jueves, febrero 19, 2026

Rituales y hechizos

El terrado de la señora Carmen parece otro desde que, hace unas semanas, se tuvo que ir a vivir a una residencia de ancianos. Antes, la veía salir cada mañana con su bata azul, caminando despacio y balanceándose, a tender la ropa. Sinceramente, no creo que pusiese lavadoras por necesidad, era más como un ritual, como un homenaje a algo o a alguien.  No nos conocemos de nada, solo de vernos por la ventana y de que un día me pidió el teléfono "por si pasaba algo". 

He hablado con ella dos veces desde que se fue a la residencia. Me dijo que echaba de menos su terrado. Y yo echo de menos verla allí desde la ventana de mi cocina. Mañana la llamaré. Quiero saber si ya se ha adaptado a las rutinas de la residencia y si ha hecho amigos. Aunque ya me dijo que "ella era muy especial para eso de las amistades..." No le gusta demasiado estar allí. "Echo de menos mi terrado, mis lavadoras", "han vaciado todo el piso", "mis sábanas", me decía. Qué duro debe ser despojarse de todo con 98 años. Sí, obviamente, me estoy proyectando en esa vejez, esa soledad, ese abandonarlo todo. Aunque, desde que murió mi padre, recuerdo muchas veces que debo cabalgar las alegrías salvajes, no dejar que se escapen, subirme al tren, estar atenta a todo lo que prende la llama, seguir ese camino.

Hoy he aprovechado yo para salir al lavadero a tender, porque hace un viento en mi barrio que se te lleva. Se lleva los pensamientos que no están bien anclados, se lleva las penas antiguas, se lleva las dudas tontas, se lleva el polvo. 

No se lleva los besos de Maria ni su mirada encendida. No se lleva nuestras tardes infinitas de sábado sin ver la calle, porque no nos interesa nada de la calle, la calle que se la queden los demás. Solamente nos interesa lo que ocurre con nosotras en la cama. Nuestros cuerpos buscándose, mientras fuera va cambiando la luz, como en un hechizo.


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