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un rayo de sol


El viernes encontré en mi habitación un rayo de sol cruzando mi cama. Me tumbé para que me iluminara la cabeza. El pelo rojo me crece y me crece, ya hace más de dos años que no me lo corto. Fue casi una promesa. Me lo peina, me lo toca, me lo recoge, me lo enreda, me lo lava.

Cuando vivía en Girona me gustaba abrir la ventana y tomar el sol encima de la cama. Incluso me ponía bronceador. Las playas en casa son como las chanclas y los pantalones cortos en la ciudad. Son balcones destartalados, parasoles llenos de cagadas de paloma. Son como la piscina comunitaria del bloque de pisos donde vive Sofía, con el presidente de la comunidad en bañador y la chica mona del tercero en bikini con sus amigas. Cómo nos reímos con esas cosas.

Después de tomar el sol me iba corriendo al espejo para ver si me había puesto morena. Estirada en aquella cama y con los ojos cerrados, oía a las gaviotas del río que volaban en círculo y se acercaban a la ventana, siempre rondando, esperando pan. Aprendí a hablar con ellas, aprendí a berrear como las gaviotas. Oía los pasos de la gente sobre los tablones del puente, las campanas de la catedral. Oía a Cristina. Cristina siempre fue cristalina.


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