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De las Memorias del Doctor Reixa



No sé cuanto hace que no veo a Ingrid, quizás haga un mes o sólo un par de días. Podría mirar en el historial desde que semana está vacía la habitación 111, pero no, da igual. El orden del tiempo ya no me parece el más exacto y menos para la inexacta Ingrid.

Tengo una sensación extraña, ¿acumulo un tiempo que aún no ha pasado? Quien sabe si mañana jugaré en el recreo a canicas con Víctor o escribiré en la pizarra el nombre de marina. Marina jugará con la silla de ruedas de Eva a carreras espaciales y Eva morirá al cabo de un año de una enfermedad común. Mi hermano y yo no iremos al entierro porque nuestra madre nos dirá que no es un lugar para los niños.

Pero todo esto sí ha sucedido y efectivamente no fuimos al entierro, tampoco se sabía muy bien que era un entierro porque hasta entonces sólo enterrábamos la sardina depués de los carnavales.

A Paula, la paciente de la 111, la dimos de alta cuando ella creyó que la supuesta herida de bala estaba curada. Unos días antes de marcharse me contó la historia acerca del latido que se escapó de un corazón ante la mirada atónita de un camarero que se quedó blanco como la nieve -respirar - como la nieve, blanco, cuando oyó aquel latido tan cerca. Tan afuera.



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