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café

Se va a la parte trasera de la librería, porque llega la hora del descanso, y su compañera se queda en la tienda. Abre el periódico, lee los titulares y las columnas de opinión. Entre la cortina ve la entrada y espera que suene la campanilla de la puerta como cada mañana a esa hora.

Otro día más está esperando que entre Eva, que se dé una vuelta por las estanterías y lea la contraportada de algún libro de tapas blandas. No sabe si Eva es consciente de que la ve, de que está allí, a poca distancia, pero el recorrido de apenas diez pasos se hace largo, como cuando olvidamos lo que hemos soñado y las imágenes son absurdas y sin sentido, lo mismo. Los pasos, ¿qué son diez pasos? pero no acortan nada. Y sigue mirando a Eva que está a un segundo, el mismo segundo que separaba su piel de la de ella, y era sencillo cruzar con los labios y morder los hombros del tiempo, o eran los de Eva, bueno, que más da.

Se prepara un café y empieza a darle vueltas con la cucharilla. Lo nota, el azúcar se posa en el fondo, no se diluye, no se disuelve, se queda allí, latente, como ella añorando a Eva. Ya ha entrado.

A veces se pregunta qué puede hacer. Si debe seguir aguantando la respiración y parecer inmóvil cuando todo grita dentro. ¿Puede ser que Eva haya olvidado que Paula sigue trabajando allí?

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