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Quiero Mero

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Mi madre sigue nostálgica de sus muelas. Turrón de almendras, maíz tostado, cerezas, huesos de pollo.

Hoy le he hecho la compra en la pescadería. El único problema es que a mí en estos sitios no suelen hacerme caso, o esa es mi impresión. No sé que debió pasarme en el patio del colegio. Siempre me ha costado muchísimo pedir la tanda, imponerme en la cola. En la pescadería, como en el psicólogo, en la psiquiatra, en la fisioterapeuta o en la frutería, no me hacen caso. Todos son lo mismo.

He leído los cartelitos para asegurarme de lo que pedía, los peces desnudos son todos iguales, excepto las sepias y el marisco. Quiero mero. Quiero mero. Quiero mero, he repetido tres veces en mi cabeza y en silencio, hasta que me he decidido y en voz alta he dicho: "Quiero mero".
Pero al ver sólo un filete he añadido: "¿Te queda más mero?".

Es muy importante dirigirte a la chica como si fuera la dueña de todo el pescado del mundo, lo he visto otras veces. Tienes, te queda, me pones. Etc.

Se ha metido en la trastienda y ha sacado una decena de filetes de mero. Ella me mostraba sobre la palma de sus manos dos trozos medianos y me preguntaba cual quería. Mierda, he pensado, ahora encima tengo que tomar una decisión rápida, ¿Y mi lateralidad? ¿Qué hay de mi lateralidad? Soy libra, ¿alguien lo tiene en cuenta? No.
De forma rotunda he dicho "2 grandes". Así, así, he pensado, que se note que tengo las ideas claras, mejor grande que pequeño.

Casi no me ha dicho ni adiós. Creo que le caigo mal. Pero si no me conoce. Pero le caigo mal seguro. Pues no sé por qué. Allá ella. Ella se lo pierde. Podría tener mi más sincera amistad, podría invitarla al cine, podría dejarle libros, podría grabarle todos mis discos, pero no... ahora soy yo la que no quiere.

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