Ya no digo "voy a casa de mis padres", ahora digo "voy a casa de mi madre". He adaptado enseguida el lenguaje. Las palabras enfocan la realidad como una cámara. La encuadran buscando algo de coherencia narrativa, de verosimilitud.
Estoy pasando más tiempo con mi madre, quedándome a dormir alguna noche de la semana. Ahora ya no voy solo los domingos a comer. Volver a habitar, aunque sea a ratos, la casa de mi adolescencia (y de mis "veintialgos") es una sensación rara, como de vuelta a lo esencial, como si me quitara por un rato la máscara —pero siempre queda alguna bajo el brazo. A menudo tengo la sensación de que es Nochebuena o la tarde de la cabalgata de los Reyes Magos. Tengo muy asociada la época navideña con quedarme a dormir en casa de mis padr... de mi madre.
Echo de menos a mi padre. Mi padre. Con sus zapatos siempre nuevos. Ahí siguen, en el zapatero. Los partidos de tenis sonando en el televisor me recuerdan a él y me acompañan. Lo siento cerca de mí cuando la pelota golpea la raqueta. Cuando hay un breakpoint. Cuando hay una dejada espectacular que deja sin aliento al contrario. Cuando una volea define el set. Cuando hay doble falta. Cuando es punto de partido.
A mi padre se le daba muy bien el tenis, pero no éramos ricos ni nada de eso. Aprendió a jugar cuando era pasante de un abogado al que también le gustaba. Recuerdo ser pequeña y verlo vestido de blanco, cargando una bolsa de piel marrón por la que asomaba la raqueta. Esa bolsa de piel era preciosa y la conservo. Tuve una época en la que iba al gimnasio con ella, pero era demasiado bonita, la verdad. El día de su funeral leí unas palabras y se lo conté a todo el mundo: mi padre jugaba bien al tenis.
Yo estoy aprendiendo a jugar a pádel, que he descubierto que no es solo un deporte de divorciados. Juego con dos chicas de 17 años, que siempre están de exámenes, y con una de 37 que siempre llega corriendo de la oficina. Somos un cuadro. Al principio, nuestro profesor se desesperaba. Ahora ya no porque, de repente, las cuatro hemos mejorado bastante. Voy a clase religiosamente. Solo falté un día. Recuerdo que a la semana siguiente el profe me preguntó, "¿por qué no viniste el martes pasado?", me acerqué y le dije flojito, "porque murió mi padre". Me dio un abrazo.
Yo soy buena subiendo a la red y también luchando por llegar a pelotas que parecen perdidas.
A veces me siento en transición, como en un espacio liminal y entre muchas puertas. Entre la pena y la pérdida, entre las preocupaciones del trabajo, entre el temor, la incertidumbre, y la alegría desbocada de seguir con la vida y sus paisajes: los cerezos en flor, los lirios que siempre vuelven a crecer, mi perra en la playa, la luz de una gasolinera en medio de la noche, mis manos al volante, los brindis con vino, las palabas escritas a mano, los mañana, el pelo desordenado, la llama azul del calentador, las duchas de agua caliente.