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cuento

Justo cuando estaba a punto de arrastrar el lomo por la pared, gesto que suele hacer mi perro cuando está nervioso, aparecieron delante de mí una pareja de viejecitos, ella un poco más mayor que él, casi al medio de la calle. Una calle donde algunas veces, hacia el final final, yo encontraba el principio y también al ayudante del Profesor Modou, que repartía octavillas milagrosas a la salida del metro. Pero eso era en invierno. Parece ser que con el buen tiempo los milagros se hacen sin el Profesor Modou y sin pagar! y además, huelen a chicle.

Los viejecitos llevaban dos maletas rojas con ruedas, haciendo trocotroc trocotroc trocotroc por la acera. Yo iba muy preocupada arrastrando el lomo y concentrada en mis crisis de los miércoles, que esta semana, no sé por qué, empezaron el lunes.

En éstas, ví como los viejos se giraban hacía a mí y decían adiós con la mano y con los labios, sonrientes, más o menos jóvenes. Yo supuse que no era para mí la despedida, no los conocía de nada, pero al ver su insistencia, me giré para ver si había alguien más detrás. Y lo bueno es que no había nadie. Así que, por si aquello era una despedida, agité la mano y les dije adiós.

y es que...a mí también me pasa, me dan ganas de despedirme de todo el mundo, cuando me voy de una ciudad.

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