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descuelga



A menudo pasamos por la avenida del tibidabo en coche. Entonces, yo siempre saco la mano por la ventanilla y le digo a Sofía "aquí empecé a escribir..." Para hacer tiempo, para no dormirme, para acompañar la pasta de chocolate, para hablar con alguien que se dejaba rascar con la mina del lápiz, para explicarme. No sólo escribía allí, también en otra calle cercana donde un par de años después una chica me cantaría una sola palabra. Me acuerdo de ella más veces de las que quisiera, más que nada por comodidad emocional. Fue un tiempo intermitente, un tiempo para salir adelante, a mí aún no me había devorado el odio ninguna vez y jamás había insultado a nadie más de dos veces seguidas, tampoco había destrozado sillas a patadas ni se habían deshecho las paredes en mis ojos. Yo era de otra manera. Luego me convertí en una caja llena de copas de cristal. A veces me da miedo volver a sentirme tan sola como entonces. No debería escribir esto.

Me gustan esas noches nuevas, cuando Sofía y yo decidimos ir a bailar después de cenar y no avisamos a nadie porque no es un plan. Su casa me parece que está tan cerca de todo. Hasta el gran almacén inglés me parece un lugar acogedor.

Hoy he vuelto a mirar como se mueven las cortinas con el aire, y en eso no he cambiado, sigue gustándome, me he hecho una mascarilla con arcilla de nuestra playa preferida y me he puesto al sol como un tortuga que tuve hace unos años. Con el piano he sacado unos acordes y una melodía, pero me cuesta mucho hacer las letras... son demasiado concentradas, no tengo problemas con la primera estrofa ni con el estribillo, es la segunda estrofa la que me mata.

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