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La bola cada vez más grande

Sobre el ramo de flores que veo cada día en un semáforo de Barcelona, me preguntaba a qué hora del día debían cambiarlo para que siempre estuviera tan fresco y vivo. Es que vivo es lo que pienso cuando lo veo. Imaginaba a una señora, de madrugada, reponiendo el ramo y recordando a la persona que murió en el accidente. Siempre flores blancas. El viernes me fijé bien al pasar y me di cuenta de que eran flores de plástico. Flores de plástico blancas y con efecto de frescor, con efecto de gotitas. Que el ramo sea de plástico no le quita valor, pero yo ya estaba imaginando cosas. Me está bien empleado.

Mañana es lunes y no tengo ganas de nada. Y tengo anginas y me duele al tragar, y no quiero irme a dormir tarde pero ya es demasiado tarde, y ya no lo puedo remediar. Esto me pone triste, más que lo del ramo. He pasado una tarde de esas de antes. Una tarde vacía y aburrida, de las que ponen en las películas para que el espectador se sienta identificado y en el momento en el que ves las tardes tristes y asquerosas en las películas, piensas que no son tan tristes y asquerosas, es más, piensas que son muy heroicas y poéticas. Por ejemplo, otra cosa que ponen en las películas es la típica secuencia de la chica que se pasa la noche entera estudiando con una luz de flexo. Intercalan esas imágenes con la chica haciendo la compra o conduciendo, cosas que todo el mundo hace y que son un puto rollo, pero en las pelis parece muy guay.


Mierda, mañana lunes.



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