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estamos colgadas


El chico rubio melancólico que pica la carne a las ocho, la chica morena y melancólica que remueve las olivas con una cacito de plástico blanco. El mercado por las mañanas está plagado de nostalgia.
Al finalizar mi verano de los doce años me pasaba las tardes escuchando las mismas canciones que sonaban en el radio-cassette de mi amiga Inma. Mi habitación de entonces daba a un patio de luces lleno de cuerdas para tender la ropa. Cuerdas verdes. Las pinzas de colores caían en picado al patio. Nuestros calcetines ahí abajo, desparejados. Empecé a tocar esa guitarra que había en casa porque mi madre me dijo un día "eso que sientes se llama nostalgia y te iría bien tocar esa guitarra de tu bisabuelo Felicísimo".

Los mediodías en la facultad me desaniman. Las horas se hacen interminables excepto el día que hago Antropología de la Religión. Cosomogonías, hierofanías, 10 días de arrepentimiento y 10 días de olvido, lo sagrado, lo profano... Alguna gente se va de clase antes de que acabe y rebufan haciendo bufff como dragones cansados. A mí me encanta. Todo es tan trascendental que me olvido de los detalles molestos.

A veces siento mucho miedo. Mis temores se agudizan, por lo visto, a partir de las dos de la tarde. Pero este diciembre será el diciembre que no perderé nada.

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