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Felicísimo

imagen lavadora

Felicísimo vivía en las casas bajas, cuando vivir en casas bajas no era de ricos, sino de pobres. Aficionado al vino, muy aficionado, y a no ir al trabajo, subía a Finita de 8 años encima de una mesa y decía "Ahora va a cantar mi nieta". Felicísimo tocaba la guitarra y le tocaba el culo a Carmen, Carmen la seria, Carmen la de la mala leche, Carmen madre de cinco hijos. Carmencita.

Felícisimo no era vago, pero no le gustaba tener jefe, ni madrugar, ni tener un horario, ni irse pronto a dormir. No es mentira que Felicísimo se hiciera daño a próposito en el trabajo para no tener que ir al día siguiente, y tampoco es mentira que se echara sal en la herida para no tener que ir ni al siguiente ni al otro ni al otro ni al otro... Claro, Felícísimo estaba muy marcado por su nombre, todas esas cosas podían hacerle triste y aburrido, ¿y que iba a hacer un hombre triste llamándose Felicísimo? Nada, nada...

Eso no quiere decir que no fuera trabajador. Era un hombre con ideas. Muchas ideas.

La mañana del 17 de Junio, de aquel año, se le ocurrió comprar una lavadora. Gastó todos sus ahorros, o más que ahorros, todo su dinero y compró la dichosa lavadora. Carmen se subía por las paredes "'¡este hombre se ha vuelto loco!¿este hombre nos va a arruinar!" Evidentemente, la historia se situa en una época en la que tener lavadora en casa era un lujo de millonarios...

Con aquel electrodoméstico empezó uno de sus primeros negocios. A Felícisimo se le ocurrió que quizás si alquilaba la lavadora por horas a los vecinos del barrio, podía ganarse un dinero. Y así hizo. Pronto Felicísimo era el hombre más solicitado de la calle, las mujeres hacían cola en la puerta para alquilarle la lavadora. Aunque él casi siempre estaba en el bar.

El negocio creció y creció y Felicísimo tuvo que comprar otra lavadora más porque con una no tenía suficiente para atender a toda su clientela.

Llevaba el control de los alquileres y de las horas en una libreta pequeña, que Finita recuerda con toda claridad.

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