Post 1016: fresas en un plato blanco




Me he metido en la cama a las 21 porque creo que me he costipado. Estamos en un mundo lleno de corrientes frías. Nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestro corazón se resiente con los cambios bruscos de temperatura. A veces pasa con las personas. Me gustaría no resfriarme por nadie y ser immune a los demás. Pero los catarros hay que pasarlos. Me apetece estar tapada, abrigada y tomar caldo calentito; leer un libro y quedarme medio dormida; tener un poco de fiebre y ponerme el termómetro; tomar medicinas que sepan a cuando me quedaba en casa porque tocaba saltar el potro en gimnasia; justificante. Me apetece todo eso. Y que me cuide Inés, que para el/la que no sepa de qué va todo esto, es un personaje que me he inventado para una novela. Pero es que Inés no sé si está preparada para

sssssssh creo que acaba de entrar en casa. Ha lanzado las llaves sobre el mármol de la cocina (tiene esa manía). Dónde estás? Pregunta Inés. Estoy aquí. Respondo yo desde la habitación. (Es mi personaje pero habla conmigo, es fascinante) Qué te pasa? Me dice desde la puerta del dormitorio. Que me he resfriado, le respondo. Deja que te toque la frente para ver si tienes fiebre. (Inés me toca la frente pero no sabe medir la temperatura con las manos, sabe hacerlo con los labios, pero no con las manos. Yo lo sé porque soy quien escribe sus movimientos, sus palabras y su vida.) No sé si tienes fiebre, es mejor que te pongas el termómetro. Dice Inés. Vale, ahora me lo pongo. Digo yo. Escucho a Inés en la cocina. Cazos, cacerolas, cajones que se abren, puertas. Vuelve Inés. He pensado en hacerte arroz hervido, ¿quieres? Me pregunta Inés (aunque el arroz hervido es para cuando estás enfermo del estómago pero no importa porque Inés se equivoca a menudo con esas cosas, pero la intención es más o menos buena).

Inés prepara arroz hervido para mí y albóndigas con tomate para ella. Como Lana del Rey. Canta una canción mientras lo hace porque está contenta, le gusta alguien o algo así. No sé aún quién, tengo que inventármelo. ¿Quieres fresas? Me grita Inés. Creo que no. Grito yo. ¿Qué?! Grita ella. Que creo que no me apetecen. Grito yo. Que te pregunto que si quieres fresas. Me dice otra vez desde coño desde aquí mismo, en la puerta de la habitación, qué susto. No sé si me apetecen. Pues piénsatelo.



post 2015: luna llena



La energía de junio se acaba. Hay luna llena. Se oye algún petardo en la calle. Estoy bebiendo un vaso de sangría en la terraza.

 Hoy he gabado dos vídeos: en uno se veía una hamaca vacía bajo el sol y en el otro una hamaca conmigo bajo el sol. Luego los he cortado y los he mezclado alternando segundos de hamaca vacía y segundos de hamaca conmigo. El efecto era algo fantasmagórico y también dual: la ausencia y la presencia. No lo he hecho ni para enseñarlo ni compartirlo. Sólo para pasar el rato, ha sido un poco divertido.

Siento una tristeza ajena, como si no fuera mía. Como si me la hubieran prestado unos días. No la conozco y es extraña. Intento pensar en lo bueno. Intento esperar pacientemente. Pero no logro ser consecuente, me asusta mucho no saber qué hay después.  

El lugar en el que me siento mejor estos días es en la sauna, sobre todo cuando estoy sola allí dentro. El calor húmedo y ese leve aroma a menta me reconforta, es como estar en brazos de un amor que dura solo un rato pero que es increíble. Puede que ese calor sea el del útero. Puede que deba volver a nacer.

Me voy a dormir. No hay mucho más para mí esta noche.

Post 1014: el verano siempre es futuro.

Hoy vamos a hacer ver que soy como Cat power y que, por lo tanto, esta soy yo pensativa.





La visión triste del final de curso. Muchos niños lloran, sobre todo los que cambian de colegio y se van del barrio. Pero dentro de ellos siempre hay esperanza. Para mí también ha sido extraño porque han pasado a secundaria personas a las que conozco desde que tenían seis años y eran pre-personas. Muchos de ellos me han pedido que les firmase y les escribiera una dedicatoria en la carpeta o en una camiseta. Les he puesto que me ha encantado ser su profesora durante todo este tiempo y que espero que me saluden por los pasillos cuando se vuelvan unos adolescentes de la ESO. A algunos los he abrazado. El último día de curso es así y siempre es igual. Emotivas despedidas que al poco tiempo se olvidan.

Este ha sido el primer fin de curso sin (con) nadie esperándome para celebrar el último día de colegio. Me he tomado un café con una amiga y luego, impulsivamente, he entrado en  una gran librería anclada dentro de centro comercial. Era el único lugar en el que podía dejar mi coche tres horas gratis. Pero tienes que contar que gastas una hora en encontrarlo. Porque a pesar de ver muchos cárteles advirtiéndome de que recordase la planta, el color y la zona de mi aparcamiento (los nombres de las zonas suelen ser absurdos, como por ejemplo, atlántida) yo he hecho caso omiso y he perdido el coche. Ha sido bastante desconsolador.  Los centros comerciales me parecen terriblemente tristes y poco personales. No comprendo por qué la gente da vueltas y vueltas bajo esa luz artificial y fría, a veces demasiado fuerte, entre un montón de restaurantes pre-fabricados. Además, cansan un montón y los zapatos siempre suelen hacerte daño en los centros comerciales.

Aún así, he cogido siete libros, me he sentado en un sofá y los he consultado tranquilamente, sin prisa. Me he comprado dos de ellos. Pero luego me he arrepentido. Es innato en mí el arrepentimiento, el cambiar los planes treinta veces. Y si puedo 31, ¿!¿por qué no!?

Esta tarde he aprendido, viendo Indiana Jones y la última cruzada, que para superar las pruebas del destino hay que enfrentarse a solas y tener humildad, valentía, confianza, inteligencia,  locura y fe. Yo tengo un poco de todo eso pero no al 100%.

En la calle hay una verbena, en el casal d'avis. Cantan "quiero que vivas sólo para mí y que tú vayas adónde yo voy". Supongo que se trata de la antítesis de lo que debería ser el amor. Yo quiero que la gente se ame porque la felicidad de los demás nos repercute de alguna forma, y hemos de dejar de ser egoístas y quererlo todo para nosotros. Imagino a un montón de matrimonios entre 70 y 85 años bailando en esa verbena, puede que alguien llegue a 90. Cuánto recorrido.  También imagino a mujeres juntas bailando, cada una de ellas recordando a su primer novio o a su difunto marido, que también está allí de algún modo, entre las dos. Me parece bonito. Con la muerte, nuestra vida pasa a manos de otros. Nuestra vida vive en los recuerdos de los que nos conocieron, en sus sueños, en sus bailes, en los objetos que fueron nuestros. (Una de mis fantasías románticas es bailar con una chica en una verbena. Pero si puede ser teniendo 34 años. 24 ya no puede ser.)

Ahora cantan "me importas tú y tú y tú y solamente tú." Grandes éxitos de verbena que escucho desde mi estudio mientras escribo sobre esta soledad de fin de curso y de inicio del verano. Podría llamarse melancolía del futuro. Porque el verano siempre es futuro.




Post 1013: Una habitación llena de ropa

Hace dos meses que vivo con Lana del Rey. Yo necesitaba un techo y ella me ofreció una habitación destartalada y llena de ropa que no usa. A veces me cuesta poner el pie en el suelo porque no hay ningún hueco vacío. Tiene un gran ventanal y una cama muy cómoda.

Lana nunca tiene comida en la nevera y siempre tengo que salir a comprar. Cuando se la lleno, viene uno de sus novios surferos y se lo come todo. Luego follan sin parar y yo tengo que poner la música muy alta para no sentirme incómoda.

A veces tiene detalles tontos como dejarme una madalena para desayunar junto a una Polaroid de ella misma. A veces me deja notas con sus labios marcados. Ella lo que quiere es gustar. Es su forma de demostrar cariño, aunque lo cierto es que no me cuida en absoluto. De hecho, el primer día que me quedé en su casa, mientras bebíamos un poco de vino, dijo: "Tú eres como un cachorro de perro y yo soy una irresponsable, trataremos de adaptarnos la una a la otra. Por cierto, puedes coger toda la ropa que quieras. La droga la guardo en el primer cajón de la cocina y en el armario de arriba están los cereales. Si necesitas algo y no estoy en casa me mandas un wasap."

Ayer hizo albóndigas con tomate. Es lo único que sabe cocinar.



El surfero

post 1012: La respiración (nada vs nadar)

El gusto del cloro, Bastien Vivès


Es curiosa la relación que se establece con los otros nadadores. Te cruzas en el carril muchas veces pero no podrías distinguir su cara en la calle.  Compartes el silencio del agua. Sus cuerpos pasan cerca de ti, semi-desnudos. Es anónimo e íntimo al mismo tiempo.

Soy feliz nadando. Si voy a mi ritmo no me canso. Salgo de la piscina porque tengo que irme a trabajar, pero no por cansancio. Huele a cloro. A tarde de invierno. A veces el cloro también es verano. Casi siempre.

El silencio es la clave de todo. Del agua. Me gusta mucho el silencio, tal vez porque mi profesión está llena de ruido. Llena de voces. Recuerdo cuando se me gastaba la voz y me preocupaba. Leía libros sobre técnica Alexander. Intentaba poner en práctica las respiraciones. Cuando me olvidé del tema, dejé de perder la voz. Se va para avisarnos de que hay algo que no está bien. Aprendí a llevar el aire hacia el estómago y a que no se quedara en el pecho. Mi maestro coreano de Taekwondo decía que la respiración iba subiendo a medida que envejecías. Los bebés respiran de un modo innato y es el más sano. Hinchan la barriga. En cambio, la respiración de un anciano está en el cuello, el aire tiene un recorrido corto, asfixiante. 

Cuando dormimos respiramos como los recién nacidos.

Con la respiración empieza la vida. Deberíamos aprender a respirar. Nadie habla de la respiración. De mantenerla dentro. Todos hablamos mucho de todo, pero no hablamos de nada.


post 1011. personas y personos





Caminar sola es como ir al cine sola. Piensas muchísimo, te fijas en todo y tu voz te habla por dentro. Cruzar calles, mirar hacia la derecha y hacia la izquierda, no pisar el carril bici porque te arrollan, asegurarse de que no viene el tranvía porque no frena. Los coches son lo de menos en estos tiempos. Un montón de bolsas de ketchup en el suelo, ¿por qué?  Le hago una foto a mi pregunta. Me voy a Glòries y me pruebo unos pantalones, pero como están hechos en Bangladesh, no me los compro. Los guiris comen helado de dos bolas, una de fresa, la otra no sé, en el centro comercial ¿Quién toma el sol en el centro comercial? Ellos. Los turistas ya no lo son tanto porque todos trabajan aquí y viven aquí. Lo sé porque tienen perro.

Luego me voy a comer un menú de 9 euros con 75 céntimos. Y le digo al camarero que quiero una mesa al lado de la ventana y me dice, pero es que son de cuatro personas, y yo le digo, pero están todas vacías. Asiente con la cabeza, pero se cabrea porque ocupo una mesa de cuatro y soy una.  Recoge los otros cubiertos, los de mis tres amigos imaginarios, y se le rompe una copa. No le miro a la cara porque sé que se está cagando en mis muertos mientras recoge los cristales. De primero, salmorejo, de segundo, salmón al cava, de tercero, no hay nada de postre que empiece por "salmo". Me pido una pera surrealista. Jamás me había comido una pera en un restaurante. Siempre hay una primera vez para todo. ¿Quieres café? Si me lo haces para llevar, sí.

Me voy con mi café al parque de la gente que come en el parque porque me apetece liarme un cigarrillo. Una pareja saca de una bolsa un tupper gigante con una ensalada enorme. Llevan platos de verdad, no de plástico. El tenedor hace clinc cuando roza el plato. Una mujer lee. Dos  hablan. Un hombre cierra los ojos. La vida es así.


post 1010. Palabras que hoy me rondan por la cabeza

árbol
escalera
ladrillo
semáforo
cornisa
caramelo
cuerpo
piel
dulce
lluvia
silla
ventana
hola
acera
concierto
espacio
metro
billete
puerta
bienvenida
 no importa
gracias
café
moneda
me voy
tren
dos
asiento
pasillo
dónde
increíble
silencio
paisaje
 
 

Post 1009. Historias

BEGIN AGAIN from John John Florence on Vimeo.



La vida son muchas historias. Es lo que he pensado al ver a unos hombres vestidos con mono de obra comiéndose un bocadillo en un banco de la calle. Hablaban entre ellos, miraban a las chicas. La temperatura era perfecta.

Un adolescente se tomaba una coca-cola y un rayo de sol atravesaba el hielo del vaso. Y entonces, yo he imaginado que Inés, mi personaje, de la que aún no conozco sus ojos, los tiene precisamente así: del color de un vaso lleno de coca-cola con hielo atravesado por la luz del sol. Puede que ninguna historia sea realmente original. Miles de personas deben tener ese tono de ojos. Incluso, algún perro.  Así que las historias existen, también las que nos inventamos. Seguro que alguien ha dicho esta tarde: "tienes los ojos como un vaso de coca-cola iluminado por un rayo de sol." Ha sido en un pueblo de la costa de Francia, sucedió ayer tarde en Tokio, puede que fuera en Canadá. Helados de fresa, labios dulces, lengua fría, dientes de nieve; un verano en la playa y fotos en una cama; niños invadiendo el patio vacío a la hora del recreo a cámara súper lenta como la que usan en el Roland Garros cuando repiten los puntos de Rafa Nadal; un segundo de tierra roja salpicando unas zapatillas blancas. 

Probablemente, la historia que está en tu cabeza sea ya la de alguien.

Si empezase hoy mi vida, la dedicaría al surf.

Post 1008. Abandonar la zona de confort.




La otra tarde estuve bebiendo cervezas y hablando con una amiga de lo qué pasaba cuando abandonabas la famosa zona de confort.


Cada uno tiene la suya; lo que para unos es como dejar un sofá de piel de tres plazas, para otros es un triste cojín en el suelo, pero al fin y al cabo se trata de tu zona y nadie debería juzgarla. Así que, estimadas lectoras y lectores de este blog, nunca dejéis que nadie os diga donde tenéis que aposentar vuestras nalgas cómodamente. 

Creo que –sin saber si estoy en lo cierto– cuando abandonas dicha zona, te echas a andar por una especie de río sin destino conocido. Te han enseñado que debes evitar el agua, así que lo único que vale es ir saltando de piedra en piedra. Puede que te quedes un rato en una  de las grandes porque te sientes a salvo y su estabilidad puede ayudarte a decidir hacia donde se dirigirá tu próximo paso. Las circunstancias que te ayudan o empujan a decidirte antes de saltar son muchas, a menudo no tienen ni pies ni cabeza, eso os lo aseguro yo, así que poco importan, no son la clave de nada, en realidad. O sí, pero tampoco puedes saberlo en ese preciso instante en el que te das impulso, así que no le deis más vueltas, pueden llamarse de muchas formas.

El problema es que en el río no sólo hay piedras grandes, también hay piedras pequeñas e inestables, de esas que se mueven cuando saltas encima de ellas y si no tienes equilibrio te pegas un tastarazo monumental. Así que, bueno, cuando estás en una de esas piedras, a parte de tener que demostrar tus dotes equilibristas, también debes ser rápida y saltar hacia otra y otra y otra, hasta llegar a una de las grandes, de las que te dejan tiempo para pensar y decidir. Y bueno, quien sabe, puede que te instales en esa piedra y te montes otra vez el sofá de tres plazas allí mismo.

Pues bien, yo estoy en la parte de ir saltando de piedra en piedra pequeña e inestable. Sí, qué guay. Es emocionante de cojones. Y cuando miro hacia atrás y veo todo ese camino ya pasado, pienso, ¿cómo he podido llegar hasta aquí? Así que, sinceramente, creo que en el próximo paso me caigo al río de cabeza. Y no pasa nada si me caigo porque voy a estar atenta y me pondré a correr o a nadar en seguida hacia la orilla. Lo malo es no saber que te puedes caer, porque entonces te pilla por sorpresa y sin reflejos, pero una vez conoces el terreno, como mucho lo pasas mal un rato, o no, incluso puede que sea divertido, pero te pones a salvo y ya está. Fin de la metáfora "río". 

Dos personas diferentes, en dos bares distintos, a horas similares, me dijeron que las decisiones nunca eran erróneas. Yo no entendí la frase, ni la entiendo ahora, pero voy a aferrarme a ello como a un clavo ardiendo.