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metro nuevo, metro viejo

Hace un par de meses, cuando nuestro metro se cruzaba en los túneles con aquel tren nuevo, acabado de estrenar, todos los del vagón viejo poníamos cara de envidia. Se nos notaba. Dejábamos de dormir o levantábamos la vista del libro y mirábamos por la ventanilla, asombrados, arrancados de la realidad por la visión de una máquina blanca, un rayo de luz.

Lo veíamos pasar, pegado a nuestros vagones viejos, dejando la minúscula distancia en paralelo, insalvable y cercana, pero suficiente para que todos nos sintiéramos condenados a subir siempre en los vagones viejos. La estela de preguntas era inevitable: ¿Cómo será ir en el nuevo? ¿por qué no nos toca a nosotros? ¿por qué siempre vamos en el viejo?

En cambio a mí, desde hace ya unas semanas, me toca el metro nuevo al menos una vez al día, casi siempre en el viaje de vuelta. Es amplio, luminoso, inmaculado. Es precioso. Tengo mucha suerte.

El metro nuevo pasa a recogerme... insisto, el metro nuevo pasa a recogerme...

Se parece a ella. Entonces... ¿podríamos afirmar que ella está como un tren nuevo?

(he actualizado mi móvil-foto-blog*)

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