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Prueba nº 57



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La cama deshecha, la casa vacía. Un montón de muebles, dos perros, una sartén llena de salsa de tomate.

No me gusta estar sola pero cada vez lo llevo mejor.

Tengo cuatro días para convencerme de algo y luego tres para no olvidarlo.

El viernes me emborraché con ella. Empezamos en un bar con amigos y con sangría de barrio. Luego seguimos en su casa con whisky y vodka. El trato era aguantar como dos espías capturadas: sin hablar más de la cuenta. Pero se nos fue de las manos. Fue una noche divertida y atractiva porque los celos son seductores, pero no recuerdo cómo llegué a la cama. Creo que recité el número de teléfono de mi infancia y que dije algo poco apropiado, que tuvo que descalzarme, despegar todas las tiras de velcro de mis Vans. Hablé y hablé sin enlazar nada como en la escritura automática.

Pero a la mañana siguiente la vida seguía bien. Y yo lo recordaba más o menos todo, porque no soy de esas. Al despertar me sentí de nuevo salvada, en un refugio antinuclear, en una reserva del mundo. Una vez me explotó el corazón pero ni una más. Y chasqueé la lengua al verla a mi lado, ¿se dice así? Chasquear la lengua, hacer "ttssstaatt". Lo hago cuando siento belleza e incomprensión a partes iguales. Lo hice la primera vez que leí aquel poema de Leopardi, lo hice cuando saqué mi iMac blanquísimo de la caja, lo hago cuando mando a dormir a mis perros y se acuestan en su cama, lo hago cuando escucho una canción bonita pero que hace daño, lo hice el día que se jubiló mi padre y vino llorando, lo hago cuando pasa un Mini de color crudo con el techo negro, lo hago cuando el neón de las fábricas iluminan la autovía, lo hice la primera vez que te vi , "qué guapa, ttssstaatt", lo hago cuando amanece en los tejados, lo hago los viernes por la noche, lo hago cuando pienso en Madrid, lo hice cuando me bañé por primera vez en Formentera. Lo estoy haciendo ahora.

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