18 sept. 2013

1087. Los ingrávidos

Hoy he salido del mundo una hora y he estado leyendo Los Ingrávidos de Valeria Luiselli, que ha llegado hasta mí en el mejor de los momentos.

Prendí un cigarro en un rincón soleado y me puse a esperar a que pasara algo.
 Lo he hecho tantas veces. Siempre espero que la noche me traiga algo. A menudo sucede que esperas. Y nada más. Esperar es bastante arriesgado. Puedes perder tanto esperando.

Me gustaba caminar por la calle cargando un mueble. Es algo que ya no hago. Pero cuando lo hacía, me sentía una persona con propósitos.
Cargar muebles, pintar puertas, tapar antiguos agujeros en paredes que poco a poco empiezan a pertenecerte. Es un ritual. A los lugares no se llega sin más. 

Tenía una teoría que no sé si era mía pero me funcionaba. Los espacios públicos, como las calles y las estaciones de metro se iban volviendo habitables a medida que les asignara  algún valor y les imprimiera alguna experiencia.
Para mí es eso exactamente dejar postits en el metro.  Le estoy muy agradecida al metro por haberme cuidado tan bien. Ya de pequeña me encantaba el metro. Recuerdo con cariño aquellas diez paradas que recorría con mi abuela  cuando yo era niña. Muy muy niña. Para la vuelta, mi abuela me compraba croquetas calentitas. Estaban riquísimas. Yo me las comía en el vagón, antes de llegar a casa. ¿Sabes cuando vas en el metro y te invade una sensación de calma y sueño? Sientes que todo está bien.




La felicidad también depende de la cantidad de miedo que tengas. Mi padre solía decirme que el miedo estaba en un saco y que cada uno tomaba la cantidad que quería. Yo hoy he tenido algún momento de vértigo. De mirar hacia atrás y ver tantas cosas buenas, y mirar hacia delante y que todo sea una incógnita. Pero entonces he pensado, ¿y hoy? Qué pasa con lo que estoy sientiendo hoy. ¿Si no fuera por el antes y el después sería agradable? La respuesta es sí.  Pero es muy difícil llegar hasta aquí. Para mí lo ha sido y lo es. Puede que a otros les cueste la mitad dejar de pensar en tiempos pasados o futuros.

Ahora mismo soy mi propio comodín. Soy mi plan a y mi plan b. Si hay una excusa, la excusa soy yo. Estoy empezando a sentir un amor distinto por mí. Un amor que no depende de mis logros, hazañas o conquistas. Es algo así como tener un jersey favorito porque sí.




2 comentarios:

  1. Hoy precisamente he dedicado unos minutos a reflexionar sobre la nostalgia, me atravesó el pensamiento así como de repente porque recordé la foto que dejaste de la bici aquella con la pegatina de nostalgia, así funcionan mis mapas neuronales..el caso es que llegué a la conclusión (totalmente subjetiva) de que la nostalgia por tiempos pasados que nuestra mente nos presenta como mejores se debe a que aquello ya lo vivimos no existiendo así ni más peligros ni más certezas: aquello sucedió y punto. La incógnita del futuro es precisamente la que provoca que caigamos en una gran trampa adornando situaciones porque siendo honestos con nosotros mismos: ¿realmente fueron tan buenos aquellos tiempos? la amígdala cerebral más conservadora te responderá que sí pero no la escuches, precisamente esa parte del cerebro es la que envió una señal de peligro al ser humano cuando descubrió el fuego: imagina lo que hubiera sucedido si no hubiésemos vencido ese miedo.
    Buff perdona, por la parrafada...

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    1. Estás en lo cierto. Me ha gustado tu reflexión. Probablemente exisitieron los peligros, también en aquello que recordamos con nostalgia y que quisiéramos que pudiera volver a repetirse. A mí me entristece mucho ser consciente de que hay momentos que ya no vuelven a suceder o que no pueden alargarse. Eso me da mucha rabia porque es una lucha constante contra el tiempo y las fechas de caducidad.

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