(He guardado este post en borrador casi dos meses porque me emocionaba mucho)
He llegado hace media hora. Mi perra está olisqueando las sandalias para saber dónde he estado. He subido en coche hasta el Paseo de Verdum. Nou Barris es un distrito que nació con las familias andaluzas, aragonesas, extremeñas, gallegas... que llegaban a Barcelona. Es una de las cunas de lo xarnego. Nosotras somos las nietas 100% catalanas pero con orgullo xarnego. Las que de pequeñas veraneaban en la Costa Dorada y no en la Costa Brava, que era la cara. Yo entendí perfectamente el discurso de Eduard Sola en los premios Gaudí. Un discurso que levantó la polémica porque se confundió la intención y porque la realidad de cada uno es distinta. Eso lo comprendo.
Hemos puesto en venta el piso de mis abuelos. Creemos que es lo mejor. Que lo habite alguien que le dé una segunda vida, que lo convierta de nuevo en un hogar. He ido a despedirme de esa casa en la que pasé tantas tardes cuando salía del colegio. Hace cinco años murió mi yaya; hace seis meses murió mi abuelo. Hoy he sentido que, al despedirme ese lugar, al saber que ya nunca más voy a volver a poder abrir esa puerta, era un adiós definitivo.
Las casas guardan el calor de las personas que vivieron en ellas. Y los objetos, esos que en la vida diaria, en la rutina, sencillamente son cosas que te acompañan, se convierten en símbolos y en transmisores de recuerdos, momentos y de otras vidas.
Me he llevado la vajilla de mi abuela porque le tengo mucho cariño. Esos platos blancos con florecillas azules son mi infancia. Están como nuevos, los voy a usar a diario. Mi madre me contó que los compraron en los "bazares del puerto". Aquellos "bazares del puerto" ahora son supermercados 24 horas y tiendas de souvenirs para turistas.
También me he llevado el costurero de mi abuela. Lo he abierto y he visto que había algunas agujas enhebradas. Es la huella de alguien que ya no está y a quien quise mucho. Esas agujas enhebradas por mi abuela, y que siguen aquí, me han conmovido. Pensar que les enhebró ella me ha roto de emoción. El costurero estaba dentro de la máquina de coser. Inmediatamente he escuchado el sonido del pedal. Toda la tarde cosiendo, mi abuela se pasaba las tardes cosiendo, y yo, mientras tanto, viendo los dibujos animados. Recuerdo mucho a un personaje del barrio sésamo que era una especie de Conde Drácula que te enseñaba a contar con acento extraño. Cada vez que nado, cuento piscinas junto aquel conde drácula de trapo.
Mi madre no quería llorar, pero al final no ha podido evitarlo. Se ha emocionado con las copas de cava, las que usábamos en las navidades para brindar, y también con las sábanas bordadas de algodón. Me quiero ir de aquí, me ha dicho.
He encontrado una foto mía con una estampita de la virgen de Montserrat pegada con celo por detrás. Ese tipo de cosas eran muy de mi abuela. Me he llevado, también, el transistor de mi abuelo, por si vuelve a haber un apagón.
Sinceramente, despedirme del hogar de mis abuelos me ha desarmado. Y mientras volvía en coche, bajando por la calle Espronceda, todavía llorando, veía a a la gente en moto con sombrillas y toallas al hombro, hacia la playa, hacia mi actual barrio, como un domingo cualquiera de verano. Y ese contraste me ha hecho pensar en que es esencial dejarse llevar por lo que te emociona.
Las agujas enhebradas, lo manteles blancos guardados en el cajón, la máquina de coser, el interruptor de la luz de la cocina, la cuerdas de tender, el timbre, el piso 3º 3ª, el buzón con el nombre de mi abuela y de mi abuelo, todo eso me ha hecho sentir vulnerable y viva al mismo tiempo.