Una paloma se colaba por la rampa cuando he entrado en el parking del hospital. Una rampa interminable, en espiral y en pendiente.
La operación de mi madre ha durado cinco horas. Mientras esperaba, he estado mirando por el ventanal. Se veía toda Barcelona y, al fondo, el mar. Una vistas preciosas y relajantes. Ya sabéis que me conmueve la belleza en lugares insospechados.
Cuando han acabado, he hablado con el cirujano. Había ido todo bien.
Me he quedado en los pasillos de la UCI esperando a que pasara la camilla de mi madre. La he visto. Iba diciendo "quiero que mi hija esté contenta...". Y se la han llevado.
Al cabo de un rato, me han dejado entrar a verla. He estado mojándole los labios con una gasa.
Le he dicho a mi madre que estaba contenta y me ha sonreído. Me ha dicho que podremos volver a ver cómo se abren las flores que pusimos el otro día en el jardín. Hemos llorado un poco.
La enfermera, que tenía unos ojos preciosos, como de verano, ha entrado a ver cómo estábamos.
He salido del hospital muy tarde y ya casi no había gente. He bajado al parking y una paloma se paseaba frente a mi coche. Me he quedado unos minutos dentro, con las luces apagadas y las manos sobre el volante, mirando a la paloma. Sabrá salir, ¿no? Me he angustiado un poco.
He cruzado la ciudad vacía, en silencio. Viendo cambiar los semáforos de rojo a verde, de verde a rojo. Ya en mi piso, mi perra me ha recibido moviendo la cola y lloriqueando.
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