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el bar


La violinista entra en el bar con un cigarro en los labios y una funda de violín. Saca unas partituras y se sienta en la barra. Pide un café.

La cocinera ha salido y ha mirado a Eduardo. Siempre se miran y se sonríen. Soy la única que nota el flirteo entre Eduardo y la cocinera, tengo un secreto. Risitas, palmaditas y frases cortas que acaban en silencio. Ella es una mujer rubia, no muy alta. Se recoge el pelo y tiene las facciones dulces. Le voy a poner Cristina porque le brillan mucho los ojos. Desde que noté cómo le miraba, Eduardo me parece atractivo. Me gusta su nuca y su forma de decir "ya..." En vez de "sí" dice "ya..." Cuando Cristina pasa por detrás de la barra, Eduardo no se aparta y se rozan, yo diría que incluso saca el culo para rozarse un poco más. Es una relación de roces.

Después entra el chico alto y dice "lo de siempre, un café con leche y una pasta" Siempre especifica qué es "lo de siempre". Creo que ni él lo tiene demasiado claro. Luego se va al fondo y lleva un jersey blanco o yo lo visto así cada día. Pone cara de ensimismado y se le queda la boca un poco abierta. Tiene la barbilla algo echada hacia delante.

Vienen unas chicas que trabajan en una oficina. El otro día, la morena con el pelo rizado estaba llorando porque se había quedado sin trabajo. Me supo mal.

Willy me habla como un papá. Hola chata, cómo estás ¿un té verdad? ¿quieres que te traiga el periódico? Sí quiero. A Willy me lo llevaría a que me contara un cuento. Yo bostezaría de sueño y él diría ¿dejamos aquí el cuento? Tienes sueño. Sí, tengo sueño. En cambio, su hermano, que también trabaja allí, algunas veces me invita a fumar y me cuenta lo que ha hecho el fin de semana.

A todos ellos me gustaría tenerlos en una cajita o en una maqueta en miniatura, para acariciarlos con el dedo como si fueran figuritas de mentira.

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