Me siento tranquila, como si hubiera descubierto algún camino, o lo hubiera limpiado de zarzas. O es que estoy en el tramo despejado, de campos alrededor. O es que ir cada día al gimnasio hace milagros. Estás allí, contigo, y al margen de todo lo demás. No quiero más zarzas. Como mucho puedo permitirme aburrimiento, pero no arañazos. Estoy enseñado a dar palmas a mis alumnos porque están preparando una rumba que cuenta la leyenda de Sant Jordi. Yo tocaré la guitarra con ellos ese día. Ha sido muy divertido porque al principio les salía fatal, se sentían cohibidos, pero en la segunda sesión de ensayo ya ha ido mucho mejor porque ya se lo estaban pasando bien. Hemos estado gritando burradas, que para eso sí sirven, y tocando un cajón flamenco. Se tenían que soltar.

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