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Sombra que bebe, sombra que vuelve


Todos los discos parecen navideños en diciembre, sobre todo si son vinilos y suenan xilófonos, vibráfonos o glokenspiels.

El fin de semana se ha hecho muy corto, pero nuestras sombras se han divertido bebiendo un vino impronunciable, un Gwürztraminer. Podría ser una marca de trineo, un pintor expresionista amante de Alma Mahler o una uva alemana.

El amante de Alma fue el pintor Oskar Kokoshka. Alma lo dejó por un escritor de moda. Fue entonces cuando Oskar se hizo un maniquí a tamaño natural con los rasgos de Alma. Cuentan que una noche lo vieron acompañado de la muñeca sin alma en un teatro. Novias de mentira hay unas cuantas. Seguro que después de aquello, a Oskar dejó de gustarle la Navidad.

Aunque lo bueno de la navidad es recuperarla, que vuelva a gustarte. Que los balcones abarrotados de luces no se te caigan encima. Pero a veces no es fácil. Ante todo, evita llorar bajo una mesa.

Esta tarde he enchufado la guitarra eléctrica para componer un villancico. Sofía me está ayudando con la letra, pero aún no está acabado. La melodía ha surgido en seguida.

El viernes recibí una de sus cartas. Me envía cartas a menudo. 22 km no son nada pero el cartero tarda 1 día entero en recorrerlos. Es como si tuviera dos novias, una que me escribe desde una lejana expedición polar, y otra que baja por las escaleras, toda guapa, cuando llamo al timbre de su casa.

Las cartas siempre se guardan. Las cartas son para guardarlas.

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