta de nada, era una tortura injustificable.

Todo esto pasaba sabiendo muy bien que no voy a volver a enamorarme.

Qué soledad, la de las entradas de blog largas en viernes. Parece que no tenga amigos.

18 de diciembre de 2014

postales


Una amiga me ha mandado esta postal tan mona. Es muy práctica porque puedes colgar el jersey en el árbol de Navidad, si te apetece, o ponértelo, si mides 5 cm o así.

Hoy me siento renovada y fuerte. Estoy contenta, aunque las cosas no están saliendo como yo esperaba. Pero voy a darme un respiro.

Un amigo se va de Barcelona después de 12 años. Ha sido una decisión difícil para él, pero me ha gustado su proceso: paso a paso y dejándose llevar por los descubrimientos. También he conocido a alguien que acaba de llegar a la ciudad. Así que hay de todo.

Voy a compartir mi piso pero todavía no sé con quién. Ya iré viendo.

17 de diciembre de 2014

14 de diciembre de 2014

Una canción express e inevitable

El domingo pasado, después de nadar, fui al cementerio a dar una vuelta. Allí estaba yo con mi bolsa de deporte y el bañador dentro, todavía húmedo.
Lo recorrí casi todo, hubo un momento en el que pensé que me había perdido. La isla de los panteones era espectacular. No sabía que tenía un cementerio tan bonito y tan cerca. Admiré la majestuosidad, pero me emocioné más con los nichos de la gente con nombre y apellidos repetidos y fotografías de cuando estaban vivos. En una había un chico subido a una moto, en otra una mujer muy bonita tocando una guitarra. Vi un retrato de un matrimonio de viejecitos adorables que miraban a la cámara sonrientes. Una carta, un barco de juguete, una postal amarillenta, un pañuelo. Los nichos de los gitanos eran una explosión de luz y color. 
Me gustó estar allí contemplando todas aquellas historias desconocidas y únicas. Seguí a un grupo de chicas, creo que hermanas, para encontrar la salida. Una le decía a la otra: ahora nos vamos a hacer el vermut. Ay, me hubiera encantado irme con ellas. Qué tontería.

Los hijos únicos hablamos mucho a solas, como es natural. Nuestro referente era algo parecido a un espejo. El espejo no hablaba jamás mejor que nosotros ni peor, supongo. Tal vez sí. Aprendíamos a la par. O tal vez no. El aburrimiento era infinito por la tarde, el silencio de la casa, los fantasmas del pasillo... hasta que elaborábamos un plan con el espejo, el plan de hacer del lavadero un lugar increíble, entre las pinzas de tender y la cortina de plástico. Un lugar hermoso y único como llegar a primera hora de la mañana a una playa de arena blanca, como la lluvia en febrero, como tumbarte bajo el sol sobre la hierba de un parque, como ver a lo lejos la estatua de la libertad, como descubrir que hay algo inmenso que se expande cada vez que tomas aire.

No sé qué me pasa hoy, pero es bonito.

Ayer improvisé esta canción frente a la cámara, hice un par de clics. Eran las dos de la mañana. Me la estaba inventando en ese instante. Este tipo de momentos en chándal que no van a ninguna parte son magníficos para mí, son parecidos a reconvertir el lavadero en otra cosa.