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melancoisla nº2: Si te escribes una carta



Me he levantado pronto y he desayunado fuera. Medio bocadillo de jamón dulce, mi preferido desde una tarde que me supo a gloria.

He leído la prensa por encima.

He limpiado el balcón porque estaba lleno de cagadas de paloma. Mi abuelastro siempre dice que las palomas son como ratas con alas. Yo las odio desde hace año y medio. De pequeña me encantaba darles de comer. Mis padres me llevaban los domingos. Me ponía el chupete hacía un lado, como cuando te molesta el bolso, y abría el paquetillo de alpiste.

Por la tarde ha venido mi padre con una especie de tabla llena de pinchos para ponerla en la repisa donde se posan las palomas. Espero que no se hagan daño, no es mi intención, sólo quiero que el cortejo lo hagan en otro sitio que no sea mi balcón y que no me despierten a las cinco de la mañana con sus arrullos y aleteos. Supongo que serán listas y al ver los pinchos se irán, a no ser que sea un palomo faquir. Por lo visto, el macho, después del apareamiento aplaude dos veces en el aire. A partir de ahora yo también voy a aplaudir. Me parece bonita la idea.

Luego he estado en la biblioteca. He escogido unos cuantos libros pero esta vez no he tenido suerte, ninguno me ha interesado. Me ha decepcionado mucho Nocilla Dream de Agustín Fernández Mallo. Tanto rollo para no entender nada. Tal vez si fuera adolescente me gustaría. En la adolescencia se leen muchos libros sin entender demasiado bien lo que dicen. Es necesario.

Ya he acabado la biografía de Diane Arbus y un cómic, El martín pescador de Luís Durán. Necesito un libro ya, la semana que viene me marcho otra vez de vacaciones. Tal vez imprima el borrador de la primera novela que ha escrito una buena amiga.

Echo de menos que alguien me lleve en coche. Siempre conduzco yo. Quiero ver pasar el paisaje y que otro decida cuando adelantar, cuando no hacerlo, cuando frenar, acelerar, cambiar la marcha... esas cosas.

Le he pedido a Victoria una semana más para entregarle la carta en la que debo explicarme una cosa. Sólo sé que me la voy a escribir desde alta mar, en un barco. Pero no sé como empezarla: querida mía, amiga, estimada, hola... después de todo este tiempo... he decidido escribirte esta noche desde un barco que cruza el mar. Me gustaría que imaginaras un mapa y una nave diminuta que se mueve por la parte pintada de azul. Ahí estoy yo, o sea tú, o sea, nosotras, o sea, no sé.




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