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Qué rabia da amar

Amo tu casa. El pasillo porque es cortito y aún así enciendo la luz, la habitación donde dejo mi ropa todo el fin de semana, la cocina, el balcón, el lavadero con la caldera rugiendo, el cuarto de baño, el comedor con los cuadros apoyados en el suelo, la habitación con la cama que siempre llega a la meta. Amo tu ropa. Los vaqueros gastados, las camisetas, las blusas, la cazadora marrón, los zapatos, tus braguitas tan pequeñas, el pijama. Amo las cosas que tocas. La toalla, los cojines, la almohada, las sábanas, la manta. Amo todo lo que cocinas, me parecen supremos tus bikinis, tus macarrones y tu salmón. Amo desayunar contigo, las tostadas, el café, la música, sin periódicos. Amo tu trabajo, tu maletín, tus bolígrafos. Amo tu cuerpo y mirar como te mueves. Amo comer contigo con la televisión apagada y hablando de cosas que no entiende la otra gente. Amo sentirme así de exclusiva. Amo salir de noche contigo, bailar canciones ridículas, que bebas, que te marees en el coche, volver a casa, abrir la puerta. Cerrarla. Amo que cuides tan bien de mi avioneta, que la mimes como a un perro. Amo bailar un poco a solas mientras te duchas. Amo tocar tu guitarra. Amo planear donde poner mi piano en tu casa. Amo ir al teatro contigo, todas las obras son fantásticas. Amo pasear juntas y entrar en todas las tiendas de ropa, amo pasarme el día pensando en ti. Amo que solo compremos en el supermercado del corte inglés, amo elegir contigo la leche y el vino. Amo tus fotos de adolescente con tus amigas del instituto, amo tus historias de la universidad, amo hasta a tus exnovias, amo tu pelo, ver el mundo a través de tus rizos, bucles interminables, montañas rusas. Amo que la ensaladilla sea rusa y la tortilla francesa. Amo todo lo relacionado contigo. Amo tus ojos verdes, tus labios gruesos, tu nariz, tus pómulos, tus pestañas kilométricas.

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