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desayunos (I)


Los desayunos me traen suerte, incluso para la noche del día de antes.

Después de cenar con Cristina y despedirnos justo delante de donde vivímos juntas hace seis años, toqué el piano de cola que había en el café del hotel. Lo intenté con una de Van Morrison y seguí con una melodía improvisada. Las notas preguntaban,"¿sigues feliz?, ¿sigues feliz, flaca?". Sofía me hacía fotos y sonreía orgullosa. El camarero agitaba una coktelera y nos ínvitó a las copas por haberle alegrado la velada de huéspedes serios. Lo eran. Una lástima no haber aprovechado la noche en la que no estaba el metre, podríamos haber bailado encima de la barra.

Ya en la habitación, Sofía sacó las botellitas de licor del mini-bar, y muy concentrada, las puso en fila. Se trataba de una regresión a los clicks de playmobil. Yo la miraba fascinada y le hacía fotos, como en un safari. Y allí, asomada a un trampolín que acumula el vértigo detrás, dejé el miedo en las escaleras.

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