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II o III capítulo: El Doctor Reixa

El Doctor Reixa se encierra en casa después de trabajar. Se encierra en cualquier casa posible, la única condición es que tenga puertas, y todas las casas suelen tenerlas. Se encierra para que no se escapen sus ideas, que según él van y vienen y se rigen por alguna ley desconocida. Por eso, la casa del Doctor Reixa la imagino como una gran fortaleza repleta de buenas y malas ideas, que vuelan con alas de mariposa entre las tazas de te y los innumerables libros que se amontonan por todos los rincones, incluso en las estanterías -aunque parezca mentira- incluso se amontonan en las estanterías.

Los cuadernos del Doctor Reixa siguen un orden estricto, un orden basado en la regla más antigua: La armonía del tiempo. La primera colección de apuntes es de hace veinte años. El año en el que Miguel Reixa intuyó que si debía ser fiel a algo, sería a los dictados de su corazón. Y ahora su corazón lo llevaba directamente a la habitació 111, la habitación del miedo *ú ú ú, la de la paciente Paula Lorente, ingresada por herida de bala, aunque todo el mundo sabía que lo del atraco al banco era mentira, y la dolencia de Paula no eran más que pequeñas cisuras leves en el corazón, leves sí, pero rotura a fín de cuentas.

Era absolutamente necesario tener en cuenta, para el estudio del caso de la paciente, a la Srta. Ingrid, no por su belleza absolutamente indiscutible, absolutamente necesaria para el mundo diría él, sino por el ceñidísimo vínculo afectivo que se había creado entre ella y la paciente Paula.

Con la Srta. Ingrid había compartido intensas charlas sobre las mareas y el llanto de los perros al anochecer. ¿Por qué lloran los perros? Ingrid siempre acababa preguntándole si él sabía por qué lloraban los perros. No un perro, o su perro, o el del vecino, sino los perros, en general, ¿por qué motivo lloran todos los perros del planeta?. También hablaban de los viajes del padre de Ingrid, un hombre adinerado e ingenioso, que se hizo rico al inventar la almohada contra el insomnio. Lo que él no sabía es que su propia hija Ingrid sería la causa de la excepción que confirmase la regla. El Señor Viñuales, más conocido como el padre de Ingrid, decidió gastarse toda su fortuna viajando a los lugares más recónditos de la Tierra. Porque, alguien sabe donde están las maravillosas aguas transparentes de Costa Lucía? O la secretísima aldea de Irenesuña? o la preciosa Isla de Mireyoytu? él no lo sabía, pero Ingrid , o mejor dicho, Pedro Garcia Viñuales había estado allí, y como prueba de ello estaban las fotografías que ella le enseñó esa misma tarde.


Lo mejor de todo es que Ingrid impregnaba la habitación 111 con almíbar dulce. Cuando entraba las esquinas dejaban de precipitarse al vacío y todos los bordes eran suaves y redondeados, las líneas rectas serpenteaban como veredas que siguen a los ríos, como caminos misteriosos en los bosques. La habitación se impregnaba con la imposible Ingrid a distancia, siempre silueta lejana, con los hombros paralelos al horizonte, un inifnito que él pensaba que Paula debía alcanzar algunas veces, apenas unos segundos, cuando Ingrid y ella se besaban en los labios.


*u: Uno, en català

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