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la palabra del cajón

La guardaba en la mesita de noche. Había una palabra en el fondo del cajón, junto a los bolígrafos que dejan de funcionar y las entradas de cine.

La palabra no era inútil por sí sola pero no podía dejarla escapar por cualquier tontería. Prefiere guardarla.

Como pasan los días en un papel, pero no tan rápido, volaron los meses en paracaídas con sus demostraciones acrobáticas de calendario. Un tiempo que pasaba, y no era en vano, porque se daba cuenta de todas las cosas que hacía, cuando le escribía cartas a David y le faltaban folios, y añadía frases entre línea y línea, tartamudeando, con las ideas amontonadas y sin espacio.

Una mañana de nubes bajas decidió darse un capricho, un impulso que encaminara su propósito. Decidió acercarse hasta la tienda, pero esta vez no sólo contemplaría el escaparate, entraría dentro, se aclararía la voz y con seguridad pediría una T. El hombre que estaba detrás del mostrador, iba hablando mientras miraba las estanterías
- ¿T de Te quiero va bien? han salido bastante buenas porque son las que más vendo.
- No, mira, dame una T más ligera...no sé...una T de tornillo o de tomate, con una de esas me arreglo.
- Muy bien. Sí, de esas tengo muchas porque no me las suelen pedir.
- ¿cuánto es?

Salió de la tienda como si llevara un crucifijo bajo el brazo y de camino a casa se paró en el super a comprar pasta de dientes y tiritas, porque le gustaba estrenar pasta de dientes y tiritas en los viajes. Por la tarde, haría la maleta para ir a ver a su hermano a Venecia. Un fín de semana muy corto pero suficiente para que Miguel le explicara los nuevos proyectos de la universidad y todo lo que había estado haciendo ese último año.

Durante la cena del sábado, Miguel le recordó la última vez que estuvieron bebiendo vino como entonces. Y en los cafés, intuyendo que no se iban a volver a ver en mucho tiempo, le dijo con voz de despedida "Te vas a tener que llevar una V de Venecia, de souvenir"

Y le hizo caso.

Cuando llegó a casa, sacó la V de la maleta, y la puso al lado de la T, que aún estaba encima de la cama.

Un par de semanas más tarde, viendo que la V y la T no podían ir solas y que no tenían sentido la una con la otra, se acordó del cajón y de la palabra que guardaba junto a las entradas y los bolígrafos sin tinta.

Puso la palabra frente a la V y la T.
Se las quedó mirando un rato.
Y ya sabía como utilizarlas.

Escribió en un papel la palabra que guardaba.
Le añadió dos E a la V y a la T, muy parecidas a un peine.

Y por fín, viéndolo todo muy claro, muy claro, muy claro, pudo decir, sin tener ninguna duda: Vete a la mierda.

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