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abrigo azul


Creo que me gusta más el otoño tradicional. El de la manga larga. Tengo tantas ganas de ver a Sofía con su abrigo puesto. Todo viene de la tercera vez que nos vimos.

Recuerdo que llamé al interfono de su casa y dije que era "yo", "yo, paola vaggio". Es tan existencial el interfono. Subí por las escaleras, porque vive en un primero, y cuando llegué al rellano estaba en la puerta esperándome. Yo entré en la casa como cuando no se tiene mucha confianza, te das dos besos, sonríes, y te quedas en el recibidor hasta que te dan paso.

El lugar me gustó. Pensé que todo era muy a juego con ella, los cuadros en el suelo apoyados en la pared, las fotos de Marilyn, el parquet reluciente, los cd's puestos en escalera. Y el jarrón lleno de piedras verdes. Entré en la habitación a dejar mi chaqueta -era nueva, la estrenaba ese día- y miré hacia la cama. La verdad es que pensé que yo iba a estar en esa cama con aquella chica un día u otro y le sonreí a Lennon, que me miraba desde un póster. Después de esta escena particular, reconozco que algo macarrilla, nos sentamos a hablar en el sofá.

Supongo que hablaríamos un rato sobre mi estado de ánimo, yo aún estaba algo tocada, pero la verdad es que desde que la había conocido me sentía muy fuerte y grande, grande como la torre eiffel, eléctrica. Es que en cuanto la vi pensé, vaya, pero si esta chica es guapísima y yo haciendo el idiota en el psiquiatra hablando de mis idioteces.

Durante la conversación, salió el tema de mis manos un poco cortadas. Yo le dije que era de ir en moto. No se me ocurrió nada mejor. Y entonces Sofía me las acarició. Pensé que era un buen momento para besarla porque si se pasa el momento del beso, luego estás nerviosa todo el rato pensando en el beso. Es como cuando estás en clase y esperas a que te toque el turno para salir a la pizarra, es mejor salir la primera y listos. Así que nada, apenas hablamos veinte minutos y nos fuimos a la habitación porque yo le había prometido algo a Lennon y con un beatle no se juega.

Cuando miré el reloj eran ya las nueve de la noche. Teníamos el estómago vacío. Así que antes de despedirnos entramos en un bar y nos pedimos un frankfurt. Y fue entonces cuando pensé, qué abrigo azul más bonito lleva Sofía, si yo fuera su chica no estaría triste nunca más. Y si alguna vez me dejara, volvería a este bar a esperarla toda la vida.

El caso es que a mi me encanta ese abrigo y no hay manera de que llegue el frío.

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