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naranja y de plástico





Al gigante en miniatura de corazón naranja le encanta mover las caderas y levantar los brazos hacia el techo.

Ya no voy en metro y me alegro, ahora me levanto a la hora que antes empezaba a trabajar. Paso por el parque después de las ocho. Hace 5 meses me preguntaba: ¿cómo será el parque después de las 8? Ahora ya lo sé. A las nueve menos cuarto lo cruza un ejército de niños y mochilas. Como hormigas llevando migas de pan. Y pasadas las nueve vuelven el silencio y las incógnitas.

Me estoy acostumbrando a llegar media hora antes al campus, he descubierto un banco muy tranquilo en el que me siento a ensayar con las baquetas. Es uno de los mejores momentos del día. La ciudad queda a mis pies, toco los áticos con la punta del zapato y alargo la mano para rozar la línea del mar. Me parece un lugar magnífico, que sobrevive a la rutina de todos. Si le haces una foto, el sol sale lila. Esta debe ser la señal que indica que se trata de un lugar fuera de lo común.

En la clase de danza empezamos haciendo un ejercicio que me encanta. Tenemos que imaginar que un monstruo, el de la pereza, nos sale por la boca... Luego nos tiramos al suelo como cuando le disparan a uno en las películas de vaqueros.

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