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No te vayas si te vas




El viernes por la noche guardé un momento en mi memoria; ojalá el tiempo no diluya su intensidad. Fue esperando el metro después de cenar y beber cerveza en Williamsburg. Un chico estaba tocando el saxo con una base reggae pregrabada. En ese momento llegó un tren a la estación  y una marea de gente invadió el andén. Fue como un vendaval de belleza, colores y sabores distintos. Miradas sonrientes, luces de neón en los ojos y pasos alegres acompasados con el tempo de la música. Un desfile de esperanza, de sueños, de ilusión. Es complicado describirlo con palabras,  lo tengo todo en imágenes en movimiento dentro de mi cabeza. Es como tener una GoPro en mi cerebro.

De forma improvisada, una pareja se puso a bailar al ritmo de la música... así, sin más. Y luego se añadió otra, y otra más. Y luego un chico rubio y solo. El chico solo era guapísimo, bailaba haciendo el moonwalk como si hubiera nacido con ello en los pies. Sonreía pero sin exageración. No sonreía para nadie, sólo para sí mismo. Me proyecté en él. Fueron varios minutos maravillosos, de no necesito nada más en la vida. O de taja os quiero mucho a todos. Me sentí tan feliz que tuve que alzar la cabeza hacia atrás para que no se me resbalaran las lágrimas de emoción y agitar las manos como para darme aire en los ojos. Ya sólo puedo sentir amor y gratitud por esta ciudad. No me quiero marchar. Eran tan necesario volver, pero ni antes ni más tarde, justo ahora. 

Quiero aprender ya mismo a hacer el moonwalk y entrar en los sitios deslizándome. Es mi objetivo para esta primavera.

Comentarios

  1. si hicieras una película, me imaginaría esa escena en slo-mo.

    cuando aprendas a hacer el moonwalk me enseñas a mí!

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