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capítulo IV

Querida hija Ingrid,

Hoy he escrito más de tres cartas y todas importantísimas, a tu tía María, a mi abogado y a mi socio. Como verás, mi humor es algo rebuscado.

Desde que estoy en esta ciudad del futuro tengo unas ganas terribles de escribir.

El Ministerio de Medio Ambiente ha prohíbido el papel para poder conservar los bosques, y el de Sanidad prohibe tener libros en casa porque acumulan polvo y agravan las alergias. Así que son piezas de museo, están en grandes bibliotecas con estanterías inalcanzables. Tendrías que verlo, se pierde la vista. Eso sí, podemos escribir e-mails desde cualquier lugar, porque la ropa lleva internet incorporado y sin darte cuenta, te quitas la bufanda y estás enviando un virus a todos tus contactos. Y no sólo eso, en estos momentos podría proyectar mi imagen en el cielo y me verías desde cualquier lugar de la ciudad. No sabes lo fácil que es encontrarse, pero aún sirven las excusas de "pasaba por aquí" o "te ví desde el aerobús". Todos los enamorados miran hacia arriba buscando señales de sus amantes.

Gracias a mi amigo Smith, conseguí papel, sobres y sellos. Yo sólo tengo que llevar las cartas al puerto, pasada la media noche, y dárselas a un tipo flacucho que siempre lleva una antigua gorra de cartero. Es mi contacto. Las cartas zarpan contra viento y marea, somos los nuevos rebeldes.

¿Reduerdas las cartas de la gitana? Me dijo que conocería a Edel, que siempre estaría en mi destino conocer a Edel. Pues ya la he encontrado, está en este futuro. Llena todos mis pensamientos puntualmente, pero dice que no quiere saber nada de mí, aunque no deja de proyectarse en el cielo para que la busque. Ya he visto todo lo que quería ver y tengo ganas de volver aunque Edel vuelva a ser algo por conocer.

Mi niña Ingrid, espero que tus sueños sigan siendo pequeños para que puedas abrazarlos mejor.

Queriéndote,

Pedro Garcia Viñuales

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