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el diccionario

Siempre me acerco despacio, casi con miedo, con recelo. Adorábamos aquel lugar, quizás por su belleza ordenada, su porte paciente, sus brazos abiertos y la fuerza del mar a sus espaldas, siempre de espaldas, como si nos importara poco el horizonte.

Nos gustaba aquel banco del paseo y nos encontrábamos allí algunas mañanas. Dedicábamos las horas a intentar entendernos. Tú me decías y yo te decía, sin comprender la mitad de las cosas. Pronto descubrimos que hablábamos, palabra sí palabra no, con una lengua inventada. Si apoyaba la cabeza en tu pecho y sentía tú voz en mí, entonces sí te comprendía. Y a ti te sucedía lo mismo.

Un día propusiste hacer un diccionario con nuestras palabras. Sin duda aquello nos ahorró más de un mal entendido. Y disfrutábamos de nuestro descubrimiento, lo amábamos, y nos divertía añadir nuevas entradas con sus nuevos significados. Con el tiempo, y por el uso diario, nos aprendimos de memoria el diccionario inventado. Y era un alivio no tener que estar siempre buscando, pasando páginas...

Al final... aquello que tanto nos fascinaba, pasó a ser algo corriente y cotidiano, e incluso, a veces, nos quedábamos sin hablar, no sé si intentando inventar más palabras o pensando en las que ya estaban. Y a un día de silencio, le seguía otro en silencio, y otro y otro y otro y otro.

Será por eso que ahora me acerco despacio, con desonfianza... al lugar que nos vió alejarnos cuando nos habíamos alcanzado, cuando nos comprendimos del todo. Quizás dé miedo su belleza ordenada, su porte paciente, sus brazos abiertos y toda la fuerza del mar a sus espaldas.



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