Ir al contenido principal

yo un día, ¿sabes qué?

Este post también se puede ::: escuchar :::
.
.


He pasado unos días con mis primas pequeñas: Frankenstein y Natalia.

En cuanto a los nombres, Frankenstein ya no quiere llamarse así y Natalia tampoco. Frankenstein pilló un cabreo monumental cuando se enteró de que ése era su nombre en mi libreta. Yo le recordé que lo había escogido ella misma- sí, aquél día en el cine- y que además estaba escrito, y las cosas escritas van a misa y amén. Pero la memoria de una niña de 8 años es más selectiva, incluso, que la de una de 28. Dice que no se acuerda de nada, de nada, de nada de nada.
Así que Frankenstein a partir de ahora se llamará Pirata. Y Natalia, hasta que vuelva a cansarse, será Caribe.

Han sido cuatro días muy tranquilos. Pirata y Caribe me han explicado algunos secretillos de chicas. Como los míos valen por diez yo sólo tuve que contar uno.
El primer día, Pirata descubrió una casa abandonada. No era muy difícil descubrirla porque aparcamos el coche justo delante. Lo mejor era la piscina. Me fascinan las piscinas en verano y en invierno. Cuando utilizaba el tren veía decenas de ellas cada día. Le daban ese toque azul al paisaje. Una pincelada imprevisible que siempre me sorprendía. Las piscinas vacías, esperando el verano, dentro de sus majestuosas casas. Si Lorca estuviera vivo.

La piscina de la casa abandonada se parece a esas piscinas de invierno. Pero en este caso, se trata de un invierno muy largo que ha oxidado las escalerillas y que ha hecho saltar algunos azulejos de la parte menos honda.
Aunque abandonada, es una casa fantástica, eso sí. Con vistas al mar y con un jardín lleno de árboles estirando los pies a sus anchas. Justo en la puerta de forja que daba a la parte trasera, Caribe nos empezó a contar una historia. Caribe está en esa fase de "yo un día, ¿sabes qué?"... Una historia parecida a la de los Goonies. Bicicletas, una casa, un mapa, monstruos. Cuando Pirata y Caribe me propusieron entrar en la casa, sintiéndolo poco les dije que no me podía enrolar en una aventura así a estas alturas del verano, Sofía me está esperando para ir a Menorca y deseo muchísimo más ese tesoro que el que supuestamente esconde toda casa abandonada.
En cuánto al oro... Sí, aún hay buscadores de oro por aquí. El viernes, mientras nos estábamos bañado en la playa, pasó un hombre por el agua, con el pelo blanco,y unos auriculares grises, con pita de extranjero, que iba con una especie de aspirador y unos cables que le salían de una muñequera ultrasónica que llevaba en el brazo. Era un aparato de ésos que sirven para detectar metales. Parece ser que en la playa se pierden muchas joyas y relojes, etc. chatarrillas de valor. El hombre se paró en una zona y estuvo trasteando por ahí, pero no sé si sacó algo porque nos cansamos de esperar. Ya teníamos los dedos arrugados.
He vuelto a buscar a Sofía y mañana nos vamos hasta septiembre.
No sé si podré escribir en el blog estos días... así que me despido por si las moscas. Pasadlo muy bien.

Comentarios