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Desguace

La carretera al desguace va llena. Debes ir por ti misma. No vale que nadie te lleve. Para llegar, tienes que arrastrar lo que ya no sirve, lo que se convierte en un peso innecesario. La chatarra y los trastos viejos. El desguace no es un castigo, somos unos cuantos con consuelo de tontos y cuando llegamos, hacemos la cola bien avenidos y nos preparamos para llegar al borde. Si miro abajo, no veo nada, pero se siente la nostalgia y me cierra los puños, me encojo y entonces es cuando lo vuelco todo y caen tus recuerdos para que se desmonten. Me peleo con dos canciones que se resisten, pero en realidad no me gustaban demasiado, y tus palabras pasadas me sirven tan poco, que planean en el aire sin peso, sin llegar al fondo. Y entre muchas cosas, veo como se precipita el cuarteto de cuerda que escuchamos en algún sitio, las guías de Europa que estuvimos buscando y un café que no parecía el último. Me voy con algo en las manos porque todo de golpe es demasiado. Pero prometo volver al desguace.

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