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buena suerte

El viernes les dije adiós a los niños. Como despedida, cada uno de ellos me regaló un dibujo con un mensaje escrito por detrás del folio.

Los leí al llegar a casa y me pasé la tarde llorando. Son tan transparentes, viven en ese mundo absurdo de los 7 años, tan exagerado y tan tierno a la vez, me conmueven. Algunos de ellos me piden que no me vaya por favor por favor por favor -escriben por favor muchas veces para que surja más efecto-, otros me agradecen que los haya ayudado con los ejercicios, que no me olvidarán, que los vaya a ver, que me quieren. Qué pequeños e inocentes.

Antes de salir de clase, uno de los niños, A., me dijo que miraría cada día el mail de su padre por si le escribía. Pero, ¿cómo voy a escribirle un mail a su padre? Como si hubiera un mail universal para padres. Ese tipo de comentarios absurdos pero sabios a la vez es lo que me gusta de ellos. El miércoles pasado, la niña C. me preguntó si yo era una mamá o una hija. Yo le dije que era una hija. Ella me contestó que tenía las manos como las de su mamá. Hija o mamá, una observación fascinante.

Antes de irme les regalé una par de pegatinas de la suerte a cada uno, tal y como me enseñaron ellos, que las pegatinas llevan deseos incrustados y se hacen realidad. También les escribí el final de un cuento inacabado. Se volvieron locos con las pegatinas, para ellos son un tesoro.

Es una tristeza similar a cuando se muere un perro en las películas, sabes que es mentira pero te da pena. Yo sé que van a estar bien pero es como si los hubiera abandonado un poco. Yo sí que no los voy a olvidar.

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